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Desde San Lázaro. Teotihuacán en el ombligo del mundo. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

22 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Teotihuacán en el ombligo del mundo. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/TeotihuacanOfic

El atentado contra turistas en la Pirámide de la Luna, en Teotihuacán, que cobró la vida de una visitante canadiense, no solo sacude por su brutalidad, sino por el momento en que ocurre: a escasos 50 días de que México se convierta en uno de los epicentros del Mundial de futbol. La escena es inquietante. Un sitio arqueológico emblemático, símbolo de nuestra identidad y uno de los destinos más visitados del país, convertido en escenario de violencia contra extranjeros. La alarma, inevitablemente, ha cruzado fronteras.

México está bajo la lupa internacional. En condiciones normales, un hecho de esta naturaleza ya sería motivo de preocupación diplomática y turística; en el contexto actual, adquiere una dimensión mucho mayor. El Mundial no solo es una fiesta deportiva: es una vitrina global en la que se exhibe la capacidad de un país para organizar, garantizar seguridad y proyectar confianza. Hoy, esa confianza enfrenta un golpe severo.

El reto para el gobierno mexicano en materia de seguridad es mayúsculo. No se trata únicamente de desplegar operativos para proteger estadios, aeropuertos y zonas turísticas durante el torneo. La exigencia es más profunda: demostrar que el Estado tiene control territorial y capacidad de respuesta frente a amenazas, tanto del crimen organizado como de posibles actos de terrorismo. Y ahí es donde el panorama se complica.

El gabinete de seguridad federal ya enfrenta una presión cotidiana en su lucha contra los grupos criminales. Homicidios, extorsiones, tráfico de drogas, desaparecidos y violencia generalizada forman parte del diagnóstico diario. A esta realidad se suma ahora la responsabilidad de blindar un evento de talla mundial, con millones de visitantes y la atención permanente de medios internacionales. No es exagerado decir que se trata de una prueba de fuego para la administración federal.

El ataque en Teotihuacán abre una interrogante inquietante: ¿estamos frente a un hecho aislado o ante la posible presencia de células con motivaciones más complejas? La narrativa oficial tenderá, como suele ocurrir, a minimizar el episodio bajo la hipótesis de un agresor solitario. Sin embargo, en un contexto global marcado por amenazas difusas, radicalización y violencia indiscriminada, descartar cualquier línea de investigación sería un error estratégico.

La experiencia internacional demuestra que los grandes eventos deportivos son objetivos potenciales para grupos que buscan visibilidad mediática. Así ocurrió en distintas latitudes, donde la seguridad tuvo que evolucionar hacia esquemas de cooperación multinacional, inteligencia compartida y protocolos de reacción inmediata. México no puede ni debe enfrentar este desafío en solitario.

El Mundial que está por celebrarse es, por definición, un esfuerzo trinacional. México, Estados Unidos y Canadá comparten no solo la organización logística, sino también la responsabilidad de garantizar condiciones de seguridad adecuadas. En ese sentido, la cooperación internacional no es una opción, sino una necesidad urgente. Intercambio de inteligencia, coordinación de fuerzas de seguridad y protocolos conjuntos deben activarse desde ahora, no cuando el torneo esté en marcha.

Paradójicamente, este imperativo de colaboración ocurre en medio de tensiones con Estados Unidos, tras la muerte de dos agregados (agentes de la CIA) de su embajada en un “accidente” en Chihuahua, derivado de un operativo antidrogas. El episodio ha generado fricciones diplomáticas que, aunque manejadas con cautela, evidencian la fragilidad de la relación en temas sensibles. Y, sin embargo, es precisamente en este terreno donde más se necesita entendimiento y coordinación.

La seguridad no admite posturas ideológicas ni cálculos políticos. Frente a riesgos potenciales, la única ruta viable es la cooperación. México no puede darse el lujo de enviar señales de debilidad o descoordinación, mucho menos cuando la mirada del mundo está a punto de centrarse en su territorio.

Desde ahora, la lógica debería ser la de una alerta máxima. No se trata de generar pánico, sino de asumir con seriedad la magnitud del desafío. La prevención, la inteligencia y la presencia efectiva de las fuerzas de seguridad serán claves para evitar que episodios como el de Teotihuacán se repitan.

Pero hay un elemento adicional que no debe perderse de vista: la percepción. En el ámbito turístico, la confianza es tan importante como la seguridad misma. Un solo incidente puede tener efectos multiplicadores en la imagen del país. Cancelaciones, advertencias de viaje y cobertura mediática negativa pueden erosionar rápidamente la expectativa positiva que genera un evento como el Mundial.

México está ante una encrucijada. El Mundial representa una oportunidad histórica para proyectarse como un país moderno, capaz y seguro. Pero también implica riesgos que, de no gestionarse adecuadamente, pueden derivar en costos políticos, económicos y reputacionales significativos.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.