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Desde San Lázaro. Pleitos que dañan a México. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

14 Ago 2026
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Desde San Lázaro. Pleitos que dañan a México. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com

La trifulca protagonizada por los diputados federales Arturo Ávila, de Morena, y Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla, del PRI, en las instalaciones del Senado, es mucho más que una lamentable escena protagonizada por dos legisladores que estuvieron a punto de pasar de los insultos y empujones a los golpes. Es, en realidad, otra expresión del grado de crispación que ha alcanzado la política mexicana y una advertencia de lo que puede venir conforme avance el proceso electoral de 2027. El problema no son solamente Ávila y Gutiérrez Mancilla, sino el ambiente político que permite que dos representantes populares consideren normal resolver sus diferencias como si estuvieran en un pleito callejero.

Tampoco vamos a caer en el exceso de afirmar que ambos personajes representan el comportamiento de los ciudadanos. Afortunadamente no es así. La inmensa mayoría de los mexicanos resuelve sus diferencias mediante el dialogo y espera que quienes cobran del erario hagan exactamente lo mismo. Arturo Ávila, a quien sus adversarios han bautizado como “Cero Votos”, carga además con sus propias polémicas y con un estilo particularmente confrontativo.

Lo ocurrido sería apenas una anécdota vergonzosa si no fuera porque refleja un problema mucho más profundo: México lleva años acumulando el combustible del encono y alguien insiste todos los días en acercarle un cerillo. La polarización no apareció espontáneamente en San Lázaro ni comenzó con estos dos diputados. Se ha construido durante años desde las más altas esferas del poder mediante una narrativa que divide a los mexicanos entre buenos y malos, conservadores y transformadores, ricos y pobres, fifís y chairos, patriotas y traidores.

Andrés Manuel López Obrador convirtió esa división en uno de los principales instrumentos políticos de su gobierno y Claudia Sheinbaum tuvo la oportunidad de modificar semejante dinámica al asumir la Presidencia, pero no lo ha hecho. Las mañaneras continúan siendo una formidable plataforma financiada con recursos públicos desde donde se hace propaganda política, pero también se combate políticamente, se responde a los adversarios, se descalifica a críticos y se establece buena parte de la agenda que después reproducen legisladores, dirigentes partidistas, gobernadores, funcionarios y ejércitos digitales, además de los medios de comunicación públicos y privados.

Por eso resulta contradictorio que después de elevar todos los días la temperatura política, aparezcan los llamados institucionales a la serenidad. Ignacio Mier, desde el Senado, y Kenia López Rabadán, desde la Cámara de Diputados, pueden pedir respeto, diálogo y civilidad entre los legisladores, y hacen bien porque esa es parte de su responsabilidad institucional, pero esos llamados servirán de poco mientras desde los partidos y particularmente desde el poder se siga considerando rentable convertir al adversario en enemigo. No se puede incendiar la pradera por la mañana y por la tarde reclamar prudencia.

Las recientes detenciones de personajes cercanos a Alejandro Moreno inevitablemente son interpretadas por el dirigente nacional del PRI como una escalada de la ofensiva gubernamental en su contra y, lejos de amedrentarlo, seguramente provocarán que suba todavía más el tono de sus acusaciones contra Morena y la 4T. “Alito” lleva tiempo utilizando señalamientos sumamente graves contra el oficialismo, incluso hablando de un “narcogobierno”, mientras desde Morena responden con acusaciones sobre corrupción y expedientes relacionados con el pasado del dirigente priista.

El resultado es que desaparece el debate sobre los grandes problemas nacionales y en su lugar aparece una política dominada por el garrote y la judicialización de temas políticos que da pie a los presos políticos.

Quien gobierna tiene una responsabilidad mayor, simplemente porque posee la tribuna más poderosa del país, administra enormes recursos públicos, controla buena parte de la comunicación institucional y dispone de una capacidad incomparable para establecer la conversación nacional. Por eso desde Palacio Nacional debería comenzar la despresurización de la vida pública.

La polarización puede resultar electoralmente rentable, pero muy costosa para la gobernabilidad.

El problema es que semejante estrategia tiene fecha de caducidad y deja costos enormes. Un país permanentemente confrontado deteriora sus instituciones, imposibilita los grandes acuerdos nacionales, ahuyenta consensos indispensables para generar inversión y crecimiento y termina trasladando la división política a las familias, centros de trabajo, universidades y calles. México enfrenta suficientes problemas de inseguridad, crecimiento económico, finanzas públicas, infraestructura y una relación particularmente compleja con Estados Unidos como para agregar deliberadamente una sociedad enfrentada consigo misma.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.