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El contenido del pliego es contundente y, sobre todo, razonable. Un incremento salarial de al menos 13 por ciento Destacado

10 Feb 2026
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El contenido del pliego es contundente y, sobre todo, razonable. Un incremento salarial de al menos 13 por ciento Imagen tomada de: https://x.com/SnteNacional

La presentación del Pliego Nacional de Demandas 2026 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), que preside el maestro Alfonso Cepeda Salas, ante el gobierno federal no es un trámite más ni un ritual burocrático de la vida sindical.

Es, en estricto sentido, un acto de elemental justicia que el Estado mexicano está obligado a atender en todas sus partes, no por concesión política ni por cálculo electoral, sino por una deuda histórica con el magisterio nacional.

Desde la sede de la Secretaría de Educación Pública, el dirigente nacional de los maestros entregó formalmente el documento al titular de la dependencia, Mario Delgado Carrillo.

Detrás de ese gesto protocolario hay una cifra que no puede minimizarse: más de un millón y medio de trabajadoras y trabajadores de la educación participaron en la 8ª Consulta Nacional que dio origen al pliego. Es decir, no se trata de ocurrencias cupulares ni de demandas improvisadas, sino de un mandato claro que surge desde las aulas, desde las escuelas rurales, urbanas, indígenas y marginadas del país.

El contenido del pliego es contundente y, sobre todo, razonable. Un incremento salarial de al menos 13 por ciento. La reforma a los regímenes pensionarios del ISSSTE que hoy condena a miles de maestros a jubilarse en condiciones indignas. Un nuevo sistema de carrera magisterial que deje atrás la simulación y la discrecionalidad.

La reducción de una carga administrativa asfixiante que le roba tiempo a la enseñanza. Y el fortalecimiento real de la profesionalización docente. Nada de esto es excesivo. Todo es justo.

A ello se suman problemas estructurales que ningún gobierno ha querido enfrentar con seriedad: escuelas sin mantenimiento, sin equipamiento básico, con techos que se caen y baños inservibles; pagos atrasados y prestaciones que no llegan; rezagos que se arrastran por años en todos los niveles educativos. ¿Cómo exigir excelencia educativa cuando el propio Estado incumple sus obligaciones más elementales?

Desde San Lázaro, donde se aprueban presupuestos y se reforman leyes, el tema debería ocupar un lugar central. No basta con discursos de reconocimiento al magisterio ni con frases huecas sobre la “revalorización del maestro”. La verdadera revalorización se expresa en el presupuesto, en las leyes secundarias, en las condiciones laborales y en el respeto a los derechos adquiridos.

El magisterio mexicano se la rifa todos los días. Lo hace en contextos de violencia, de pobreza extrema, de abandono institucional. Hace de la enseñanza una herramienta eficaz de inclusión social, muchas veces sustituyendo al Estado en tareas que van más allá del aula: contención emocional, alimentación, orientación comunitaria.

En miles de comunidades, el maestro sigue siendo la única presencia permanente del gobierno. Y aun así, es uno de los sectores más castigados por la política salarial y por reformas mal diseñadas.

Por eso, atender el pliego petitorio del SNTE no debería verse como una carga fiscal, sino como una inversión estratégica en el futuro del país. No hay transformación posible sin educación pública fuerte, y no hay educación pública de calidad sin maestras y maestros dignificados. Cualquier otra narrativa es demagogia.

El gobierno federal, que se asume como heredero de un proyecto social, tiene hoy la oportunidad —y la obligación— de pasar del discurso a los hechos. La disposición al diálogo es bienvenida, pero insuficiente si no se traduce en resultados concretos. El magisterio ya cumplió: consultó a su base, presentó un pliego sólido y nombró una comisión negociadora. Ahora le toca al Estado responder con seriedad.

Vale subrayar, además, que el SNTE se ha convertido en uno de los aliados estratégicos más destacados del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. No se trata de una relación retórica ni circunstancial, sino de un acompañamiento político y social tangible, medible y, sobre todo, decisivo en momentos clave para el proyecto de la llamada Cuarta Transformación.

Ahí está el dato duro: la afiliación de más de un millón de maestras y maestros a Morena, un hecho inédito que ningún otro sindicato ha logrado y que refleja no solo la capacidad de organización del SNTE, sino también su alineamiento con el proyecto político que hoy gobierna el país. Ese respaldo no es menor si se considera que el magisterio es uno de los sectores con mayor presencia territorial, capaz de incidir en comunidades donde ningún partido ni estructura gubernamental llega con la misma profundidad.

Sin embargo, el apoyo del SNTE no se ha limitado a la afiliación partidista. Bajo el liderazgo de Cepeda Salas, el sindicato ha respondido puntualmente a las convocatorias de movilización realizadas por la hoy presidenta Sheinbaum, ya sea para defender reformas, acompañar decisiones estratégicas o cerrar filas frente a embates políticos internos y externos.

En cada llamado, el magisterio organizado ha estado presente, disciplinado y con capacidad real de movilización.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.