Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Inaugura Mara Lezama el centro de rehabilitación CRAADYR en Cozumel para atención integral a personas con adicciones Destacado

13 Oct 2026
22 veces
Inaugura Mara Lezama el centro de rehabilitación CRAADYR en Cozumel para atención integral a personas con adicciones Imagen tomada de: https://qroo.gob.mx/
  • El CRAADYR ofrecerá atención médica y psicológica, desintoxicación, alojamiento, alimentación, apoyo a las familias y talleres de oficios; el objetivo es la recuperación y el fortalecimiento de los vínculos familiares

La gobernadora Mara Lezama Espinosa encabezó la apertura del Centro de Rehabilitación Amor al Adicto Difícil y Reincidente (CRAADYR) en Cozumel, un espacio destinado a brindar atención integral a personas que enfrentan problemas de adicción.

El centro ofrecerá servicios médicos y psicológicos, desintoxicación, alimentación y alojamiento. También contará con acompañamiento para las familias y talleres de oficios, con el propósito de apoyar la recuperación y fortalecer los vínculos familiares.

La Gobernadora destacó la importancia de ayudar, de tender la mano, de apoyar a quien lo necesita. “Este es un hogar. Y que sea de esperanza para muchos más” afirmó la titular del Ejecutivo al expresar su solidaridad para cada uno de los internos, 24/7 para todas y todos.

Se informó que el proyecto recibió una inversión conjunta cuyos recursos se destinaron a consultorios, camas, servicios especializados y espacios para la capacitación, por lo que pidió que se pase la voz para que más personas se acerquen y se recuperen.

Acompañada de la presidenta honoraria del Sistema DIF Quintana Roo, Verónica Lezama Espinosa, y del presidente municipal José Luis Chacón, así como de los Padrinos del Centro, la Gobernadora señaló que la atención a las adicciones requiere la participación de las familias, las instituciones, la sociedad civil y el gobierno.

Con información de: https://qroo.gob.mx/

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Octubre 2026

    Una decapitación orquestada desde la 4T

    La decapitación de la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos no puede reducirse a una anécdota de protesta sindical ni mucho menos justificarse como un simple acto simbólico contra quien decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009. Lo ocurrido es un acto de vandalismo dentro de un recinto administrado por el Estado y, por ello, plantea una pregunta elemental: ¿cómo fue posible que un grupo de manifestantes ingresara, destruyera una escultura y se paseara con su cabeza sin que la seguridad del lugar lo impidiera?

    Los hechos están documentados. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas, azuzados por Jesús Ramírez Cuevas, asesor presidencial, ingresaron al Complejo Cultural Los Pinos después de manifestarse contra Calderón, quien participaba en el Foro América Libre 2026. Los inconformes encontraron la estatua en el suelo, donde permanecía desde que un árbol la derribó en 2025, y procedieron a golpearla hasta desprenderle la cabeza. Uno de los participantes incluso caminó con ella antes de arrojarla contra el piso.

    La primera responsabilidad del gobierno es por omisión. Durante más de un año permitió que una pieza perteneciente al acervo histórico de Los Pinos permaneciera abandonada en el suelo. En julio de 2025, la dirección del complejo había anunciado que sería restaurada y reinstalada; eso no ocurrió.

    La segunda responsabilidad es todavía más grave: la incapacidad o falta de voluntad de la seguridad del recinto para impedir su destrucción. Los reportes disponibles señalan que durante el vandalismo no hubo intervención policial ni del personal encargado de proteger el Centro Cultural.

    Y allí aparece el problema político.

    No existe hasta ahora evidencia pública que permita asegurar que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la agresión o que Jesús Ramírez instruyó al SME para destruir la estatua. Afirmarlo como hecho sin pruebas desviaría la atención de algo que sí puede exigirse al gobierno: explicar por qué permitió que ocurriera dentro de un inmueble bajo responsabilidad federal y por qué nadie protegió un bien que formaba parte del recinto.

    Porque el Estado de derecho también se defiende cuando el personaje agraviado es un adversario político.

    Felipe Calderón puede ser cuestionado por sus decisiones de gobierno; el SME tiene todo el derecho de repudiar la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, protestar contra el expresidente y exigir justicia por lo que considere agravios históricos. Lo que nadie tiene derecho a hacer es sustituir la protesta por la destrucción de bienes dentro de instalaciones públicas.

    Un gobierno democrático no puede administrar la legalidad dependiendo de quién sea la víctima. Si mañana un grupo contrario a López Obrador destruyera una estatua suya dentro de un recinto federal mientras los guardias observan pasivamente, el oficialismo reclamaría —con razón— la aplicación de la ley.

    Ese mismo principio debe valer para Calderón.

    La escena de Los Pinos es particularmente desafortunada porque convierte la intolerancia política en espectáculo: una estatua decapitada, una cabeza paseada como trofeo y una autoridad aparentemente incapaz de detener la destrucción.

    La Presidencia y la Secretaría de Cultura deberían explicar qué ocurrió, quién tenía bajo su responsabilidad la seguridad del complejo, por qué no intervino y qué consecuencias habrá.

    No hacerlo significaría enviar un mensaje peligroso: que en México existen actos de vandalismo tolerables dependiendo de contra quién se cometan.

    Y cuando el poder comienza a seleccionar qué patrimonio merece protección y qué adversario merece el abandono, lo que termina decapitado no es solamente una estatua.

    Es el principio elemental de que la ley debe aplicarse a todos por igual.