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GP de Países Bajos – ¿Nuevo campeón? Por: Arturo Cardeño Gama Destacado

01 Sep 2025
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GP de Países Bajos – ¿Nuevo campeón? Por: Arturo Cardeño Gama Imagen tomada de: https://x.com/F1

Fin de semana redondo. Parece ser que ningún equipo va a alcanzar a este proyecto de McLaren. Son veloces y completamente dominantes en la pista, pelean únicamente entre ellos, dejan atrás a todos los demás pilotos desde el inicio de cada carrera. Es real el poderío de este equipo, es un proyecto que, al menos hoy, podemos creer que es a largo plazo.

Red Bull parece ser el equipo que más trabajó en este parón veraniego. Se vio un poco de avance con el segundo piloto dando buena carrera. Alcanzó a rascar puntos quedando en novena posición, realizando buenas maniobras y buenos stints. Tsunoda mostró madurez sin perder la dosis de valentía que le caracteriza. Por otro lado, Max Verstappen nunca decepciona, quedando en segunda posición. Peleó por ese podio desde el inicio de la carrera, mostró seguridad, velocidad, experiencia y conocimiento del coche.

Ferrari sufrió un golpe inesperado. Ninguno de los dos pilotos pudo terminar la carrera, aunque por choques en distintos contextos. Hamilton perdió el control de su monoplaza y se estrelló saliendo de la curva característica del circuito, pisando la parte de la pintura, perdiendo agarre y rompiendo la suspensión derecha. Fue un accidente causado completamente por él. Del otro lado del garaje, Leclerc al intentar mantener la posición contra Antonelli, siguiendo la línea de carrera, tuvo un impacto en el neumático trasero perdiendo el control y estrellándose en la misma curva que su compañero. Kimi pudo seguir la carrera, pero Charles no tuvo la misma suerte, quedando fuera en la vuelta 53. Estaba teniendo buena carrera dentro de todo, realizando buenos rebases, buenas vueltas y buenos números en general. Los rojos perdieron la oportunidad de sumar puntos en una de las carreras claves para su desarrollo ya que era un circuito que se les daba debido a las configuraciones y estilo de manejo de sus ambos pilotos.

Mercedes, a pesar de tener incidentes como el accidente, tuvo un muy buen resultado. Russell quedando en cuarta posición y Kimi en 6ta, aunque al final, por la penalización bajó a la posición número 16 perdiendo así los puntos para el equipo. Sorprendentemente, siguen creciendo poco a poco y parece que pronto será el equipo que le compita a McLaren. Los dos pilotos se ven muy fuertes dentro de la pista, confiados en su crecimiento y confiando plenamente en su trabajo con sus ingenieros y con el equipo.

Isack Hadjar, piloto novato para esta temporada de la escudería Racing Bulls, consiguió su primer podio en su carrera. Aguantó a Russell y a Leclerc en ritmo y aprovechando el DNF de Lando Norris pudo subirse al último peldaño de Zandvoort. Las estrategias del equipo y el trabajo del garaje estuvieron perfectamente bien empleadas, mostraron clase y posiblemente es el nacimiento de una nueva estrella dentro de la categoría. Hadjar debe ser protegido por su equipo y no debe subir a Red Bull. Al menos no todavía. Sabemos que la escudería hermana de la bebida energética, ha servido para crecer pilotos y hacerse acreedor de un asiento en el equipo principal. Hoy en día, “ascender” a ese segundo asiento, sería dar un paso atrás para un piloto como Isack. En Racing Bulls ha mostrado mucho crecimiento, potencial y madurez. Hasta el momento, con lo demostrado por el francés, podríamos apostar a que en unos años estará peleando por un buen asiento dentro de la parrilla y peleando por campeonatos mundiales.

Viene Monza, una de las carreras favoritas de todos los aficionados a la F1. Esperamos ver el resurgimiento de Ferrari y una pelea dura entre Red Bull y Mercedes. Veremos qué pasa.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.