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Desde San Lázaro. Claudia entre la espada y la pared. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

10 Abr 2024
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Desde San Lázaro. Claudia entre la espada y la pared. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://twitter.com/Claudiashein

Después de la supuesta  victoria pírrica que obtuvo Claudia Sheinbaum en el primer debate presidencial, se le vino  encima la molestia del presidente López Obrador porque, según él, nadie defendió a su gobierno y  que se impuso la narrativa de los opositores, aunque en los hechos, la exjefa del gobierno capitalino, si abonó a la causa de la autollamada 4T.

Decir que la candidata de Morena y rémoras ganó el debate es una opinión sesgada en virtud de que a  los ojos del Jefe del Ejecutivo Federal, no estableció una defensa a ultranza del proyecto político y menos de  su gestión; y para los opositores, resultó que el evadir, mentir y no salirse del guion  de mantener una postura indolente y fría, mostró un talante autoritario que tendrá un costo en las urnas.

Lo cierto es que la aspirante oficialista camina por una línea muy delgada entre comportarse al gusto del presidente, su jefe y mentor;  y responder a las grandes expectativas que tiene la población en ella y que exige soluciones a la grave problemática que enfrentan en torno a la inseguridad pública, la crisis en el sistema de salud pública y educación, la corrupción y las endebles finanzas públicas, entre otros muchos temas.

La doctora está entre la espada y la pared y un paso en falso la puede poner al borde de una crisis de tamaños insospechados.

El debate no solo encueró las deficiencias en las múltiples deficiencias en su producción y desarrollo, sino que mostró las serias limitaciones que tuvieron los tres candidatos y ello de suyo, pone en entredicho a la próxima presidenta de México.

La favorita de las encuestas tendrá que prepararse mejor para los siguientes debates, tanto en las propuestas y en la defensa del proyecto de la 4T y del presidente López Obrador, como en responder a los cuestionamientos con datos duros y reales y no con una retahíla de mentiras o de medias verdades.

La lista de falsedades,  empezó con que todos los feminicidios son castigados, hasta que existen dos billones y medio de pesos, producto de los ahorros por la corrupción, cuando no están en alguna cuenta pública o  en  algún fideicomiso.

La acusación en torno a los supuestos actos corruptos de los familiares del presidente, fue escueta e insuficiente.

Y así fue en el caso de la gestión de atención de la pandemia, la escuela pública, el acceso a la salud, incluso con su tianguis digital que no resiste una mínima prueba de operación positiva.

La reiterada acusación sobre el derrumbe del colegio Rébsamen y el percance fatal de la Línea 12 del Metro, merece una respuesta más amplia y convincente sobre su accionar como funcionaria pública. 

Por su parte, Xóchitl Gálvez quedó a deber, no supo manejar la bolsa de tiempo y menos darle el peso específico y necesario  a cada una de sus denuncias de “corrupción criminal”.

Sus propuestas, algunas de ellas creativas y viables, se perdieron en el cúmulo de datos, hojas y gráficos que llevó a la sesión.

La imagen corporal de la opositora dio la impresión de una mujer nerviosa, insegura e iracunda ante los dardos envenenados de sus dos rivales políticos.

La hidalguense no se preparó a conciencia y la pifia al final del debate de poner la imagen del país al revés, pintó de cuerpo entero su  dubitativa participación.

La abanderada del PAN, PRI y PRD debe aplicarse al máximo en los dos debates que faltan, porque con cada día que pasa pierde la oportunidad de ganar la presidencia de la República.

Ante una elección de Estado que se avecina, se requiere más tamaños de Xóchitl para alcanzar la victoria y por lo que se apreció en el primer debate, pues sinceramente no le alcanza.

En lo que respecta a Jorge Álvarez Máynez, diremos que eso de ser comparsa del poder no es lo suyo y es una pena que su trayectoria legislativa se ponga en entredicho con desempeñar el papel de patiño.

Para el segundo debate presidencial es menester mejorar el formato del debate al hacerlo menos rígido y con mayor libertad a los candidatos para que puedan debatir libremente.

Hay que darle más libertad y confiar en las capacidades de la ex titular del gobierno capitalino y no resguardarla a tal nivel que impiden que realmente se conozcan sus grandes habilidades que tiene, merced a su experiencia política.

Esos blasones que mostró en el primer debate con tantos reconocimientos y diplomas, debe reflejarlo en sus propuestas y en su habilidad para debatir sin cortapisas y sin la camisa de fuerza que le autoimponen sus colaboradores.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.