Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Valentía y entereza de la presidenta. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

09 Feb 2026
185 veces
Desde San Lázaro. Valentía y entereza de la presidenta. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/

La aprehensión de Diego Rivera, presidente municipal de Tequila, Jalisco, no es un episodio menor ni un hecho aislado que deba leerse solo en clave policiaca. Se trata de una decisión política de alto calibre que envía un mensaje contundente desde Palacio Nacional: en el nuevo ejercicio del poder no habrá intocables, ni siquiera cuando el implicado sea un alcalde emanado de Morena. El costo político existe y es evidente, pero la presidenta Claudia Sheinbaum decidió asumirlo. Ese es, quizá, el dato más relevante del caso.

Durante años, la narrativa de la llamada Cuarta Transformación estuvo acompañada de una crítica recurrente: la protección implícita a los suyos, la tolerancia selectiva frente a señalamientos graves y la renuencia a tocar a cuadros propios para no dañar la imagen del movimiento. La detención del alcalde de Tequila rompe con ese molde y marca un punto de inflexión en la relación entre poder político y Estado de derecho. No se trató de una acción cómoda ni políticamente rentable, pero sí necesaria.

El mensaje es claro: la presidenta gobierna con la convicción de que los intereses de la ciudadanía y la vigencia del orden constitucional están por encima de cualquier interés de grupo, alianza partidista o cálculo electoral. En un país lastimado por la impunidad, la corrupción y la infiltración del crimen organizado en estructuras de gobierno local, la señal no podía ser más directa. La consigna es inequívoca: “caiga quien caiga”.

La figura de Diego Rivera, hoy bajo proceso por presuntos nexos con el narcotráfico, extorsión a empresas y otros delitos graves, no es solo la de un alcalde más. Es el símbolo de una práctica que se extendió en diversos partidos y regiones del país: candidaturas construidas con prisas, sin filtros reales, impulsadas por estructuras locales que muchas veces responden más a intereses económicos o criminales que a proyectos políticos. Que esta detención alcance a Morena no es una debilidad del sistema, sino una prueba de que se está dispuesto a corregirlo.

Desde San Lázaro, el golpe se resiente. Legisladores oficialistas saben que este tipo de acciones abren flancos, generan ruido mediático y ofrecen municiones a la oposición. Sin embargo, también reconocen —aunque sea en privado— que el mayor riesgo para el gobierno no es exhibir a un mal servidor público, sino protegerlo. La presidenta optó por el camino más difícil, pero también por el único que puede sostenerse en el largo plazo.

No es menor que, tras el escándalo, Morena haya anunciado que endurecerá los filtros para definir candidaturas rumbo a 2027. El reconocimiento implícito es contundente: algo falló y debe corregirse. La pregunta no es si habrá resistencias internas —las habrá—, sino si el partido está dispuesto a acompañar con hechos el discurso de depuración y autocrítica. De lo contrario, la narrativa presidencial quedaría aislada frente a las prácticas partidistas.

Este episodio también envía un mensaje a todas las franquicias políticas del país. No se trata solo de Morena. PAN, PRI, MC y aliados deben “poner sus barbas a remojar”. El combate a los malos servidores públicos no distingue colores ni siglas, y quien crea que la protección partidista es un blindaje permanente, se equivoca. La presidenta ha dejado claro que su ejercicio del poder no estará subordinado a acuerdos inconfesables ni a chantajes políticos.

En un contexto donde los gobiernos municipales suelen ser el eslabón más débil frente al crimen organizado, la detención del alcalde de Tequila adquiere una dimensión nacional. Es una advertencia a quienes, desde lo local, creen que pueden operar con impunidad amparados en el poder del cargo o en la cercanía con estructuras partidistas. Hoy, el mensaje es que no hay cargo menor cuando se traiciona la confianza pública.

