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Desde San Lázaro. Harfuch, ejemplo para muchos. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

17 Ago 2026
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Desde San Lázaro. Harfuch, ejemplo para muchos. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/OHarfuch

En México hemos aprendido, desgraciadamente, a contar muertos, desaparecidos, secuestros y extorsiones. Mucho menos frecuente ha sido poder medir la seguridad por lo que debería ser elemental en cualquier Estado de derecho: la capacidad de investigar un crimen, identificar a sus responsables, detenerlos y llevarlos ante la justicia.

El asesinato de la periodista Roxana Berenice Guzmán Ramírez en Veracruz permite observar las dos caras de esa realidad.

Roxana Guzmán, directora de Pulso Informativo del Sureste, fue privada de la libertad el 2 de junio en su domicilio de Nanchital. Hombres armados irrumpieron en su casa y se la llevaron por la fuerza. Parte de aquel momento quedó registrado en video.

Un mes después, las autoridades confirmaron que restos encontrados en un rancho del sur de Veracruz correspondían a la periodista.

Hasta ahí, dolorosamente, una historia demasiado conocida en México.

Durante el primer semestre de 2026 fueron asesinados al menos seis periodistas en nuestro país, de acuerdo con recuentos publicados a partir de información de organizaciones defensoras de la libertad de expresión. México sigue teniendo una deuda enorme con quienes ejercen el periodismo, particularmente en las regiones donde informar sobre seguridad, corrupción y poderes locales puede significar jugarse la vida.

Pero en el caso de Roxana Guzmán ocurrió algo que también debe decirse.

El Estado reaccionó y con resultados.

Primero, fueron detenidas ocho personas relacionadas con el crimen. Entre ellas, cuatro policías municipales de Ixhuatlán del Sureste presuntamente vinculados con el grupo criminal investigado y señalados por brindar apoyo logístico.

La investigación no se quedó ahí.

El Congreso de Veracruz retiró la inmunidad procesal al alcalde de Ixhuatlán del Sureste, Raúl González Martínez, después de que la fiscalía estatal lo señalara como presunto autor intelectual del secuestro y asesinato de la periodista.

Y la semana pasada se produjo una nueva detención.

En Minatitlán fue capturado Sergio “N”, alias El Búho, identificado por las autoridades como coordinador operativo de un grupo delictivo relacionado con el asesinato de la periodista.

Con esa captura suman nueve personas detenidas en relación con el caso.

En el operativo participaron instituciones federales y locales: la Secretaría de Marina, la Secretaría de la Defensa Nacional, la Fiscalía General de la República y autoridades de Veracruz. Fueron aseguradas armas, cargadores, cartuchos y equipos de comunicación.

Falta saber quiénes más participaron, quiénes protegieron, quienes ordenaron y hasta dónde llegaron las complicidades.

Pero justamente ahí radica la importancia política de este caso.

México necesita recuperar algo que ninguna estadística por sí solo puede devolverle: la certeza de que el Estado puede llegar hasta donde tenga que llegar.

Incluso cuando en una investigación aparecen policías, criminales con poder territorial y un presidente municipal.

Porque la verdadera prueba de una estrategia de seguridad no ocurre cuando se detiene al delincuente que no tiene protección.

Ocurre cuando la investigación empieza a tocar intereses.

En ese terreno hay que reconocer el trabajo del secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch.

Desde que asumió la responsabilidad federal de seguridad bajo el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, García Harfuch ha insistido en una fórmula que parece sencilla, pero que requiere capacidad institucional para ejecutarse: inteligencia, investigación, coordinación entre autoridades y detenciones sustentadas en expedientes que puedan ser llevados ante un juez.

Los medios tenemos la obligación de cuestionar al poder. En El Financiero lo hacemos y lo seguiremos haciendo.

Debemos denunciar cuando el gobierno se equivoca, cuando una autoridad abusa, cuando una investigación se detiene o cuando el poder intenta ocultar aquello que la sociedad tiene derecho a conocer.

Pero esa responsabilidad pierde parte de su sentido si somos incapaces de reconocer también cuando las instituciones cumplen con su deber.

En julio, Omar García Harfuch fue explícito respecto de este caso: la investigación continuaría hasta determinar las responsabilidades y detener a quienes estuvieran involucrados.

La captura de El Búho demuestra que, por lo menos hasta ahora, aquella declaración estuvo acompañada de acciones.

El mensaje del crimen es el silencio. La obligación del Estado es contestar con justicia.

Un Estado democrático necesita atender las causas de la violencia, pero necesita igualmente algo elemental: que quien secuestra, extorsiona o asesina sepa que el Estado lo va a buscar.

Que habrá consecuencias.

Ése es uno de los grandes desafíos del gobierno de Claudia Sheinbaum.

Y ésa debe ser también la vara con la que midamos el trabajo de Omar García Harfuch.

Desde un medio de comunicación tenemos una razón adicional para reconocerlo.

Porque defender a un periodista es defender la libertad de expresión.

Y porque exigir justicia también significa reconocer a quienes están trabajando para conseguirla.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.