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Desde San Lázaro. PVEM o PT: Quién se doblegará. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

25 Feb 2026
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Desde San Lázaro. PVEM o PT: Quién se doblegará. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com

La reunión del lunes en Palacio Nacional no fue tersa. Alrededor de la mesa se sentaron las dirigencias del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) encabezada por el “Niño Verde”, Jorge Emilio González Martínez y del Partido del Trabajo (PT), de Alberto Anaya, frente a la presidenta Claudia Sheinbaum y el equipo que redactó la iniciativa de reforma electoral. No era una reunión protocolaria: era un pase de lista para medir lealtades.

La mandataria fue clara y, según los asistentes y lo declarado por ella misma, fue inflexible en tres ejes que resumen el corazón de la propuesta. Primero, reducir el costo de la democracia: menos recursos públicos a partidos, recorte de estructuras y racionalización del gasto electoral. Segundo, eliminar los diputados y senadores de representación proporcional, una cirugía mayor que modificaría la integración del Congreso. Tercero, cerrar las puertas al financiamiento ilícito —particularmente el dinero del narcotráfico— en campañas, acompañado de un rediseño institucional que implicaría adelgazar al Instituto Nacional Electoral (INE) y desaparecer o reducir a su mínima expresión a los organismos públicos locales electorales (OPLES).

El mensaje político fue aún más nítido: la reforma busca consolidar a la llamada Cuarta Transformación rumbo a 2027 y blindar la sucesión presidencial de 2030. La pregunta no es si habrá reforma —eso ya está decidido— sino quién pagará el costo político de acompañarla sin matices. Y ahí se abre la grieta entre el Verde y el PT.

El PVEM ha hecho del pragmatismo su ideología real. Ha sobrevivido a alternancias, sanciones y cambios de viento aliándose con quien ostente el poder. En 2018 y 2024 se subió al tren mayoritario y obtuvo beneficios concretos: posiciones legislativas, gobiernos locales, carretadas de billetes y márgenes de maniobra. Su apuesta ha sido clara: maximizar presencia, aunque eso implique sacrificar identidad y principios ideológicos

Sin embargo, la eliminación de los legisladores plurinominales toca fibras sensibles. El Verde ha construido buena parte de su representación vía listas de representación proporcional. Quitar ese mecanismo lo obligaría a ganar más distritos por mayoría relativa, un terreno donde depende —en buena medida— de las coaliciones. En otras palabras, la reforma reduce su autonomía y lo hace más dependiente del partido dominante.

Aun así, si la historia reciente sirve de guía, el Verde tenderá a doblarse. Lo hará negociando compensaciones: candidaturas seguras (gubernaturas de SLP y Quintana Roo) espacios en el rediseño institucional o garantías presupuestales en gobiernos estatales donde es aliado. El cálculo es frío: fuera del oficialismo, su margen de supervivencia se estrecha.

El PT, en cambio, se asume como partido-movimiento, con una base militante más ideologizada. Ha sido aliado leal, pero también ha demostrado capacidad de presión. En votaciones clave ha amagado con romper filas para negociar mejores condiciones. Su dirigencia sabe que su fuerza electoral propia es limitada, pero también que su narrativa de izquierda podría resentir una reforma percibida como regresiva en términos de pluralidad.

La desaparición de los plurinominales no le es ajena: el PT también se beneficia de ese esquema. Pero su dilema es más político que aritmético. ¿Puede acompañar una reforma que la oposición calificará como intento de control institucional? ¿Puede defender el adelgazamiento del INE y la desaparición de los OPLES sin cargar con la amenaza de la extinción?

En la reunión se percibió que la presidenta no está dispuesta a descafeinar su propuesta. Su equipo argumentó que el costo del sistema electoral mexicano es excesivo y que la simplificación generará ahorros sustanciales. También defendieron que la representación proporcional distorsiona la voluntad popular y que la proliferación de órganos locales duplica funciones.

Pero la política no es solo técnica. Eliminar plurinominales favorece a las fuerzas mayoritarias y complica la vida a la chiquillada y cierra espacios a las minorías. Reducir estructuras del INE y absorber funciones locales concentra decisiones. El oficialismo calcula que tiene la fuerza para impulsar los cambios, pero necesita cohesión interna para evitar fisuras que la oposición capitalice.

