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Desde San Lázaro. Mitos y realidades del debate presidencial. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

08 Abr 2024
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Desde San Lázaro. Mitos y realidades del debate presidencial. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://twitter.com

El debate presidencial es una herramienta útil, porque se carece de otras más efectivas, por lo menos en el país,  para conocer un poco más a fondo a los aspirantes que buscan ganar los comicios, sin embargo, no necesariamente quienes ganan este cruce de ideas son los que a la postre  se convierten en el Jefe del Ejecutivo Federal.

Más allá de citar los ejemplos que han ocurrido a lo largo de tres décadas en los debates presidenciales en México, diremos que, salvo que ocurra un yerro monumental o aciertos espectaculares, lo cierto es que este tipo de ejercicios si acaso mueven los números en las preferencias electorales en un margen máximo de tres puntos porcentuales.

Esto no quiere decir que no sea necesario celebrarlos, ya que se constituyen como un ejercicio para conocer más la personalidad de los debatientes, así como su carácter y templanza y su forma de generar empatía, amén de la agilidad mental y creatividad, además del control de la situación en aras de utilizar mejor la bolsa de tiempo que tienen a su disposición y de ponderar en que momento asumir una función más agresiva o combativa o de plano concentrarse en las propuestas y la forma en que las cristalizarán, porque una cosa es prometer y otra cumplir y por desgracia, en los debates anteriores, muchas de las promesas de los candidatos ganadores se quedaron en el tintero.

La rigidez del formato que impide un franco intercambio de esgrima verbal con réplica y contrarréplica es tan solo una de las condicionantes que limitan este tipo de ejercicios.

De hecho, el tiempo y la experiencia han demostrado que tiene más impacto el posdebate y su narrativa  que el debate en sí, ya que a través de las redes sociales, encuestas, road show con entrevistas en medios de comunicación, entre otras herramientas que se utilizan  para elogiar o fustigar;  se logran más efectos favorables que en el propio debate.

Si las encuestas serias tienen razón, Claudia Sheinbaum se mantendrá al frente de estas hasta llegar el día de la elección y esa ventaja tendrá que defenderla incluso en los dos debates que faltan por realizar.

Así las cosas, en tanto Xóchitl Gálvez no encuentre su bala de plata para aniquilar el proyecto político de su adversaria, la situación será favorable para Claudia Sheinbaum.

Estamos ante el típico caso de que el favorito sale a conservar su ventaja, sin grandes aspavientos y tan solo jugando con el marcador;  en cambio, Xóchitl Gálvez, tiene que hacer la chamba para remontar  y sacar de quicio a su adversaria y esto realmente no sucedió la noche de ayer, ya que una cosa es que la hidalguense haya puesto contra la pared a su adversaria y otra muy diferente es haberla sacado de sus casillas, a tal punto de representar pérdidas sustanciales en las encuestas.

En mi opinión tuvo mejores propuestas la hidalguense, pero, eso no es suficiente para ganar en los comicios de junio.

Ambas candidatas cargan con grandes pasivos o losas sobre sus hombros;  por parte de la candidata del oficialismo tiene que poner cara para aguantar los reclamos de una administración fallida del presidente López Obrador en temas tan sensibles para la población como son la inseguridad pública, el colapso en el sistema de salud y educativo, además del fracaso en el combate a la corrupción y la opacidad.

Por parte de la candidata opositora, diremos que  trae una correa de mando de la partidocracia conformada por las dirigencias nacionales del PAN, PRI y PRD, que no le ayudan en nada ante esos sectores de la población que no quieren saben nada de esos tres partidos, en virtud del fracaso que han significado sus gestiones en los tres niveles de gobierno.

El PRI corrupto y la derecha conservadora que pretende “preservar los derechos de las élites” son solo algunos de esos pasivos que tiene que cargar Xóchitl Gálvez.

La paradoja del asunto es que las grandes estructuras partidistas mantienen el voto duro de los aspirantes y es en el sector de los indecisos en donde realmente se define la victoria.

Para muchos analistas, la participación de los electores jóvenes, esos que van estrenar su credencial de elector el 2 de junio y aquellos que tienen menos de 35 años, es vital para inclinar la elección a cualquier lado, sin embargo, más del 70 por ciento de este universo poblacional es apático e indiferente ante el proceso electoral, unos, por sentirse decepcionados de los políticos porque “todos son iguales de corruptos e ineptos” y otros, porque no han asumido la gran responsabilidad que representa el ejercicio pleno de los derechos democráticos.

Existe otro factor subyacente entre los votantes, particularmente en aquellos identificados con el voto machista que rechaza que se tenga una presidenta por primera vez en México, pero de este tema nos referiremos en otra colaboración.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.