Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Cuando la culpa viaja sola. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

29 Ene 2026
234 veces
Desde San Lázaro. Cuando la culpa viaja sola. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com

El dictamen emitido por la Fiscalía General de la República (FGR), de Ernestina Godoy, sobre el percance fatal del tren interoceánico no solo busca ofrecer una explicación técnica de lo ocurrido; también se inscribe en un contexto político que inevitablemente acompaña al inicio del nuevo gobierno. La presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta una disyuntiva que, de acuerdo con diversos analistas, marcará buena parte de su sexenio: establecer una distancia clara respecto del legado de Andrés Manuel López Obrador o mantener una línea de continuidad que preserve las decisiones, narrativas y prioridades del sexenio anterior. Hasta ahora, los indicios públicos sugieren que ha optado por esta última vía, asumiendo costos políticos derivados de decisiones que no fueron tomadas bajo su administración.

La resolución de la FGR es ilustrativa de este momento. Según el dictamen oficial, el accidente se debió a la imprudencia del conductor, quien presuntamente circulaba a exceso de velocidad. Con esa conclusión, la investigación coloca el énfasis en un factor humano individual y da por cerrado el análisis de las causas inmediatas del siniestro. Se trata de una explicación válida dentro de sus propios términos, pero limitada si se le observa desde una perspectiva sistémica.

El transporte ferroviario opera como un sistema complejo en el que intervienen múltiples variables: infraestructura, mantenimiento, materiales, supervisión técnica y protocolos de operación. Por ello, especialistas en ingeniería ferroviaria suelen advertir que los accidentes rara vez responden a una sola causa. En ese sentido, resulta relevante que el dictamen no profundice en otros factores que han sido señalados públicamente en distintos momentos del desarrollo del proyecto interoceánico.

Uno de ellos es la calidad del balastro, elemento fundamental para la estabilidad de las vías férreas. Diversos informes técnicos y observaciones de especialistas han subrayado que un balastro inadecuado —ya sea por el tipo de material, su compactación, su mantenimiento y calidad— puede incrementar el riesgo de descarrilamiento, particularmente en tramos donde se incrementa la velocidad de operación. El documento de la Fiscalía, sin embargo, no incorpora un análisis detallado sobre este punto.

Algo similar ocurre con el estado de los rieles y la infraestructura asociada. En proyectos ferroviarios de gran escala, la alineación, el desgaste del material y las condiciones del terreno son variables críticas que suelen formar parte de cualquier investigación exhaustiva. En el caso que nos ocupa, estos elementos aparecen, en el mejor de los casos, de manera tangencial o simplemente no forman parte de las conclusiones públicas del dictamen.

También destaca la ausencia de una evaluación sobre la antigüedad y el historial de mantenimiento del material rodante. Es un hecho documentado que parte de los trenes utilizados en la ruta interoceánica provienen de procesos de rehabilitación y reconversión de equipos con años de servicio previo. En sí mismo, esto no constituye una irregularidad, pero sí un factor que, en otros contextos, suele ser considerado dentro de los análisis de riesgo operacional.

La justificación centrada casi exclusivamente en la conducta del conductor no es inédita en la administración pública. Históricamente, los accidentes asociados a obras emblemáticas suelen resolverse mediante la individualización de responsabilidades, lo que permite acotar el alcance político de las investigaciones y evitar revisiones más amplias sobre decisiones de diseño, ejecución o supervisión. No se trata de afirmar una intención específica, sino de reconocer un patrón observable.

Para la actual administración, esta estrategia implica una tensión adicional. Cada resolución que privilegia la continuidad narrativa refuerza la percepción de que el relevo presidencial no ha significado, al menos hasta ahora, un replanteamiento profundo de las decisiones heredadas. La presidenta ejerce el poder formal, pero lo hace dentro de márgenes políticos claramente definidos por Andrés Manuel López Obrador.

Desde el punto de vista de la política pública, el enfoque elegido tiene consecuencias prácticas. Si la causa del accidente se limita a un exceso de velocidad, las medidas correctivas se reducen a exhortos y ajustes operativos. Si, por el contrario, se reconocen posibles fallas estructurales, el Estado estaría obligado a realizar auditorías técnicas independientes, revisiones contractuales y eventuales correcciones de fondo. La diferencia entre ambos escenarios no es menor.

