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Desde San Lázaro. Perfectible la estrategia de seguridad. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

05 Nov 2025
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Desde San Lázaro. Perfectible la estrategia de seguridad. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/cesargutipri

La estrategia de seguridad pública de la presidenta es mejor que la de AMLO, pero adolece de fallas estructurales sobre todo en cuanto a la profesionalización de los cuerpos policiacos a nivel estatal y municipal, ya que como observamos en los recientes acontecimientos ocurridos con el líder citrícola asesinado en Veracruz Javier Vargas Arias y en Michoacán con los asesinatos del líder limonero Bernardo Bravo Manríquez y del presidente municipal de Uruapan, Carlos Manzo Rodríguez, las fuerzas de seguridad locales son rebasadas o cooptadas por el crimen organizado.

Mientras no se capaciten a las policiales locales y se les paguen mejor, se les arme de forma óptima y se establezcan los controles de confianza y monitoreo de desarrollo patrimonial. Así como la inversión en políticas de inclusión social,  el uso de tecnología avanzada para la vigilancia y la cooperación internacional para enfrentar amenazas transnacionales. No hay forma de que tenga éxito el gobierno federal.

Se enoja la presidenta contra los medios de comunicación por ser portadores de malas noticias, pero no expresa públicamente su condena a los criminales, claro no basta con palabras, sino con resultados y esos a la fecha no se ven porque los asesinatos de funcionarios públicos y líderes sociales siguen y cada vez son más cruentos y a la vista de todos en una clara estrategia de grupos terroristas que no solo buscan silenciar a sus víctimas sino crear el miedo colectivo.

Un estadista toma decisiones con altura de miras y no para un grupo de simpatizantes.   Un presidente debe tomar decisiones, aunque sean dolorosos por el bien de la ciudadanía y no en favor de su grupo en el poder o de su proyecto político.

Cómo se aprecia la jefa del ejecutivo federal no considera las anteriores premisas. A ella la puso su mentor para cuidarlo, dejarlo hacer y deshacer y para mantenerlos en el poder por varias décadas más.

En Michoacán hay que recordar que, en el último año, han matado a siete políticos y líderes sociales, Miriam Ríos Ríos comisionada municipal de Jacona; Guillermo Torres Rojas, alcalde de Churumuco; Aurelio Santos Contreras Alcalde de Cotija; la presidenta municipal Yolanda Sánchez Figueroa también de Cotija; Martha Laura Mendoza Mendoza, alcaldesa de Tepalcatepec; Salvador Bastida García, presidente municipal de Tacámbaro y de Uruapan Carlos Manzo.

 

Lo hemos dicho en otras ocasiones, la línea entre la ingobernabilidad y la paz social es muy delgada y con este tipo de omisiones del Estado Mexicano, solo alebrestan al tigre que sigue dormido, pero que en cualquier momento va a despertar, como ya está ocurriendo en Michoacán con las últimas manifestaciones en Uruapan, Morelia, Apatzingán y en otras ciudades, sería bueno que se mesurara la Presidenta y que fuera más empática con la población afectada por los tentáculos del crimen organizado.

Los datos duros sobre seguridad reflejan, que tanto el sexenio de Felipe Calderón como el de Enrique Peña Nieto presentaron menos criminalidad que con López Obrador y tampoco  es válido de que todavía se sigan escudando en personajes del pasado o pretextos banales, como el de echarle la culpa a Felipe Calderón por  declarar la guerra al narco, cuando todos saben, que en el pasado había un acuerdo con los malosos de respetar sus actividades mientras no se metiera con la población y contra eso se opuso Calderón y combatió con todo el Poder de Estado a los delincuentes y eso es lo que critica ahora Claudia Sheinbaum.

Eso de echarle la culpa de lo que ocurre al pasado, habla de la irresponsabilidad y de la incapacidad que tienen los actuales gobernantes para resolver los problemas que aquejan al grueso de la población, ya basta de pretextos y acusaciones sin fundamentos, valdría la pena que se dieran resultados más en el tema que es más sensible para la población, que es la inseguridad pública. En año y medio vienen las elecciones de 2027 y como van las cosas es muy difícil, salvo que haya un fraude electoral que Morena siga manteniendo las mayorías calificadas artificiales en el Congreso.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.