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Desde San Lázaro. Pensiones doradas, una bomba de tiempo. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

20 Feb 2026
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Desde San Lázaro. Pensiones doradas, una bomba de tiempo. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

La propuesta de establecer un tope de 70 mil pesos a las llamadas “pensiones doradas” ha encendido uno de los debates más delicados del sexenio. No se trata solo de una medida de austeridad; es una reforma constitucional que impactará directamente en los derechos adquiridos de miles de jubilados del sector público y que obligará al Congreso a definir hasta dónde puede llegar el Estado en su afán de corregir lo que considera excesos del pasado.

En su conferencia matutina, la presidenta, Claudia Sheinbaum, reveló que existen 94 mil 153 personas que reciben pensiones que van desde 300 mil hasta más de un millón de pesos mensuales. La cifra, presentada como símbolo de desigualdad y abuso, busca justificar la decisión de imponer un límite máximo que, de prosperar en el Congreso, reduciría drásticamente esos montos.

El argumento oficial es claro: no puede haber pensiones que superen con creces el salario del titular del Ejecutivo federal. En el discurso político, la medida conecta con la narrativa de justicia social, austeridad republicana y combate a los privilegios del antiguo régimen. Bajo esa lógica, ningún exfuncionario debería recibir más que quien encabeza el Estado mexicano.

Pero en el terreno jurídico y económico, el tema tiene múltiples aristas. La primera es la posible transgresión de derechos adquiridos. Muchos de esos jubilados alcanzaron tales niveles de pensión conforme a la ley vigente en su momento: por sus altos ingresos, años de cotización o incluso por esquemas de ahorro voluntario complementario. Modificar retroactivamente las condiciones podría abrir la puerta a una cascada de litigios en tribunales nacionales e incluso internacionales. El principio de irretroactividad de la ley y la seguridad jurídica no son detalles menores en un Estado de derecho.

La presidenta dice que la reforma constitucional no tiene alcances retroactivos, pero entonces cómo se explica que se aplique el recorte a aquellas pensiones construidas en el pasado.

Además, el sistema de pensiones mexicano es profundamente heterogéneo. Conviven esquemas de beneficio definido con cuentas individuales; regímenes especiales con normas generales; y disposiciones transitorias que, en muchos casos, blindaron derechos específicos. Pretender uniformar todos esos esquemas bajo un tope constitucional implicaría una ingeniería legal compleja que podría generar contradicciones normativas y conflictos competenciales.

La segunda arista es política. No son pocos los que interpretan la reforma como una acción con destinatarios específicos: exministros, exmagistrados, exjueces y altos funcionarios que han sido críticos del proyecto de la llamada Cuarta Transformación. Si la medida se percibe como castigo o ajuste de cuentas, el gobierno corre el riesgo de convertir un debate técnico-financiero en un episodio más de polarización. El mensaje podría leerse no solo como una política de ahorro, sino como una advertencia a quienes discrepan del poder.

En San Lázaro el cálculo político será determinante. La mayoría oficialista, bueno eso si no se rompe la alianza con el PVEM y PT, tiene los votos para sacar adelante cambios constitucionales, pero la oposición buscará colocar el debate en el terreno de la defensa de derechos y del respeto a la división de poderes. El choque discursivo está servido: privilegios contra derechos adquiridos; justicia social contra seguridad jurídica.

Desde luego, el contexto fiscal explica la premura. Las finanzas públicas atraviesan una etapa compleja: el gasto en pensiones —contributivas y no contributivas— crece año con año; el pago de intereses de la deuda presiona el presupuesto; el gasto corriente y el federalizado mantienen su inercia; y los programas sociales, de carácter progresivo, demandan cada vez mayores recursos. A ello se suma el costo de operación y mantenimiento de proyectos emblemáticos heredados de AMLO (Los elefantes blancos) como el Tren Maya, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, la Refinería Dos Bocas y el Tren Interoceánico.

El gobierno necesita recursos, y las pensiones doradas representan una bolsa atractiva para enviar un mensaje político y obtener un ahorro inmediato. Sin embargo, el impacto real en las finanzas públicas debe analizarse con lupa: el grueso del gasto en pensiones no está en esas 94 mil personas, sino en millones de beneficiarios del IMSS, ISSSTE y programas universales. El ahorro potencial, aunque mediáticamente potente, podría ser marginal frente al tamaño del problema estructural.

