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El SNTE reconoce el liderazgo de las mujeres en la escuela pública Destacado

03 Nov 2025
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El SNTE reconoce el liderazgo de las mujeres en la escuela pública Imagen tomada de: https://snte.org.mx/

La escuela pública es el punto de partida para construir una sociedad más justa, incluyente y equitativa, en donde las mujeres son protagonistas del cambio, afirmó el secretario general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), maestro Alfonso Cepeda Salas, al concluir en Guanajuato el recorrido que hizo por todas las regiones del país, para entregar a la comunidad escolar la Cartilla de Derechos de las Mujeres, elaborada por el Gobierno Federal.

 

En su mensaje, ante mil 800 secretarias generales delegacionales, representantes de centros de trabajo y representantes de escuela de la Sección 13, el dirigente nacional subrayó que la estrategia del SNTE, iniciada en junio pasado, está orientada a promover la igualdad sustantiva, la equidad de género y el respeto a los derechos humanos, para contribuir a erradicar cualquier forma de violencia y discriminación.

 

“Cuando hablamos de igualdad sustantiva debe ser una igualdad en todos los sentidos y en todos los aspectos. Aquí hay muchos talentos, entre ustedes, que tenemos que reconocer y también aquí en nuestro sindicato ustedes son mayoría, y dice la Presidenta (Claudia Sheinbaum Pardo) ‘es tiempo de mujeres’, yo la verdad creo que siempre ha sido tiempo de las mujeres por su contribución al desarrollo del país, en todos los ámbitos, pero principalmente en el magisterial”.

 

Por su parte, la secretaria de las Mujeres en Guanajuato, Itzel Balderas Hernández, quien asistió en representación de la gobernadora, Libia Dennise García Muñoz Ledo, reconoció que aun cuando en esa entidad la mayoría de habitantes son mujeres, todavía no se logra la igualdad sustantiva, por lo que, dijo, hay que seguir trabajando en ello como lo hace el SNTE.

 

“La labor no está concluida, lo cierto es que hoy en día seguimos trabajando por la igualdad laboral, por ejemplo, seguimos trabajando por la igualdad salarial. Yo escuchaba ahorita cómo les compartían los avances en el Sindicato, el esfuerzo que se ha hecho y cómo han ustedes mejorado, yo les quiero decir, allá afuera no es la misma realidad, allá afuera hay una brecha salarial entre los hombres y las mujeres”.

 

El maestro Cepeda Salas además inauguró diversas instalaciones que beneficiarán a los agremiados de la Sección 13, entre las que se encuentran: canchas deportivas, oficina de atención a pensionados y jubilados, un comedor y el auditorio remodelado del edificio seccional.

 

Al respecto, el secretario general de la Sección 13, profesor Raúl Espinoza Alonso, agradeció al dirigente nacional del SNTE su apoyo. Destacó que “ha hecho de este sindicato un sindicato de lucha y responde a todos los desafíos históricos”. El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación tiene un futuro prometedor, porque tenemos un excelente líder”.

 

Espinoza Alonso resaltó la presencia de las mujeres en el evento y en la estructura seccional, en la que el 60 por ciento de sus integrantes son mujeres, quienes todos los días ejercen su liderazgo sindical, en defensa de los derechos laborales del magisterio en la entidad.

 

En las actividades encabezadas por el maestro Cepeda Salas también participaron los profesores Juan Rigoberto Macías Vidales, secretario general de la Sección 45 del SNTE; José Nicolás Gutiérrez Domínguez y Gustavo Vera Franco, representantes del Comité Ejecutivo Nacional en las secciones 13 y 45, respectivamente, así como integrantes de los comités seccionales.

 

Con información de: https://snte.org.mx/

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.