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La Sala Regional CDMX confirma la resolución del Tribunal Electoral de Puebla sobre paridad de género en candidaturas del PAN Destacado

03 Nov 2025
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La Sala Regional CDMX confirma la resolución del Tribunal Electoral de Puebla sobre paridad de género en candidaturas del PAN Imagen tomada de: https://www.te.gob.mx/

La Sala Regional Ciudad de México (SRCDMX) del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) confirmó la resolución que, a su vez, modificó las providencias del Partido Acción Nacional (PAN) para que las candidaturas a la presidencia del Comité Directivo Municipal de dicho partido en Puebla fueran reservadas exclusivamente para mujeres.

 

En sesión pública, al resolver los juicios SCM-JRC-32/2025 y acumulados, el Pleno determinó desechar el juicio de revisión constitucional promovido por el PAN al carecer de legitimación activa, así como sobreseer y desechar diversos juicios de la ciudadanía presentados por integrantes de la militancia al carecer de interés jurídico y legítimo.

 

En cuanto al fondo, la Sala concluyó que la resolución impugnada no vulneró los principios de relatividad, exhaustividad ni certeza, pues el Tribunal Local actuó dentro de sus atribuciones al verificar el cumplimiento del principio constitucional de paridad de género y ordenar medidas para garantizar la igualdad sustantiva.

 

El proyecto destaca que, si bien el PAN cumplió con la paridad de forma global en la entidad, el Tribunal poblano analizó correctamente el contexto histórico del municipio de Puebla, donde la presidencia del comité municipal ha sido ocupada casi exclusivamente por hombres, evidenciando una desigualdad estructural. Por ello, la reserva de la candidatura para mujeres se consideró una medida idónea y proporcional para asegurar la alternancia de género.

 

Con esta resolución, la SRCDMX reitera su compromiso con la protección efectiva de los derechos político-electorales de las mujeres y con el fortalecimiento del principio de paridad en la vida interna de los partidos políticos.

 

La Sala Regional CDMX confirma la improcedencia de la entrega de credencial para votar ante irregularidades en el acta de nacimiento

 

La Sala Regional Ciudad de México (SRCDMX) del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) declaró improcedente la entrega de la credencial para votar solicitada por una ciudadana, debido a las inconsistencias detectadas en el acta de nacimiento presentada ante la autoridad electoral.

 

En el proyecto correspondiente al juicio SCM-JDC-259/2025 se analizó la secuela procesal seguida ante el Instituto Nacional Electoral (INE) y ante esta Sala, en la cual se advirtieron diversas irregularidades en el registro de nacimiento de la promovente.

 

Derivado de lo anterior y, ante la falta de certeza respecto de la validez del documento exhibido, el Pleno determinó que la ciudadana no cumplió con los requisitos necesarios para la expedición de la credencial para votar.

 

Con esta decisión, la SRCDMX respaldó la obligación del INE de garantizar la integridad, probidad y certeza del padrón electoral, al impedir el uso de documentación cuya autenticidad no puede ser plenamente verificada.

 

Con información de: https://www.te.gob.mx/

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.