Hay otro ángulo poco explorado: la señal que se envía a los cuadros técnicos y profesionales del Estado. Durante décadas, ciertos cargos de alta responsabilidad ofrecieron esquemas de retiro atractivos como incentivo para atraer talento especializado. Si las reglas cambian de manera abrupta y retroactiva, el servicio público podría perder competitividad frente al sector privado.

Por otro lado, sería ingenuo negar que en el pasado existieron abusos. Algunos regímenes especiales otorgaron beneficios desproporcionados que difícilmente resisten el escrutinio público actual. La discusión, por tanto, no es blanco o negro. La verdadera prueba será distinguir entre excesos corregibles y derechos legítimamente consolidados.

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El apunte del director

  • Octubre 2026

    Una decapitación orquestada desde la 4T

    La decapitación de la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos no puede reducirse a una anécdota de protesta sindical ni mucho menos justificarse como un simple acto simbólico contra quien decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009. Lo ocurrido es un acto de vandalismo dentro de un recinto administrado por el Estado y, por ello, plantea una pregunta elemental: ¿cómo fue posible que un grupo de manifestantes ingresara, destruyera una escultura y se paseara con su cabeza sin que la seguridad del lugar lo impidiera?

    Los hechos están documentados. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas, azuzados por Jesús Ramírez Cuevas, asesor presidencial, ingresaron al Complejo Cultural Los Pinos después de manifestarse contra Calderón, quien participaba en el Foro América Libre 2026. Los inconformes encontraron la estatua en el suelo, donde permanecía desde que un árbol la derribó en 2025, y procedieron a golpearla hasta desprenderle la cabeza. Uno de los participantes incluso caminó con ella antes de arrojarla contra el piso.

    La primera responsabilidad del gobierno es por omisión. Durante más de un año permitió que una pieza perteneciente al acervo histórico de Los Pinos permaneciera abandonada en el suelo. En julio de 2025, la dirección del complejo había anunciado que sería restaurada y reinstalada; eso no ocurrió.

    La segunda responsabilidad es todavía más grave: la incapacidad o falta de voluntad de la seguridad del recinto para impedir su destrucción. Los reportes disponibles señalan que durante el vandalismo no hubo intervención policial ni del personal encargado de proteger el Centro Cultural.

    Y allí aparece el problema político.

    No existe hasta ahora evidencia pública que permita asegurar que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la agresión o que Jesús Ramírez instruyó al SME para destruir la estatua. Afirmarlo como hecho sin pruebas desviaría la atención de algo que sí puede exigirse al gobierno: explicar por qué permitió que ocurriera dentro de un inmueble bajo responsabilidad federal y por qué nadie protegió un bien que formaba parte del recinto.

    Porque el Estado de derecho también se defiende cuando el personaje agraviado es un adversario político.

    Felipe Calderón puede ser cuestionado por sus decisiones de gobierno; el SME tiene todo el derecho de repudiar la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, protestar contra el expresidente y exigir justicia por lo que considere agravios históricos. Lo que nadie tiene derecho a hacer es sustituir la protesta por la destrucción de bienes dentro de instalaciones públicas.

    Un gobierno democrático no puede administrar la legalidad dependiendo de quién sea la víctima. Si mañana un grupo contrario a López Obrador destruyera una estatua suya dentro de un recinto federal mientras los guardias observan pasivamente, el oficialismo reclamaría —con razón— la aplicación de la ley.

    Ese mismo principio debe valer para Calderón.

    La escena de Los Pinos es particularmente desafortunada porque convierte la intolerancia política en espectáculo: una estatua decapitada, una cabeza paseada como trofeo y una autoridad aparentemente incapaz de detener la destrucción.

    La Presidencia y la Secretaría de Cultura deberían explicar qué ocurrió, quién tenía bajo su responsabilidad la seguridad del complejo, por qué no intervino y qué consecuencias habrá.

    No hacerlo significaría enviar un mensaje peligroso: que en México existen actos de vandalismo tolerables dependiendo de contra quién se cometan.

    Y cuando el poder comienza a seleccionar qué patrimonio merece protección y qué adversario merece el abandono, lo que termina decapitado no es solamente una estatua.

    Es el principio elemental de que la ley debe aplicarse a todos por igual.