Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

La labor de los trabajadores sociales es crucial para una verdadera transformación Destacado

01 Sep 2025
203 veces
La labor de los trabajadores sociales es crucial para una verdadera transformación Imagen tomada de: https://snte.org.mx/
  • La labor de los trabajadores sociales es crucial para una verdadera transformación de la escuela pública, afirmó el secretario general del SNTE, maestro Alfonso Cepeda Salas.

Al reconocer a quienes ejercen esta profesión, en el marco del inicio del Ciclo Escolar 2025-2026, el dirigente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) expresó que son una figura clave para fortalecer la vinculación entre la escuela y su entorno.

“Estoy seguro que en el modelo educativo de la Nueva Escuela Mexicana los trabajadores sociales tienen mucho que hacer, junto con los maestros, para reforzar campañas y programas que resuelvan problemas concretos de las comunidades, ayudar a reducir los riesgos de violencia e inseguridad, mejorar la salud física y psicológica de estudiantes y sus familias, construir espacios seguros para la cultura y el deporte”.

Cepeda Salas subrayó que, en contextos marcados por la marginación, la pobreza o la violencia, la mediación de la o el trabajador social adquiere un valor estratégico. “Pueden convertirse en el enlace profesional entre las escuelas, las familias y las comunidades, especialmente para atender privaciones socioeconómicas y vulnerabilidades derivadas de la migración, el desplazamiento forzado o los efectos de la inseguridad”.

Asimismo, destacó su importancia en las escuelas de Educación Especial, donde juegan un rol importante para la detección, inclusión y atención de problemáticas que enfrentan niñas, niños y adolescentes con necesidades especiales.

Ante más de mil 200 trabajadoras y trabajadores sociales de la Ciudad de México, reunidos para celebrar su día, conmemorado el pasado 21 de agosto, el maestro Cepeda Salas reiteró que el SNTE seguirá luchando por mejores condiciones laborales, pero también de retiro, para lograr pensiones dignas. Informó que se mantienen las negociaciones con funcionarios de primer nivel, para llegar a un acuerdo que beneficie a todos los trabajadores del Estado que se jubilen.

En su intervención, el secretario general de la Sección 11, Emilio Ortiz Amaro, agradeció al líder nacional del Sindicato por el respaldo brindado al Personal de Apoyo y Asistencia a la Educación.

“Su acompañamiento es prueba inequívoca del respaldo que da a todos los agremiados a esta gran organización sindical”.

Dio a conocer que la dirigencia seccional gestiona, ante las autoridades correspondientes, soluciones a la problemática pendiente, como la regularización de pagos y nombramientos de quienes realizan la función de trabajo social, el reconocimiento del concepto de quienes ya ostentan la licenciatura, además de la atención a otras prestaciones.

“Si queremos una escuela pública con sentido humano y transformador, necesitamos incorporar profesionales que ayuden a mirar más allá del aula y conectar con la realidad que viven nuestras niñas, niños y jóvenes”, enfatizó.

En la ceremonia estuvieron los secretarios generales de las secciones 9, 10 y 60 del SNTE, Ulises Chávez Tenorio, Arturo Alejandro Salazar Lara y Carlos Gómez Rodríguez, respectivamente.

Acudió también el profesor Francisco González Mena, coordinador del Colegiado Nacional de Negociación y representante del Comité Ejecutivo Nacional en la Sección 11.

Asistieron, además, autoridades educativas, encabezadas por Juan Carlos Cummings García, director general de Administración de la Autoridad Educativa Federal en la Ciudad México.

Con información de: https://snte.org.mx/

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.