La presidenta ha demostrado que tiene los tamaños políticos suficientes para no dejarse amedrentar ni por los criminales ni por aliados incómodos. En un país acostumbrado a la simulación, esa determinación no es menor. Falta ver si este será un hecho aislado o el inicio de una política sistemática de limpieza institucional. Por lo pronto, desde Palacio Nacional se ha enviado una señal que no admite interpretaciones: el poder se ejercerá con apego a la ley y compromiso con el pueblo, aun cuando el costo político sea alto.

La lectura es inevitable: el margen de tolerancia se terminó. Y eso, para bien o para mal, cambia las reglas del juego.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Octubre 2026

    Una decapitación orquestada desde la 4T

    La decapitación de la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos no puede reducirse a una anécdota de protesta sindical ni mucho menos justificarse como un simple acto simbólico contra quien decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009. Lo ocurrido es un acto de vandalismo dentro de un recinto administrado por el Estado y, por ello, plantea una pregunta elemental: ¿cómo fue posible que un grupo de manifestantes ingresara, destruyera una escultura y se paseara con su cabeza sin que la seguridad del lugar lo impidiera?

    Los hechos están documentados. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas, azuzados por Jesús Ramírez Cuevas, asesor presidencial, ingresaron al Complejo Cultural Los Pinos después de manifestarse contra Calderón, quien participaba en el Foro América Libre 2026. Los inconformes encontraron la estatua en el suelo, donde permanecía desde que un árbol la derribó en 2025, y procedieron a golpearla hasta desprenderle la cabeza. Uno de los participantes incluso caminó con ella antes de arrojarla contra el piso.

    La primera responsabilidad del gobierno es por omisión. Durante más de un año permitió que una pieza perteneciente al acervo histórico de Los Pinos permaneciera abandonada en el suelo. En julio de 2025, la dirección del complejo había anunciado que sería restaurada y reinstalada; eso no ocurrió.

    La segunda responsabilidad es todavía más grave: la incapacidad o falta de voluntad de la seguridad del recinto para impedir su destrucción. Los reportes disponibles señalan que durante el vandalismo no hubo intervención policial ni del personal encargado de proteger el Centro Cultural.

    Y allí aparece el problema político.

    No existe hasta ahora evidencia pública que permita asegurar que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la agresión o que Jesús Ramírez instruyó al SME para destruir la estatua. Afirmarlo como hecho sin pruebas desviaría la atención de algo que sí puede exigirse al gobierno: explicar por qué permitió que ocurriera dentro de un inmueble bajo responsabilidad federal y por qué nadie protegió un bien que formaba parte del recinto.

    Porque el Estado de derecho también se defiende cuando el personaje agraviado es un adversario político.

    Felipe Calderón puede ser cuestionado por sus decisiones de gobierno; el SME tiene todo el derecho de repudiar la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, protestar contra el expresidente y exigir justicia por lo que considere agravios históricos. Lo que nadie tiene derecho a hacer es sustituir la protesta por la destrucción de bienes dentro de instalaciones públicas.

    Un gobierno democrático no puede administrar la legalidad dependiendo de quién sea la víctima. Si mañana un grupo contrario a López Obrador destruyera una estatua suya dentro de un recinto federal mientras los guardias observan pasivamente, el oficialismo reclamaría —con razón— la aplicación de la ley.

    Ese mismo principio debe valer para Calderón.

    La escena de Los Pinos es particularmente desafortunada porque convierte la intolerancia política en espectáculo: una estatua decapitada, una cabeza paseada como trofeo y una autoridad aparentemente incapaz de detener la destrucción.

    La Presidencia y la Secretaría de Cultura deberían explicar qué ocurrió, quién tenía bajo su responsabilidad la seguridad del complejo, por qué no intervino y qué consecuencias habrá.

    No hacerlo significaría enviar un mensaje peligroso: que en México existen actos de vandalismo tolerables dependiendo de contra quién se cometan.

    Y cuando el poder comienza a seleccionar qué patrimonio merece protección y qué adversario merece el abandono, lo que termina decapitado no es solamente una estatua.

    Es el principio elemental de que la ley debe aplicarse a todos por igual.