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Desde San Lázaro. No hay posibilidad de que pierda Morena en el 2024. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

06 Jun 2023
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Desde San Lázaro. No hay posibilidad de que pierda Morena en el 2024. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://twitter.com/PartidoMorenaMx

Así como los panistas deben correr a Marko Cortés y los tricolores a Alejandro Moreno, es obligado cambiar el modelo aliancista para evaluar la posibilidad de que el PAN rompa la coalición con el PRI y el PRD y marche con la sociedad civil para quitarse el lastre que representan esos dos partidos que van rumbo a la pérdida de sus prerrogativas nacionales como partidos políticos.

Otra lectura obligada de los comicios del Estado de México es que mientras la ciudadanía no se involucre en los procesos electorales y no ejerza sus derechos y obligaciones democráticas, estaremos a expensas de la clase política en el poder que pueden postular a cualquier personaje, aunque sea de dudosa reputación, y encumbrarlo a posiciones relevantes como una gubernatura o incluso a la presidencia de la República.

A los mexiquenses, más de la mitad de la lista nominal, les valió queso la elección para gobernador, al preferir hacer otro tipo de actividades, en lugar de ejercer su derecho al voto y con ello, decidir sobre el futuro de su entidad y por supuesto de sus propias familias.

Los culpables del fracaso de los aliancistas y las razones que impidieron que los mexiquenses salieran a votar, son múltiples: desde la dimisión del gobernador Alfredo del Mazo por participar activamente en la campaña y por seleccionar erróneamente a Alejandra del Moral, quien no logró mover las conciencias de sus paisanos para acudir a las urnas; hasta la grosera intervención de AMLO y el gobierno federal con sus gobernadores afines.

Este escenario, el del abstencionismo, si se repite en el 2024, seguramente le dará el triunfo al candidato de Morena y rémoras, sin importar quien lo sea, y la correspondiente derrota al bloque opositor, que desde ahora, ya se vislumbra, sin importar al candidato que nominen.

Como se presentan las cosas y más ahora que el PRI perdió su principal bastión, el Estado de México; no se requieren tener habilidades de pitonisa para augurar que el PRI entró en un remolino que lo engullirá en el 2024, hasta el nivel de perder su registro nacional como partido político.

Sin importar el nombre de su candidato presidencial, ya sea Enrique de la Madrid, Beatriz Paredes, Claudia Ruiz Massieu, Miguel Ángel Gurría o el que me diga, no tendrá la capacidad para rescatar a un partido que cavó su propia tumba en el momento que irrumpió Alejandro Moreno como dirigente nacional de los tricolores.

Todavía ahora, después de la debacle mexiquense, con aires triunfalistas, presume el triunfo que obtuvo el PRI en Coahuila, sin considerar que no tuvo absolutamente ningún mérito en la aplastante victoria que logró Manolo Jiménez, al contrario cuando Alito trató de intervenir, el gobernador Miguel Ángel Riquelme y el propio candidato, lo batearon y con ello le impidieron meter la mano en una campaña política que será el prototipo de lo que deberán ser estas en el futuro, principalmente en lo que tiene que ver con la selección de un candidato carismático y con propuestas novedosas, inclusivas y el trabajo en territorio, entre otros factores.

Está totalmente equivocado el PAN e incluso la sociedad civil, si piensan que al aliarse con el PRI y el PRD les granjearía alguna ventaja por encima de marchar solos con candidato propio rumbo a la elección presidencial.

Esos votos que aportarían el PRI y el PRD a los aliancistas,  son pocos,  ante el rechazo que tienen entre los mexicanos.

Aportan más negativos que positivos a la causa, sobre todo el PRI.

Está más que visto que la alianza opositora conformada por el PAN, PRI y PRD no tiene mayor trascendencia y menos de posibilidades de victoria para lograr la alternancia en el poder.

Si acaso será relevante para conformar un cuadro de candidatos a ocupar un escaño o una curul en el Congreso federal, pero para buscar la presidencia de la República, no tienen ninguna posibilidad de ganar y menos con un candidato que no levanta pasiones, ya que de la lista conformada por 25 suspirantes que han levantado la mano, solo una, Lilly Téllez podría movilizar al electorado.

En cualquiera de los casos, está más que visto que el PAN debe ir solo en la elección presidencial del próximo año.

En una elección que se vislumbraba a tercios: de Morena y sus rémoras;  los aliancistas conformados por el PAN, PRI y PRD y finalmente el candidato del Movimiento Ciudadano; ahora, con el fracaso de los aliancistas, es obligado a replantear los términos de esta ecuación, con la ruptura del  PAN  con el PRI de Alejandro Moreno.

Aunque si los cuadros políticos de azules y tricolores, es decir sus militantes y simpatizantes, se mantienen pasivos como hasta ahora, no habrá poder humano que cambie el rumbo de la debacle que sufrirán los partidos políticos a los que pertenecen.  

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.