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Desde San Lázaro. No dejarán pasar a “Somos MX” Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

23 Feb 2026
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Desde San Lázaro. No dejarán pasar a “Somos MX” Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SomosMxMexico

En el escenario político nacional comienzan a perfilarse nuevas fuerzas que pretenden irrumpir en un sistema cada vez más polarizado. Una de ellas es Somos MX, agrupación que ha logrado avanzar con rapidez en el complejo proceso para constituirse como partido político nacional. Vinculada  a la llamada Marea Rosa, este nuevo proyecto busca capitalizar el descontento de amplios sectores ciudadanos que no se sienten representados por las opciones tradicionales.

Somos MX no partió de la improvisación. Ha cumplido —según sus promotores— con los requisitos establecidos por el Instituto Nacional Electoral: la realización de asambleas en al menos 20 entidades o 200 distritos, la afiliación mínima equivalente al 0.26% del padrón electoral, 3 mil personas afiliadas por entidad o bien, 300 por distrito electoral  y la celebración de su Asamblea Nacional Constituyente, la cual ya se llevó a cabo con nutrida participación y en la que quedaron al frente Guadalupe Acosta y Cecilia Soto.  Ese paso no es menor: simboliza el tránsito de movimiento social a estructura política formal.

En sus filas convergen perfiles diversos. Hay exmilitantes de partidos tradicionales que quedaron marginados tras reacomodos internos; también académicos, exfuncionarios públicos, líderes sociales y activistas provenientes de causas ciudadanas. Esa mezcla puede convertirse en fortaleza si logra articular un discurso coherente y una propuesta programática clara. Pero también representa un desafío: evitar que la suma de individualidades derive en fracturas prematuras.

El contexto en el que surge Somos MX es particularmente complejo. La hegemonía de Morena y sus aliados ha redefinido el mapa político desde 2018. Sin embargo, también ha generado resistencias. La Marea Rosa, como expresión ciudadana en defensa de las instituciones electorales, evidenció que existe un segmento social dispuesto a movilizarse. Somos MX intenta canalizar esa energía social hacia una opción electoral permanente.

No obstante, entre sus simpatizantes existe un temor fundado: que, aun cumpliendo con todos los requisitos legales, se interpongan obstáculos políticos para impedir su registro. La decisión final recae en el INE, órgano constitucional autónomo que deberá evaluar el cumplimiento estricto de la normatividad. Cualquier intento de interferencia desde el poder Ejecutivo o desde mayorías legislativas pondría a prueba la solidez institucional del país.

En los corrillos políticos se comenta que el crecimiento potencial de Somos MX rumbo a 2027 podría alterar cálculos electorales. Si logra posicionarse con rapidez en las preferencias, fragmentaría el voto opositor tradicional, pero también podría atraer a ciudadanos desencantados que hoy se mantienen al margen. Esa incertidumbre explica, en parte, la prisa por impulsar una reforma electoral que modifique reglas del juego antes de que nuevos actores consoliden su presencia.

La eventual aprobación de cambios legales sin el consenso de aliados como el PT o el Partido Verde revelaría tensiones internas en la coalición gobernante. Pero más allá de coyunturas, el fondo del asunto es otro: ¿existe en México espacio real para la competencia plural o las nuevas fuerzas están condenadas a enfrentar resistencias sistémicas?

El margen de maniobra para frenar a Somos MX luce cada vez más estrecho sin que represente costos políticos e institucionales.

En realidad, para el oficialismo no resulta sencillo encontrar una fórmula jurídica sólida que impida que Somos MX alcance el registro si acredita, uno a uno, los requisitos previstos en la ley. Cualquier intento de invalidar asambleas, desconocer afiliaciones o reinterpretar criterios técnicos tendría que sostenerse en pruebas contundentes, pues de lo contrario abriría la puerta a impugnaciones ante el Tribunal Electoral (dominado por el Poder Ejecutivo) y a una narrativa de exclusión política que podría victimizar a la nueva agrupación. En ese escenario, lejos de debilitarla, se correría el riesgo de fortalecerla en la opinión pública, presentándola como un proyecto al que se le quiere cerrar el paso por razones políticas y no legales.

A ello se suma otra variable delicada: el eventual costo de dinamitar equilibrios con aliados tradicionales si prosperan cambios en la reforma electoral como la eliminación de las diputaciones plurinominales, la reducción del financiamiento público a los partidos y el adelgazamiento de la estructura directiva y operativa del Instituto Nacional Electoral para subordinarlo políticamente a la Secretaría de Gobernación. Medidas de ese calibre no solo afectarían a la oposición, sino también al PVEM y al PT, que han encontrado en el sistema actual espacios de representación y recursos para su supervivencia. Tocar esas fibras podría tensar la coalición gobernante justo en la antesala de un proceso electoral donde cada punto porcentual contará, y donde la irrupción de nuevos actores como Somos MX añade un elemento adicional de incertidumbre.

En democracia, la competencia fortalece al sistema. Impedir el registro de una agrupación que cumple con los requisitos legales enviaría un mensaje preocupante sobre la apertura del régimen y, sobre todo, quedaría al descubierto el avance del régimen totalitario.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.