Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Gana Delfina, pero… Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

05 Jun 2023
324 veces
Desde San Lázaro. Gana Delfina, pero… Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://twitter.com/delfinagomeza

La Elección de Estado operada desde Palacio Nacional tuvo un incipiente éxito con el triunfo de Delfina Gómez en la elección mexiquense y con ello se consolida el proyecto político del presidente López Obrador rumbo a la elección del próximo año.

De los resultado se desprenden múltiples análisis y se desatan todo tipo de especulaciones en torno a la eventual traición de Alfredo del Mazo al PRI y a su extirpe, aunque hay que ser sinceros, ni con todo el poder y dinero a su alcance, podría haber hecho mayor cosa para revertir este resultado.

Que si le faltó mayor capacidad a Alejandra del Moral para direccionar su campaña; que hubiera dejado a un lado la soberbia o ajustar el equipo de sus cercanos colaboradores y a sus  operadores políticos y mecenas, quienes  a la hora de la verdad se quedaron cortos o de plano no cumplieron con los compromisos contraídos.

En cualquiera de los casos, el PRI ha perdido su mejor bastión y si no fuera por la victoria del priista Manolo Jiménez en Coahuila, se hubiera quedado con solo una gubernatura, la de Durango, en alianza con el PAN y el PRD.

Otra derrota para Alejandro Moreno, líder del PRI y principal enterrador del partido que gobernó al país por más de ocho décadas.

Réquiem para el tricolor y su militancia, quienes no tuvieron las agallas para desprenderse del parásito mayor que significa  Alito.

Para el PAN, fue también una derrota estrepitosa que obliga a replantear los términos de la coalición con los tricolores y con el PRD, en el entendido que sería mejor quitarse a  Marco Cortés  y a Alito de encima o incluso ir solos con nueva dirigencia nacional en los comicios del 2024.

Con la derrota de Alejandra del Moral pierden todos, incluso los mexiquenses que votaron por Delfina ya que el deterioro en la calidad de vida de ellos, ira en aumento conforme avance la incapacidad del gobierno estatal para frenar la delincuencia, mejorar la economía y la inclusión social y si no me cree estimado lector, solo es cuestión de tiempo para observar como el crimen organizado cobrará sus facturas a costa de la seguridad de los habitantes del Estado de México.

Gana Delfina, pero el presidente López Obrador no está contento porque hubo muchos farsantes que comprometieron el resultado electoral, como Mario Delgado, varios gobernadores y legisladores.

Gana Delfina, pero fueron tales las fragantes violaciones al marco legal electoral de Morena y rémoras que los tribunales tendrán la última palabra.

Gana Delfina, pero, tendrá en contra un Congreso opositor que no se pondrá de alfombra para aguantar el gasto desmedido y el direccionamiento de recursos públicos a los programas de política social del gobierno federal.

Gana Delfina a costa de la paz de los mexiquenses, por el incremento exponencial de los índices delictivos en ese estado.

Gana Delfina y triunfa Claudia Sheinbaum, porque está visto que, sin importar el nivel de la candidata, puede triunfar cualquiera  en las elecciones, mientras AMLO las apoye.

La historia la escriben los vencedores y esta lógica pasarán a la historia en su real tamaño y dimensión, Alejandra del Moral y su padrino. Una, por haber entregado el bastión más importante del PRI a la oposición; y el otro, por haber fracasado en el intento de dejar en el firmamento de las estrellas políticas mexiquenses el apellido Del Mazo, tal como lo hicieron su abuelo y su padre.

Habrá que esperar unas semanas para observar si le dan un cargo público o una representación diplomática, en virtud de sus trabajos eméritos realizados en favor del presidente y su proyecto político.

Se espera que de inmediato las corcholatas metan el acelerador para llenarle el ojo al presidente y en este contexto habrá noticias en el cuartel de Marcelo Ebrard que tiene varios ases bajo la manga para capitalizar la victoria de Delfina Gómez y los muchos yerros que cometieron los mandatarios estatales que tenían la misión de ampliar la brecha para que el resultado electoral no dejará ninguna duda.

Cuando ganó López Obrador la elección presidencial en 2018, era tal el júbilo entre los mexicanos que todos auguraban mejores tiempos para México, sin embargo con el paso de los años, en la misma proporción se fueron decepcionando sus adeptos, a grado tal que, más de la mitad de esos 30 millones de votos que captó el tabasqueño, se han diluido como agua entre las manos.