Ahí es donde el PT podría jugar a tensar la cuerda. No necesariamente para romper, sino para renegociar. Su amenaza creíble no es irse con la oposición —escenario improbable— sino encarecer su apoyo. El Verde, por el contrario, suele optar por la ruta de menor confrontación pública.

Romper con el oficialismo en estos momentos implica riesgos enormes: pérdida de posiciones, aislamiento legislativo y eventual castigo electoral. Ninguno de los dos partidos está en condiciones de navegar en solitario una elección federal competida. La racionalidad indica que ambos se quedarán, pero no al mismo precio ni con el mismo entusiasmo.

La presidenta lo sabe. Por eso convocó a la cúpula en Palacio y no delegó la interlocución. La reforma electoral no es solo un ajuste administrativo- electoral; es la pieza que busca garantizar la ventaja competitiva en 2027 y 2030.

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El apunte del director

  • Octubre 2026

    Una decapitación orquestada desde la 4T

    La decapitación de la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos no puede reducirse a una anécdota de protesta sindical ni mucho menos justificarse como un simple acto simbólico contra quien decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009. Lo ocurrido es un acto de vandalismo dentro de un recinto administrado por el Estado y, por ello, plantea una pregunta elemental: ¿cómo fue posible que un grupo de manifestantes ingresara, destruyera una escultura y se paseara con su cabeza sin que la seguridad del lugar lo impidiera?

    Los hechos están documentados. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas, azuzados por Jesús Ramírez Cuevas, asesor presidencial, ingresaron al Complejo Cultural Los Pinos después de manifestarse contra Calderón, quien participaba en el Foro América Libre 2026. Los inconformes encontraron la estatua en el suelo, donde permanecía desde que un árbol la derribó en 2025, y procedieron a golpearla hasta desprenderle la cabeza. Uno de los participantes incluso caminó con ella antes de arrojarla contra el piso.

    La primera responsabilidad del gobierno es por omisión. Durante más de un año permitió que una pieza perteneciente al acervo histórico de Los Pinos permaneciera abandonada en el suelo. En julio de 2025, la dirección del complejo había anunciado que sería restaurada y reinstalada; eso no ocurrió.

    La segunda responsabilidad es todavía más grave: la incapacidad o falta de voluntad de la seguridad del recinto para impedir su destrucción. Los reportes disponibles señalan que durante el vandalismo no hubo intervención policial ni del personal encargado de proteger el Centro Cultural.

    Y allí aparece el problema político.

    No existe hasta ahora evidencia pública que permita asegurar que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la agresión o que Jesús Ramírez instruyó al SME para destruir la estatua. Afirmarlo como hecho sin pruebas desviaría la atención de algo que sí puede exigirse al gobierno: explicar por qué permitió que ocurriera dentro de un inmueble bajo responsabilidad federal y por qué nadie protegió un bien que formaba parte del recinto.

    Porque el Estado de derecho también se defiende cuando el personaje agraviado es un adversario político.

    Felipe Calderón puede ser cuestionado por sus decisiones de gobierno; el SME tiene todo el derecho de repudiar la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, protestar contra el expresidente y exigir justicia por lo que considere agravios históricos. Lo que nadie tiene derecho a hacer es sustituir la protesta por la destrucción de bienes dentro de instalaciones públicas.

    Un gobierno democrático no puede administrar la legalidad dependiendo de quién sea la víctima. Si mañana un grupo contrario a López Obrador destruyera una estatua suya dentro de un recinto federal mientras los guardias observan pasivamente, el oficialismo reclamaría —con razón— la aplicación de la ley.

    Ese mismo principio debe valer para Calderón.

    La escena de Los Pinos es particularmente desafortunada porque convierte la intolerancia política en espectáculo: una estatua decapitada, una cabeza paseada como trofeo y una autoridad aparentemente incapaz de detener la destrucción.

    La Presidencia y la Secretaría de Cultura deberían explicar qué ocurrió, quién tenía bajo su responsabilidad la seguridad del complejo, por qué no intervino y qué consecuencias habrá.

    No hacerlo significaría enviar un mensaje peligroso: que en México existen actos de vandalismo tolerables dependiendo de contra quién se cometan.

    Y cuando el poder comienza a seleccionar qué patrimonio merece protección y qué adversario merece el abandono, lo que termina decapitado no es solamente una estatua.

    Es el principio elemental de que la ley debe aplicarse a todos por igual.