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Desde San Lázaro. La jornada de 40 horas; entre la justicia social y la realidad empresarial. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

26 Feb 2026
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Desde San Lázaro. La jornada de 40 horas; entre la justicia social y la realidad empresarial. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/CANACINTRAMex

La Cámara de Diputados dio un paso que el oficialismo ha calificado como “histórico”: la aprobación de la reforma al artículo 123 constitucional para reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales, de manera gradual, hasta el año 2030. La iniciativa enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo fue avalada por una mayoría calificada prácticamente unánime en lo general, lo que refleja el enorme consenso político que genera cualquier medida que amplíe derechos laborales.

El dictamen establece que por cada seis días de trabajo deberá disfrutarse al menos uno de descanso con goce de salario íntegro; regula el pago del tiempo extraordinario y fija un calendario de transición: en 2026 se mantendrán las 48 horas; en 2027 bajará a 46; en 2028 a 44; en 2029 a 42; y finalmente en 2030 se alcanzarán las 40 horas semanales. Además, deja claro que la reducción no implicará disminución de salarios ni prestaciones.

En el papel, la reforma parece impecable. Se alinea con recomendaciones internacionales, reivindica el derecho al descanso y promete efectos positivos en la salud, la productividad y la conciliación vida-trabajo. Nadie podría oponerse abiertamente a que millones de trabajadores dispongan de más tiempo libre sin perder ingresos.

Sin embargo, en este debate hay un actor que ha quedado convenientemente relegado a un segundo plano: el empresariado, particularmente las micro, pequeñas y medianas empresas. Y ahí es donde la narrativa oficial encuentra su mayor desafío.

En México, entre las micro, pequeñas y medianas empresas (MiPyMes) representan el 99.8 de todos los establecimientos privados en el país.  Son ellas las que generan la mayor parte del empleo formal y sostienen buena parte de la recaudación tributaria. Son también las que enfrentan mayores dificultades para acceder a financiamiento, absorber incrementos en costos laborales y adaptarse a entornos regulatorios cambiantes.

Hoy, esas empresas lidian con una tormenta perfecta: aumentos sostenidos al salario mínimo, cargas fiscales que consideran asfixiantes, fiscalización cada vez más agresiva por parte del SAT, inseguridad en amplias regiones del país, encarecimiento del crédito, incertidumbre global y presiones derivadas de aranceles y tensiones comerciales. En ese contexto, la reducción de la jornada implica, en términos prácticos, pagar lo mismo por menos horas trabajadas o contratar más personal para cubrir turnos.

Para una gran corporación con alta automatización y márgenes amplios, la transición puede ser manejable. Para una microempresa familiar que opera con tres o cuatro empleados, cualquier incremento en costos puede significar la diferencia entre sobrevivir o bajar la cortina.

El oficialismo insiste en que la medida será gradual y que habrá tiempo suficiente para adaptarse. Es cierto: el calendario hasta 2030 ofrece una ruta escalonada. Pero la gradualidad no elimina el impacto, solo lo difiere. Cada reducción de dos horas anuales implicará ajustes operativos, reingeniería de procesos o mayores desembolsos.

El argumento central del gobierno es que una jornada más corta incrementará la productividad. La premisa parte de la idea de que trabajadores menos fatigados rinden más y cometen menos errores. En términos teóricos, es un razonamiento sólido. El problema es que la productividad no depende únicamente de la duración de la jornada, sino de inversión en tecnología, capacitación, infraestructura y condiciones de seguridad.

Si no se acompaña de incentivos fiscales, facilidades crediticias y políticas públicas orientadas a fortalecer a las Pymes, la reforma corre el riesgo de convertirse en una carga adicional para quienes ya operan en el límite.

Paradójicamente, los empresarios terminan siendo presentados como los villanos de la película si expresan reservas. Cualquier cuestionamiento puede interpretarse como resistencia a mejorar las condiciones laborales. Pero el debate no debería plantearse en términos maniqueos. No se trata de estar a favor o en contra de los trabajadores; se trata de reconocer que sin empresas sanas no hay empleo posible.

El Estado ha decidido ampliar derechos laborales —lo cual es legítimo—, pero no puede desentenderse de los costos que ello implica para el sector productivo. En otras latitudes, reducciones similares han venido acompañadas de estímulos, subsidios temporales o esquemas de transición diseñados para proteger especialmente a las pequeñas empresas.

Aquí, en cambio, el mensaje ha sido más político que económico. Se celebra el avance social, pero poco se habla de cómo se apoyará a quienes deberán absorber el impacto financiero.

Si el gobierno realmente quiere que la reforma sea un éxito y no un factor de informalidad, deberá diseñar un paquete integral de acompañamiento: incentivos fiscales temporales, deducciones especiales, facilidades administrativas y programas de capacitación que impulsen la productividad real.

Desde San Lázaro, el mensaje político es claro: el bienestar de los trabajadores está en el centro. Pero fuera del recinto legislativo, en las calles y parques industriales del país, la pregunta es otra: ¿quién ayudará a las MiPymes a sostener el costo de esta transformación?

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.