Lo mismo pasa en el Estado de México con el ánimo al tope de la gente que votó por Delfina Gómez, empero solo será cuestión de tiempo para que prevalezca la desilusión.

Ahora viene lo bueno, la madre de todas las elecciones, la presidencial, nueve gubernaturas y la renovación del Congreso por lo que las hostilidades entre los partidos políticos y el presidente subirán de tono y la polarización ira en aumento hasta llegar a un callejón sin salida, en detrimento de todos.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • MAYO 2026
    **PACIFICACIÓN: SIN RENDICIÓN DE CUENTAS, NO HAY RUTA**

    La pacificación de México no admite atajos retóricos ni soluciones parciales. Es un objetivo legítimo, urgente y compartido, pero su cumplimiento exige algo más que despliegues operativos o ajustes discursivos: requiere reconstruir la confianza en las instituciones, cerrar espacios de impunidad y someter al escrutinio público a todos los niveles de gobierno.
    Durante años, la estrategia de seguridad ha oscilado entre la contención y la reacción. Se han fortalecido capacidades, sí, pero el fenómeno criminal ha demostrado una notable capacidad de adaptación. En ese contexto, la discusión de fondo no puede eludirse: ¿cómo garantizar que las autoridades —federales, estatales y municipales— actúen con integridad y sin interferencias indebidas?
    La respuesta pasa por un principio básico en cualquier Estado de derecho: rendición de cuentas efectiva. Esto implica investigaciones independientes, fiscalías con autonomía real, sistemas de inteligencia que funcionen y mecanismos de control que no dependan de la voluntad política del momento. No se trata de señalar sin pruebas, sino de construir condiciones para que cualquier sospecha fundada sea investigada con rigor y transparencia.
    El desafío es mayúsculo porque la percepción de impunidad sigue siendo uno de los principales factores que erosionan la legitimidad institucional. Cuando la ciudadanía percibe que las reglas no se aplican de manera uniforme, que hay zonas grises o que ciertos actores están fuera del alcance de la ley, la confianza se diluye. Y sin confianza, cualquier política de seguridad está condenada a resultados limitados.
    En este punto, la coordinación entre niveles de gobierno es indispensable. La seguridad no es una competencia exclusiva de la federación ni puede resolverse desde un solo frente. Los estados y municipios juegan un papel central, tanto en la prevención como en la reacción. Sin embargo, esa coordinación debe ir acompañada de estándares claros y de la capacidad de intervenir cuando estos no se cumplen.
    La cooperación internacional también es un componente clave. México no enfrenta este problema en aislamiento. El tráfico de drogas, armas y dinero ilícito es transnacional por definición. De ahí que la colaboración con socios estratégicos deba centrarse en inteligencia, control de flujos financieros y combate a redes logísticas, más allá de discursos o tensiones coyunturales.
    Pero incluso con mejores herramientas y mayor coordinación, la pacificación no será posible si no se atienden las causas estructurales que alimentan la violencia. Desigualdad, falta de oportunidades, debilidad institucional y economías locales capturadas por el crimen forman parte del ecosistema que permite la reproducción del problema. Ignorarlos sería perpetuar el ciclo.
    El reto para el gobierno federal es doble. Por un lado, sostener una estrategia de seguridad eficaz y medible. Por otro, enviar señales claras de que no habrá tolerancia para conductas indebidas dentro del propio aparato estatal. Esto último es particularmente sensible, porque implica asumir costos políticos en aras de fortalecer el Estado de derecho.
    La narrativa importa, pero los resultados importan más. La pacificación no se decreta: se construye con instituciones que funcionen, con justicia que llegue a tiempo y con autoridades que rindan cuentas. En esa ecuación, el combate a la impunidad es el factor decisivo.
    El país no necesita más promesas grandilocuentes, sino una hoja de ruta clara, con metas verificables y mecanismos de seguimiento. La ciudadanía, cada vez más informada y exigente, no se conforma con diagnósticos. Exige soluciones.
    En síntesis, la pacificación de México pasa por un principio irrenunciable: nadie por encima de la ley y todos sujetos a escrutinio. Sin esa base, cualquier estrategia será, en el mejor de los casos, insuficiente. Con ella, se abre la posibilidad real de avanzar hacia un país más seguro y más justo.