Finalmente, el caso vuelve a colocar en el debate público la percepción de autonomía de la FGR. Aunque se trata de un órgano constitucionalmente independiente, sus dictámenes en asuntos de alto impacto suelen ser evaluados no solo por su solidez jurídica, sino por sus implicaciones políticas. La confianza institucional depende, en buena medida, de que las investigaciones no dejen la impresión de conclusiones predeterminadas.

Los trenes, como cualquier sistema complejo, no fallan por una sola razón. Cuando una explicación oficial omite variables relevantes, el riesgo no desaparece: se pospone. Y mientras las causas estructurales no formen parte del diagnóstico público, la posibilidad de que los errores se repitan seguirá latente, tanto en los rieles del Istmo como en la relación entre poder y rendición de cuentas.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Octubre 2026

    Una decapitación orquestada desde la 4T

    La decapitación de la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos no puede reducirse a una anécdota de protesta sindical ni mucho menos justificarse como un simple acto simbólico contra quien decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009. Lo ocurrido es un acto de vandalismo dentro de un recinto administrado por el Estado y, por ello, plantea una pregunta elemental: ¿cómo fue posible que un grupo de manifestantes ingresara, destruyera una escultura y se paseara con su cabeza sin que la seguridad del lugar lo impidiera?

    Los hechos están documentados. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas, azuzados por Jesús Ramírez Cuevas, asesor presidencial, ingresaron al Complejo Cultural Los Pinos después de manifestarse contra Calderón, quien participaba en el Foro América Libre 2026. Los inconformes encontraron la estatua en el suelo, donde permanecía desde que un árbol la derribó en 2025, y procedieron a golpearla hasta desprenderle la cabeza. Uno de los participantes incluso caminó con ella antes de arrojarla contra el piso.

    La primera responsabilidad del gobierno es por omisión. Durante más de un año permitió que una pieza perteneciente al acervo histórico de Los Pinos permaneciera abandonada en el suelo. En julio de 2025, la dirección del complejo había anunciado que sería restaurada y reinstalada; eso no ocurrió.

    La segunda responsabilidad es todavía más grave: la incapacidad o falta de voluntad de la seguridad del recinto para impedir su destrucción. Los reportes disponibles señalan que durante el vandalismo no hubo intervención policial ni del personal encargado de proteger el Centro Cultural.

    Y allí aparece el problema político.

    No existe hasta ahora evidencia pública que permita asegurar que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la agresión o que Jesús Ramírez instruyó al SME para destruir la estatua. Afirmarlo como hecho sin pruebas desviaría la atención de algo que sí puede exigirse al gobierno: explicar por qué permitió que ocurriera dentro de un inmueble bajo responsabilidad federal y por qué nadie protegió un bien que formaba parte del recinto.

    Porque el Estado de derecho también se defiende cuando el personaje agraviado es un adversario político.

    Felipe Calderón puede ser cuestionado por sus decisiones de gobierno; el SME tiene todo el derecho de repudiar la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, protestar contra el expresidente y exigir justicia por lo que considere agravios históricos. Lo que nadie tiene derecho a hacer es sustituir la protesta por la destrucción de bienes dentro de instalaciones públicas.

    Un gobierno democrático no puede administrar la legalidad dependiendo de quién sea la víctima. Si mañana un grupo contrario a López Obrador destruyera una estatua suya dentro de un recinto federal mientras los guardias observan pasivamente, el oficialismo reclamaría —con razón— la aplicación de la ley.

    Ese mismo principio debe valer para Calderón.

    La escena de Los Pinos es particularmente desafortunada porque convierte la intolerancia política en espectáculo: una estatua decapitada, una cabeza paseada como trofeo y una autoridad aparentemente incapaz de detener la destrucción.

    La Presidencia y la Secretaría de Cultura deberían explicar qué ocurrió, quién tenía bajo su responsabilidad la seguridad del complejo, por qué no intervino y qué consecuencias habrá.

    No hacerlo significaría enviar un mensaje peligroso: que en México existen actos de vandalismo tolerables dependiendo de contra quién se cometan.

    Y cuando el poder comienza a seleccionar qué patrimonio merece protección y qué adversario merece el abandono, lo que termina decapitado no es solamente una estatua.

    Es el principio elemental de que la ley debe aplicarse a todos por igual.