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Prolongación Nazario, obra de gran impacto social para el poniente de Saltillo: Manolo Destacado

26 Nov 2025
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Prolongación Nazario, obra de gran impacto social para el poniente de Saltillo: Manolo Imagen tomada de: https://coahuila.gob.mx/
  • Invierte Gobernador 362 MDP en la construcción de este bulevar

El gobernador Manolo Jiménez Salinas encabezó la entrega oficial de la ampliación del bulevar Nazario Ortiz Garza, una obra estratégica para la movilidad del poniente de Saltillo, realizada con una inversión histórica de 362 millones de pesos, en beneficio de miles de familias que a diario se trasladan entre esta zona y el norte de la ciudad.

"Es una obra que va a ayudar muchísimo a hacer menos tiempo para toda la gente de estas colonias que quieran ir al norte de Saltillo o a Ramos Arizpe, este fue uno de los compromisos que hicimos en campaña y aquí con nuestro amigo el presidente municipal vamos cumpliendo pa' delante a pasos de gigante, siempre construyendo en equipo", destacó el gobernador.

Señaló que esta infraestructura responde directamente a una petición ciudadana y a un compromiso asumido durante la campaña, orientado a ofrecer rutas alternas que reduzcan tiempos de traslado.

Expuso que con la construcción de este bulevar se tiene el impacto inmediato; ya que un recorrido habitual de 30 a 40 minutos ahora se reduce a solo 7 minutos, para los habitantes de las colonias como Saltillo 2000, La Gloria, El Rodeo, Las Torres, Satélite Sur, entre otras más.

Jiménez Salinas reconoció también el papel fundamental del sector empresarial y de las diputadas y diputados locales, cuyo respaldo permitió destinar recursos provenientes del impuesto sobre nómina para concretar este proyecto.

Subrayó que esta obra se integra a una estrategia de movilidad más amplia, que incluye el recién inaugurado Bulevar Los Pastores, la modernización del acceso a Derramadero —con una inversión de 500 millones de pesos— y la puesta en marcha de las rutas de transporte gratuito Aquí Vamos y Ruta Estudiantil.

Finalmente, el gobernador resaltó que estas acciones se suman al esfuerzo integral para mantener a Coahuila entre los estados más seguros y competitivos del país.

Recordó que, por primera vez desde que existen mediciones del INEGI, Coahuila es el segundo estado más seguro de México, reflejo de coordinación, estrategia y trabajo en equipo. Que ha permitido invertir más de 7 mil 500 millones de pesos en seguridad y construir 15 cuarteles para las fuerzas estatales y el Ejército Mexicano.

Reiteró que esta es la grandeza de Coahuila, donde ciudadanos, gobierno e iniciativa privada trabajan en unidad, y gracias a ello se avanza a pasos de gigante.

En su intervención, el alcalde de Saltillo, Javier Díaz González, reconoció el trabajo y apoyo del gobernador Manolo Jiménez Salinas por todas las obras, todos los programas, todas las acciones que se hacen en beneficio de Saltillo, y que bajo su liderazgo seguirán trabajando con un rumbo muy claro.

Miguel Ángel Algara Acosta, secretario de Infraestructura, Desarrollo Urbano y Movilidad expresó que el gobierno de Manolo Jiménez sigue invirtiendo en grandes obras de movilidad, además de informar que, con una inversión de 362 millones de pesos, se construyó esta obra que responde a las necesidades de contar con vialidades completas, que mejoren la movilidad, que conecten al poniente de la ciudad, con el norte de Saltillo.

La ciudadana Yolanda Elizabeth Solís Silva, dio un mensaje de agradecimiento en nombre de todos los colonos beneficiarios de esta ampliación; lo cual permitirá tener una mejor movilidad y reducir los tiempos de traslado.

Con información de: https://coahuila.gob.mx/

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.