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Corrupción en el IMSS Destacado

19 Feb 2026
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Corrupción en el IMSS Imagen tomada de: https://x.com/zoerobledo

Señalamientos internos y de proveedores apuntan a que colaboradores cercanos a Zoé Robledo, director general del IMSS, como Alba Alejandra Santos Carrillo, director de Prestaciones Económicas y Sociales, y Rafael López Ocaña, entre otros funcionarios, habrían avalado procesos de licitación confeccionados a la medida de determinados proveedores de servicios subrogados. La mecánica, según denuncias, no es sofisticada: filtración de propuestas económicas de competidores para ajustar ofertas ganadoras o flexibilización indebida de requisitos técnicos.

El problema no es solo administrativo; es profundamente ético y legal. Cuando se manipulan licitaciones públicas o se recurren a adjudicaciones directas con criterios laxos, se traiciona el espíritu de competencia y transparencia que debe regir el uso de recursos públicos. Más grave aún, cuando en clara violación a lo que establece la Norma Oficial Mexicana (NOM) se relajan los mecanismos de control, se pone en riesgo la calidad de los insumos médicos y la profesionalización de los servicios contratados.

No se trata únicamente de cifras ni de contratos. Se trata de quirófanos equipados con tecnología adecuada, de diagnósticos certeros y de tratamientos oportunos; de ambulancias de última generación, de incubadoras digitales, entre otros insumos médicos.

 La revisión puntual de las últimas licitaciones y adjudicaciones en áreas sensibles como la Delegación Sur de la CDMX o Cardiología  sería un primer paso para enviar un mensaje claro: en el IMSS no puede haber espacio para trajes a la medida ni para proveedores favoritos.

La piedra angular del sistema de salud pública del País es el IMSS, en todas sus acepciones, y por ello, debe ser una institución modelo, tanto en sus procesos administrativos internos, como en estar a la altura de la enorme y creciente demanda que representa la atención social de más de 78 millones de mexicanos.

 

Con información de: Especial

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El apunte del director

  • Octubre 2026

    Una decapitación orquestada desde la 4T

    La decapitación de la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos no puede reducirse a una anécdota de protesta sindical ni mucho menos justificarse como un simple acto simbólico contra quien decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009. Lo ocurrido es un acto de vandalismo dentro de un recinto administrado por el Estado y, por ello, plantea una pregunta elemental: ¿cómo fue posible que un grupo de manifestantes ingresara, destruyera una escultura y se paseara con su cabeza sin que la seguridad del lugar lo impidiera?

    Los hechos están documentados. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas, azuzados por Jesús Ramírez Cuevas, asesor presidencial, ingresaron al Complejo Cultural Los Pinos después de manifestarse contra Calderón, quien participaba en el Foro América Libre 2026. Los inconformes encontraron la estatua en el suelo, donde permanecía desde que un árbol la derribó en 2025, y procedieron a golpearla hasta desprenderle la cabeza. Uno de los participantes incluso caminó con ella antes de arrojarla contra el piso.

    La primera responsabilidad del gobierno es por omisión. Durante más de un año permitió que una pieza perteneciente al acervo histórico de Los Pinos permaneciera abandonada en el suelo. En julio de 2025, la dirección del complejo había anunciado que sería restaurada y reinstalada; eso no ocurrió.

    La segunda responsabilidad es todavía más grave: la incapacidad o falta de voluntad de la seguridad del recinto para impedir su destrucción. Los reportes disponibles señalan que durante el vandalismo no hubo intervención policial ni del personal encargado de proteger el Centro Cultural.

    Y allí aparece el problema político.

    No existe hasta ahora evidencia pública que permita asegurar que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la agresión o que Jesús Ramírez instruyó al SME para destruir la estatua. Afirmarlo como hecho sin pruebas desviaría la atención de algo que sí puede exigirse al gobierno: explicar por qué permitió que ocurriera dentro de un inmueble bajo responsabilidad federal y por qué nadie protegió un bien que formaba parte del recinto.

    Porque el Estado de derecho también se defiende cuando el personaje agraviado es un adversario político.

    Felipe Calderón puede ser cuestionado por sus decisiones de gobierno; el SME tiene todo el derecho de repudiar la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, protestar contra el expresidente y exigir justicia por lo que considere agravios históricos. Lo que nadie tiene derecho a hacer es sustituir la protesta por la destrucción de bienes dentro de instalaciones públicas.

    Un gobierno democrático no puede administrar la legalidad dependiendo de quién sea la víctima. Si mañana un grupo contrario a López Obrador destruyera una estatua suya dentro de un recinto federal mientras los guardias observan pasivamente, el oficialismo reclamaría —con razón— la aplicación de la ley.

    Ese mismo principio debe valer para Calderón.

    La escena de Los Pinos es particularmente desafortunada porque convierte la intolerancia política en espectáculo: una estatua decapitada, una cabeza paseada como trofeo y una autoridad aparentemente incapaz de detener la destrucción.

    La Presidencia y la Secretaría de Cultura deberían explicar qué ocurrió, quién tenía bajo su responsabilidad la seguridad del complejo, por qué no intervino y qué consecuencias habrá.

    No hacerlo significaría enviar un mensaje peligroso: que en México existen actos de vandalismo tolerables dependiendo de contra quién se cometan.

    Y cuando el poder comienza a seleccionar qué patrimonio merece protección y qué adversario merece el abandono, lo que termina decapitado no es solamente una estatua.

    Es el principio elemental de que la ley debe aplicarse a todos por igual.