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Desde San Lázaro. Evolución o ruptura. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

23 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Evolución o ruptura. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

Los recientes movimientos al interior del oficialismo no son casuales ni meramente administrativos. El relevo de Andy López Beltrán y próximamente de Luisa María Alcalde de los dos puestos más relevantes de Morena, marca un punto de inflexión en la consolidación del poder de Claudia Sheinbaum. Se trata, en los hechos, de una transición interna que deja atrás —de forma tersa pero firme— la sombra de Andrés Manuel López Obrador.

Andy deja el centro de operación política del partido en el poder, la secretaria de Organización, para asumir una tarea que, lejos de ser menor, representa un reto de alto riesgo: reforzar el trabajo territorial con 65 diputados federales de Morena en las próximas elecciones locales en Coahuila. No es un destino cómodo ni simbólico; es una prueba de fuego. En política, los territorios complejos son los que definen carreras, y Coahuila se perfila como uno de los escenarios más adversos para la 4T.

Por su parte, Luisa María Alcalde dimitirá de la presidencia nacional de Morena y recibe la oferta de encabezar la Consejería Jurídica de la Presidencia, una salida digna que la coloca cerca de la Titular del Ejecutivo Federal

Lo que subyace en estos movimientos es una señal política inequívoca: Claudia Sheinbaum transita hacia el pleno control del gobierno y del partido. El alejamiento con su antecesor no ha sido abrupta ni conflictiva; por el contrario, ha seguido una ruta de separación gradual, calculada y sin estridencias. Pero eso no la hace menos contundente. El poder, en política, no siempre se arrebata; a veces se asume con precisión quirúrgica.

La reconfiguración no termina ahí. En el horizonte inmediato se perfila la eventual llegada de Ariadna Montiel a la dirigencia nacional de Morena, mientras que Citlalli Hernández, en pocos días, ha consolidado su liderazgo en el partido. Con estos ajustes, la presidenta empieza a tener no solo el control del aparato gubernamental, sino también de la maquinaria partidista. Un doble mando que, en el sistema político mexicano, suele traducirse en una capacidad de operación determinante.

Sin embargo, el verdadero termómetro de estos cambios no está en los nombramientos, sino en los resultados electorales. Y ahí es donde aparece Coahuila y luego las intermedias del 2027, como un campo minado para Morena. Andy López Beltrán llega a una entidad donde el oficialismo enfrenta una realidad adversa: la consolidación del PRI como fuerza dominante bajo el liderazgo del gobernador Manolo Jiménez Salinas.

La llamada “aplanadora priista” no es una metáfora gratuita. Coahuila ha demostrado ser un bastión resistente a la expansión de Morena, con estructuras locales sólidas, operación territorial eficaz y una narrativa de estabilidad que conecta con amplios sectores de la población. En ese contexto, la misión de Andy no solo es complicada; es estratégica para medir la capacidad real del oficialismo sin la figura central de su fundador.

Porque ese es otro de los elementos clave: por primera vez, Morena enfrentará procesos locales relevantes sin la presencia directa de López Obrador como eje articulador. La marca sigue siendo poderosa, pero el liderazgo ya no es el mismo. Y en política, los vacíos —por pequeños que sean— tienden a ser ocupados o explotados.

La presidenta Sheinbaum parece entender esta lógica. Por ello, sus movimientos no solo buscan reacomodar piezas, sino construir un nuevo equilibrio de poder donde su liderazgo sea incuestionable. La designación de perfiles afines, la reorganización territorial y el control del partido apuntan en esa dirección.

No obstante, el riesgo es evidente. Concentrar poder implica también asumir costos. Si los resultados en entidades como Coahuila no favorecen a Morena, la responsabilidad recaerá directamente en la nueva configuración del liderazgo. Ya no habrá margen para atribuir derrotas a inercias del pasado o a decisiones heredadas.

En ese sentido, Andy López Beltrán carga con una doble presión: demostrar que puede operar políticamente sin el respaldo directo de su padre y, al mismo tiempo, contribuir a sostener la narrativa de expansión del movimiento. No es una tarea sencilla, especialmente frente a un adversario que ha mostrado capacidad de resistencia y adaptación.

Así, los movimientos recientes en Morena no deben leerse como simples ajustes internos. Son, en realidad, parte de una estrategia más amplia de consolidación del poder presidencial. Claudia Sheinbaum está marcando su propio rumbo, construyendo su equipo y definiendo las reglas de su liderazgo.

La separación con López Obrador no es ruptura, pero sí es evolución. Y como toda transición política, será puesta a prueba en las urnas. Coahuila será, en este sentido, mucho más que una elección local: será el primer gran examen del nuevo orden dentro del oficialismo.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.