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Desde San Lázaro. Presupuesto insuficiente y mal gastado. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

04 Nov 2025
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Desde San Lázaro. Presupuesto insuficiente y mal gastado. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Mx_Diputados

Por más que estiren la cobija, no alcanza para cubrir todas las necesidades que se tienen para establecer un marco mínimo de inclusión social a la población que tiene que ver con revertir la pobreza y la marginación en la que viven más del 60 por ciento de los mexicanos.

Los ingresos propios del Estado más la contratación de más deuda pública en niveles inéditos, cubrirá el Presupuesto de Egresos, 2026 en donde precisamente los intereses de la deuda se llevan más del 10% del total del presupuesto, es decir, 1.7 billones de pesos.

La próxima semana en la Cámara de Diputados será discutido, primero en la Comisión de Presupuesto y Cuenta Pública y luego en el Pleno el dictamen con proyecto de Decreto del Presupuesto de Egresos de la Federación 2026.

Se advirtió  que se reducirá el presupuesto al Poder Judicial, al INE, al Tribunal Electoral, entre otras cosas y que a decir de Ricardo Monreal;  “La reasignación de  17 mil millones de pesos se destinarán a cuatro rubros fundamentalmente: educación, infraestructura, medio ambiente y cultura”.

El pastor del rebaño de legisladores  de la 4T,  dio a conocer que ya comenzó el trabajo legislativo de la Cámara de Diputados en materia presupuestal,  de hecho los grupos parlamentarios y  los miembros de la Comisión de Presupuesto ya tienen la propuesta del gobierno y se aprestan a expresar sus comentarios sobre el tema y como se aprecia, se mantienen dos posturas encontradas entre el oficialismo y los opositores, ya que, mientras los primeros, señalan que el presupuesto cubre la necesidades más acuciantes que agobian a la población y que el endeudamiento es responsable y corresponde al nivel del desarrollo económico del país; los opositores critican que es un presupuesto electoral, por esta razón es mal gastado y que se ha condenado a los mexicanos y a futuras generaciones a pagar una deuda asfixiante que se va en gasto corriente, rescate de PEMEX y por supuesto, a pensiones, participaciones federales e intereses de la deuda,  el fondeo de los programas sociales y de las obras faraónicas que dejó AMLO.

Si se combatiera el huachicol fiscal el gobierno federal tendría por lo menos 600 mil millones de pesos más para, por ejemplo, apoyar a los damnificados por las lluvias torrenciales que azotaron a cuatro entidades del país, o para terminar con el desabasto de medicamentos y atenuar la crisis presupuestal que asfixia la operatividad del sector salud en todos los niveles de atención.

Mientras que en la Cámara Baja se prepara para la discusión del Presupuesto 2026, en la colegisladora se concluyó el proceso legislativo de cuatro leyes importantes: la Ley de Derechos, IEPS, Código Fiscal de la Federación y Ley de Ingresos;  donde se mantiene un presupuesto de 10.1 billones.

A partir de la otra semana,  los diputados federales  se acuartelan para que en cinco días, (el lunes hay reunión de las comisiones, el martes  se empieza la discusión en lo general, miércoles en lo particular, jueves y viernes, para concluirlo la semana que entra) aprueben el Presupuesto, no sin antes darse hasta con la cubeta entre morenistas y rémoras contra panistas, emecistas y priistas.

Ciertamente las sesiones del Pleno serán agotadoras ya que se espera  que en la discusión en lo general del proyecto del Presupuesto  va a haber tres rondas, lo que significa que en lo particular habrá cientos de reservas.

Seguramente habrá reasignación de algunas partidas presupuestarias, en ese sentido Monreal advirtió que el  Poder Legislativo  queda igual, no tiene ningún aumento, en primera instancia  se había planteado un tres por ciento más, pero queda igual que este año, lo mismo ocurrirá con el Senado.

Ante la amenaza presidencial de reducir el número de diputados y senadores con la reforma electoral que ya se cocina en Palacio Nacional para el próximo año, sería un despropósito que todavía los legisladores se aumentaran el sueldo.

En el caso del presupuesto a la Defensa Nacional se vislumbra  un aumento, ya que se le traslada el recurso de la Guardia Nacional y este a su vez se le quita a la Secretaría de Seguridad; “por eso el aumento del 17 por ciento.

Llama la atención que, en materia de seguridad pública y erradicación de la violencia, no corresponde el discurso de la presidenta de atender el tema con la etiquetación de recursos presupuestales, lo que significa que promesas que no se acompañan con el presupuesto etiquetado, es pura demagogia.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.