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Desde San Lázaro. Crónica de un escándalo anunciado. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

04 May 2026
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Desde San Lázaro. Crónica de un escándalo anunciado. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/rochamoya_

El oficialismo ha entrado en una zona de turbulencia mayor. La orden de extradición solicitada por una corte de Nueva York contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, el senador Enrique Inzunza Cázarez, el alcalde de Culiacán y otros exfuncionarios, representa un golpe directo a la línea de flotación del proyecto político de la autollamada Cuarta Transformación. Más allá de la dimensión judicial, el caso abre una grieta política que difícilmente podrá cerrarse con discursos beligerantes, defensa a ultranza y cortinas de humo.

El hecho de que una corte estadounidense participe directamente en este tipo de acusaciones coloca a México en una posición incómoda en el ámbito internacional, pero sobre todo exhibe una realidad que durante años se ha intentado minimizar: la presunta infiltración del crimen organizado en estructuras de gobierno. La narrativa de que los cárteles no solo operan, sino que influyen o incluso cooptan espacios de poder, deja de ser un señalamiento externo para convertirse en un problema interno con consecuencias políticas inmediatas y devastadoras.

La reacción del gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum no ha contribuido a disipar las dudas. La defensa inicial al mandatario sinaloense fue interpretada en amplios sectores como precipitada y políticamente riesgosa. En lugar de marcar una distancia prudente, el respaldo pareció reforzar la percepción de un cierre de filas que, en momentos de crisis, suele ser contraproducente.

La solicitud de licencia de Rubén Rocha Moya confirma la gravedad del escenario. Su salida temporal del cargo —dejando al frente a una figura cercana al mandatario como Yeraldine Bonilla— no resuelve el fondo del problema; apenas busca contener el daño político inmediato. En los pasillos de San Lázaro, la lectura es clara: se trata de ganar tiempo, enfriar la presión mediática y esperar el desarrollo de los procesos legales.

Pero el margen de maniobra es limitado. Cuando las acusaciones provienen del sistema judicial de Estados Unidos, el costo de ignorarlas o minimizarlas puede escalar rápidamente. Más aún en un contexto donde figuras como Donald Trump han insistido en señalar que el narcotráfico ejerce una influencia determinante en la política mexicana. Lo que antes podía considerarse retórica electoral, hoy encuentra un terreno fértil para convertirse en argumento político con consecuencias diplomáticas, económicas y sociales.

El impacto no se limita a un solo estado. El caso de Sinaloa abre la puerta a una revisión más amplia sobre posibles vínculos entre funcionarios y estructuras criminales. En el radar mediático y político comienzan a aparecer otros nombres, como Marina del Pilar Ávila, Baja California y Américo Villarreal Anaya, Tamaulipas, lo que amplifica el problema y lo convierte en una amenaza sistémica para el partido en el poder.

Para Morena, el costo es particularmente alto. La narrativa de combate a la corrupción y regeneración de la vida pública fue uno de sus principales activos electorales. Casos como este erosionan esa bandera y ofrecen a la oposición un flanco difícil de defender en la antesala de los procesos electorales de 2027 y, más adelante, de 2030.

En San Lázaro, donde las correlaciones de fuerza se miden con precisión quirúrgica, el tema ya comienza a permear. Legisladores de distintas bancadas anticipan que el caso será utilizado como un eje de confrontación política en los próximos meses. No solo se trata de responsabilidades individuales, sino de la posible construcción de una narrativa que vincule al oficialismo con prácticas que históricamente ha condenado como la narcopolítica.

El desafío para el gobierno será doble. Por un lado, deberá enfrentar las implicaciones legales y diplomáticas de las acusaciones; por otro, tendrá que contener el desgaste político interno. La estrategia de comunicación será clave, pero difícilmente suficiente si no se acompaña de acciones contundentes que envíen señales claras de legalidad y transparencia.

El riesgo de optar por “cortinas de humo” o desviar la atención hacia otros temas es evidente. En un entorno de alta exposición mediática y con la presión internacional en aumento, este tipo de maniobras tiende a ser autodestructivas. La crisis no desaparecerá por decreto ni por narrativa; requerirá decisiones de fondo.

La “crónica de un escándalo anunciado” apenas comienza a escribirse, y sus efectos podrían extenderse mucho más allá del caso sinaloense. La pregunta que flota en el aire es hasta dónde llegará la investigación y cuántos nombres más aparecerán en el camino.

Porque si algo queda claro es que este episodio no es aislado. Es parte de un problema estructural que ha acompañado a la política mexicana durante décadas, pero que hoy adquiere una dimensión distinta al tocar de lleno al grupo en el poder. Un golpe que no solo sacude a figuras individuales, sino que pone en entredicho la narrativa completa de un proyecto político.

Hace dos meses escribimos en este espacio una columna con el título de “ya vengan por Rocha Moya”, nadie hizo caso.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.