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Desde San Lázaro. Huachicoleo sin peces gordos. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

10 Sep 2025
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Desde San Lázaro. Huachicoleo sin peces gordos. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SEMAR_mx

Bien por el operativo coordinado entre varios dependencias del gobierno federal para combatir el huachicoleo fiscal que no solo dejó al descubierto el enorme boquete para las finanzas públicas (200 mil millones pesos y contando), sino la participación de altos mandos de la Marina que han manchado a esa institución y si bien una golondrina no hace verano, la verdad es que ha pegado en la confianza y credibilidad de esa institución , sobre todo porque en la maquinaria de la delincuencia organizada participaron dos sobrinos del alto rango del secretario de la Marina, Rafael Ojeda Durán, en tiempos de López Obrador.

Mal porque se intenta proteger al tabasqueño y nada menos que a Ojeda Durán.

El tamaño del huachicoleo en donde no solo se movieron barcos, sino también vagones-tanques, pipas, almacenes e incluso mini refinerías, requiere no solo de la participación de Manuel Roberto Farías Laguna y Fernando Farías, sobrinos de Ojeda, sino también de funcionarios de altísimo nivel que abrieron las aduanas y que posibilitaron a que los buques y vagones de carga de ferrocarril y toda la logística para mover cantidades gigantescas de hidrocarburos por todo el norte del país, se movieran a sus anchas.

Para que entendamos la capacidad de estos criminales en traficar gasolinas y diésel sin que nadie se percatara de ello, solo hay un ente público que puede realizar este tipo de tránsito de combustibles y es PEMEX y fuera de la petrolera, no existe la posibilidad de que se pudiera operar a gran escala este nivel de fraude fiscal y tránsito de combustibles.

La verdad, todo apesta y si no fuera por la visita de Marco Rubio, Secretario de Estado del Gobierno de Estados Unidos, seguiríamos creyendo que el huachicoleo ocurre por obra del espíritu santo.

Debería venir más a México uno de los principales colaboradores del presidente Donald Trump para que sigan las acciones contra la delincuencia organizada y sus cómplices incrustados en altas esferas del gobierno.

Las implicaciones políticas representan un golpe a la línea de flotación de la 4T y al proyecto político de AMLO porque este enorme acto de corrupción se generó en el corazón de su administración.

Con minimizar el caso no se logrará deslindar a López Obrador y al mismo  Rafael Ojeda.

Los empresarios involucrados en el caso, no hubieran podido por si solos, echar a andar uno de los mayores casos de corrupción a nivel de escándalo mundial, de la administración de AMLO, sin la colaboración de funcionarios cercanos al presidente de la República.

López Obrador se llenaba la boca con insistir  que ya se había acabado el huachicol, cuando en realidad ocurría  toda una operación de Estado para traficar el combustible proveniente de Estados Unidos de forma clandestina  y de la misma ordeña de los ductos de Petróleos Mexicanos.

Es un tema de corrupción del gobierno de AMLO y todo lo demás que haga su sucesora solo alienta y confirma más esta versión.

Apenas se abrió la Caja de Pandora por parte de la Fiscalía General de la República sobre la red del huachicoleo fiscal y ya hay tres  mandos de la Marina muertos y eso apenas es la punta de la madeja de todo lo que representa el fraude contra el fisco y el trasiego ilegal de combustibles

La primera muerte fue la del contralmirante, Fernando Guerrero, asesinado el 8 de noviembre del año pasado en Manzanillo, Colima. Como director general de Recaudación de Aduanas había entregado al secretario de Marina, Rafael Ojeda, una carta en la que denunciaba los actos de corrupción que se cometían en las aduanas, con nombres y apellidos, sin embargo, no hubo pesquisa alguna para ratificar la información proporcionada y lo que sí ocurrió fue el asesinato de Guerrero y el acenso de Manuel Farías a vicealmirante y de su hermano a contralmirante.

El 21 de octubre del año pasado, asesinaron en Colima a Magaly Janet Nava Ramos, auxiliar B de la delegación de la FGR. Las mismas autoridades federales relacionaron ambos asesinatos con la carta citada.

Ayer se supo del suicidio de Abraham Jeremías Pérez, titular de la Unidad de Prevención Portuaria de Altamira, mencionado por el testigo protegido, el capitán Alejandro Torres Joaquín,  como parte del grupo de integrantes de la Marina que había recibido sobornos para dejar desembarcar el huachicol fiscal.

El día de ayer la presidenta Sheinbaum y fiscal Gertz Manero desmintieron que el suicidio de Jeremías, no tiene nada que ver con el caso, sino que fue por razones personales.

Cuando pensábamos que el caso de la Barredora, el cártel criminal creado en Tabasco, bajo los auspicios de Adán Augusto López, ahora se devela la placa que apunta con letras de oro el huachicoleo fiscal auspiciado por la 4T.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.