ENERO 2026
Un año de Trump: México entre la confrontación retórica y la interdependencia inevitable
El primer año de gobierno de Donald Trump marcó un punto de inflexión en la relación entre México y Estados Unidos. Nunca antes un presidente estadounidense había colocado a su vecino del sur en el centro de su discurso político de manera tan persistente, tan hostil y tan instrumental. Sin embargo, detrás de la retórica agresiva, la realidad mostró una relación mucho más compleja, determinada menos por los impulsos ideológicos del mandatario y más por la profunda interdependencia entre ambas naciones.
Desde su campaña presidencial, Trump construyó buena parte de su narrativa sobre una visión simplificada —y en muchos casos distorsionada— de México: un país responsable de la pérdida de empleos estadounidenses, de la migración irregular y de la inseguridad en la frontera. Ya instalado en la Casa Blanca, ese discurso se tradujo en decisiones simbólicas de alto impacto, como la insistencia en la construcción de un muro fronterizo y la exigencia de que México lo financiara, una propuesta que tensó innecesariamente el diálogo bilateral.
No obstante, el balance del primer año muestra que el daño más profundo no provino de una ruptura estructural, sino de la erosión de la confianza. La diplomacia mexicana se vio obligada a operar en un entorno impredecible, donde los anuncios vía redes sociales sustituían a los canales institucionales y donde la amenaza de medidas unilaterales —aranceles, cancelación del TLCAN, deportaciones masivas— se convirtió en una herramienta política recurrente.
El caso del Tratado de Libre Comercio de América del Norte fue particularmente ilustrativo. Trump llegó al poder calificándolo como “el peor acuerdo jamás firmado” y prometiendo su cancelación inmediata. Sin embargo, tras un año de gobierno, el TLCAN no solo seguía vigente, sino que Estados Unidos había optado por renegociarlo en lugar de abandonarlo. Este giro evidenció una realidad incómoda para la Casa Blanca: la economía estadounidense depende tanto de México como la mexicana del mercado norteamericano.
En materia migratoria, el discurso duro contrastó con resultados más ambiguos. Si bien se intensificaron las políticas de control y aumentó la presión sobre México para contener los flujos migratorios desde Centroamérica, no se produjo la deportación masiva que muchos temían. México, por su parte, quedó atrapado entre la necesidad de cooperar y la obligación de defender los derechos humanos de los migrantes, una tensión que expuso sus propias debilidades institucionales.
A nivel político, el primer año de Trump obligó a México a replantear su estrategia frente a Estados Unidos. La apuesta histórica por una relación estable, basada en reglas y entendimientos tácitos, resultó insuficiente ante un presidente que privilegió la confrontación pública sobre la negociación discreta. Esto reveló la urgencia de diversificar alianzas, fortalecer el mercado interno y reducir la dependencia excesiva de un solo socio comercial.
Paradójicamente, el mayor aprendizaje de este periodo fue la confirmación de que la relación México–Estados Unidos es demasiado profunda para ser desmantelada por un solo gobierno, pero también demasiado importante como para dejarla a merced de la improvisación. Trump logró modificar el tono, generar incertidumbre y capitalizar políticamente el resentimiento, pero no pudo alterar los fundamentos estructurales que obligan a ambos países a cooperar.
Al cierre de su primer año, Trump dejó claro que México seguiría siendo un recurso retórico útil para su política interna. Para México, el desafío no fue solo resistir las presiones externas, sino entender que el nuevo escenario exigía una política exterior más firme, más estratégica y menos reactiva. La relación bilateral sobrevivió al primer año de Trump, pero lo hizo con cicatrices visibles y con una lección clara: la cercanía geográfica no garantiza respeto político, y la interdependencia económica no sustituye la necesidad de liderazgo y visión de Estado.