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Desde San Lázaro. El país se hunde y todos en campaña. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

21 Jun 2023
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Desde San Lázaro. El país se hunde y todos en campaña. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://twitter.com/MXvsCORRUPCION

Con la anticipadísima campaña política para mantener el poder, transgrediendo con ello el orden constitucional, el presidente López Obrador, las corcholatas y toda la nomenclatura morenista, se enfocan al cien por ciento en estas tareas, en lugar de atender y solucionar los problemas por los que transitan millones de mexicanos que viven en total marginación, pobreza, inseguridad pública y en un estado de vulnerabilidad no visto, por lo menos, en el México post revolucionario.

No solo el INE de  Guadalupe Taddei, quien confirmó las sospechas que afirmaban sobre su sometimiento al Jefe del Ejecutivo Federal, sino el Congreso y todas las instancias gubernamentales que tienen la obligación de impedir la criminal distracción en sus tareas sustantivas del presidente. Gabinete y camarilla que los acompañan, son omisos y por ende cómplices.

A poco más de 15 meses de que concluya la actual administración y ante los indicadores negativos que prevalecen en todos los sectores y programas que miden, verbigracia,  el PIB, los índices delictivos, la inclusión, social, gobernabilidad, salud, educación y en general el desarrollo económico, además de la corrupción y la opacidad;  el gobierno de la autollamada 4T busca por todos los medios mantenerse en el poder, mediante toda clase de triquiñuelas para no solo ganar la elección presidencial y la mayoría absoluta en ambas cámaras legislativas, sino de fortalecer las estructuras de un régimen totalitario.

Los actos anticipados de campañas políticas que hacen las seis corcholatas con recursos públicos y si no tienen esa procedencia, pues la cosa está peor, porque pueden ser de origen ilícito; son afrentas al pueblo, particularmente para aquellos que menos tienen, ya que, ahora es más evidente, el olvido que padecen al dejarlos a su suerte, sin apoyo gubernamental, porque los programas de asistencialismo  no alcanzan para para paliar la marginación y la pobreza aunque eso no importe, si los beneficiarios voten en favor de Morena y sus rémoras.

Todo el andamiaje institucional, incluyendo los organismos que fueron concebidos para ejercer un contrapeso el Poder Ejecutivo, como al CNDH y FGR, está alineados para cumplir la santa voluntad de AMLO.

La debacle que ocurre en México, se pretende tapar con un discurso presidencial que disfraza la realidad lacerante que afecta a todos los que no están “mamando de la ubre del poder” o a las clases altas.

El manual del populismo se aplica sin moverle una coma; Veamos, se impulsa la militarización; se regala dinero público a una base electoral que ronda alrededor de 15 millones de beneficiarios; se construye la retórica oficial todos los días con pinceladas de un México que solo existe en la mente del Tlatoani; se controla al poder Legislativo y se golpea al Judicial para someterlo, al tiempo de apropiarse de las Fiscalías estatales y de la República.

Se destinan recursos del erario y la ley del garrote para someter a los medios de comunicación y se apropian de los espacios en redes sociales para privilegiar el discurso del oficialismo.

Divide y vencerás;  esa es la consigna del Foro de Sau Paulo que busca instaurar el totalitarismo en la región mediante la satanización de los ricos y de los pudientes que pretenden  “aniquilar al pueblo pobre y sabio”.  La polarización como arma de sometimiento.

Cuando las campañas deberían empezar a calentar motores hasta diciembre de este año, López Obrador decidió adelantar los tiempos con varios propósitos: Ganarle la agenda política a la oposición y consolidar el  posicionamiento de sus corcholatas entre la opinión pública; lanzar fuegos artificiales para entretener al respetable y con ello desviar su atención de los graves problemas por los que transita México; y por supuesto, mantener el poder.

En contraparte, los opositores al  régimen se mantienen con una pasividad desesperante que los convierten en cómplices por omisión.

En lugar de estar denunciando a diario las atrocidades que ha provocado la ineptitud de funcionarios públicos bisoños; el PAN, PRI, MC y PRD están en la lona noqueados por su propia incapacidad, irresponsabilidad y desapego a las causas populares.

Todo les sale mal y lo que no, lo complican  por su visión cortoplacista y por las luchas de poder que se dan en su seno. Si no me cree estimado lector, solo basta asomarse a lo que ocurre entre los tricolores con Alito y sus compinches o más aún, con los panistas que están atolondrados, por decirlo de forma elegante, ante el control que tiene Marko Cortés y secuaces que lo acompañan, quienes buscarán a toda costa que, uno de los suyos, se quede con la candidatura presidencial del bloque opositor, por encima de otras opciones, incluyendo la propuesta que haga la sociedad civil.

Como hemos insistido en este espacio, para el 2024 ganará AMLO y Morena, por las buenas o por las malas, mientras que los partidos políticos opositores se reducirán a su mínima expresión.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.