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Desde San Lázaro ¿Podrá Morena ganar sin el crimen organizado? Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

23 Jul 2026
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Desde San Lázaro ¿Podrá Morena ganar sin el crimen organizado? Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/PartidoMorenaMx

La pregunta ya no sólo se escucha en los pasillos de San Lázaro o en los cafés donde se cocina la política nacional. También comienza a instalarse en las mesas de análisis, en las dirigencias partidistas y, lo más importante, entre quienes observan con atención el rumbo de las elecciones intermedias de 2027: ¿podrá Morena refrendar la mayoría legislativa y conservar su hegemonía territorial sin el respaldo que, según la oposición, recibió del crimen organizado en diversas regiones del país durante los últimos procesos electorales?

El cuestionamiento adquiere una nueva dimensión a partir de la sentencia de cadena perpetua contra Ismael "El Mayo" Zambada y de la ofensiva emprendida por las agencias de seguridad estadounidenses. La DEA y el Departamento de Justicia han dejado claro que la captura y condena de los grandes capos no representa el punto final de la estrategia, sino apenas el comienzo de una nueva etapa orientada a identificar y procesar a quienes, desde el poder político, financiero o institucional, facilitaron durante décadas las operaciones del narcotráfico.

No es casualidad que desde Washington se insista en que la investigación apenas comienza.

Ese mensaje explica el nerviosismo que se percibe en distintos círculos políticos mexicanos.

La oposición ha encontrado en este escenario un poderoso argumento para sostener una narrativa que viene construyendo desde hace varios años: que en diversas entidades federativas el crimen organizado intervino para favorecer electoralmente a candidatos de Morena.

El caso que con mayor frecuencia citan PAN, PRI y Movimiento Ciudadano es Sinaloa.

Desde la elección que llevó a Rubén Rocha Moya a la gubernatura, los partidos opositores denunciaron públicamente que grupos vinculados al Cártel de Sinaloa habrían ejercido presión territorial, inhibido el voto en determinadas regiones y favorecido al entonces candidato morenista. Aquellos señalamientos nunca fueron suficientes para que las autoridades electorales anularan la elección ni derivaron en una resolución judicial que acreditara tales hechos. Sin embargo, tampoco desaparecieron del debate público y hoy cobran nueva fuerza conforme avanzan las investigaciones estadounidenses.

Las mismas acusaciones fueron formuladas por la oposición respecto de procesos electorales en Michoacán, Guerrero, Zacatecas, Tamaulipas y otras entidades donde, aseguran, organizaciones criminales intimidaron candidatos, condicionaron campañas o ejercieron control territorial durante las jornadas electorales.

No son afirmaciones menores.

México ha documentado durante los últimos años uno de los periodos de mayor violencia política de su historia reciente. Decenas de candidatos fueron asesinados, cientos denunciaron amenazas y múltiples municipios celebraron elecciones bajo un clima de intimidación que organismos especializados han venido registrando sistemáticamente.

Ese contexto obliga a formular una pregunta incómoda: ¿qué ocurrirá si las investigaciones que hoy desarrolla el gobierno de Estados Unidos alcanzan a personajes de la vida pública mexicana?

Porque la estrategia estadounidense no ha cambiado en absoluto.

Ya no se trata únicamente de encarcelar a los grandes narcotraficantes.

Ahora el objetivo consiste en terminar con las redes de protección política, financiera e institucional que permitieron a organizaciones como el Cártel de Sinaloa o el CJNG operar durante décadas prácticamente con absoluta impunidad.

Paradójicamente, las primeras señales de preocupación ya provienen del propio oficialismo.

El coordinador de los diputados federales de Morena, Ricardo Monreal, ha reconocido públicamente que será extremadamente difícil repetir la votación histórica obtenida en 2024. Gobernar desgasta. Las expectativas ciudadanas son mayores y el bono democrático que acompañó la llegada de Claudia Sheinbaum a la Presidencia ya forma parte del pasado.

Aunque Monreal atribuye esa dificultad al desgaste natural del ejercicio del poder, es evidente que existen factores adicionales que pesan sobre el movimiento.

La narrativa de los llamados "narcopolíticos", impulsada desde Estados Unidos y amplificada por la oposición mexicana, ha comenzado a erosionar la imagen de Morena. A ello se suman los cuestionamientos sobre el desempeño de varios gobiernos estatales emanados del partido oficial.

En entidades gobernadas por Morena persisten graves problemas de inseguridad, crecimiento económico insuficiente, deficiencias en los servicios de salud, rezagos en infraestructura y conflictos políticos que han deteriorado la percepción ciudadana. Gobernar ya no representa únicamente una ventaja electoral; también significa asumir el costo de los resultados.

Las elecciones intermedias de 2027 serán, en consecuencia, el primer gran examen para Morena sin el efecto arrastre de una elección presidencial.

Será una elección donde cada gobernador, cada alcalde y cada legislador tendrá que responder por sus propios resultados.

También será la primera contienda en la que podrían coexistir investigaciones internacionales sobre presuntas redes de protección política al narcotráfico con campañas electorales en pleno desarrollo.

Si esas investigaciones derivan en procesos judiciales contra exfuncionarios, gobernadores, legisladores o dirigentes partidistas, el impacto político será inevitable.

La pregunta se mantiene ¿podrá el oficialismo ganar las elecciones, sin el apoyo de los criminales?

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El apunte del director

  • Octubre 2026

    Una decapitación orquestada desde la 4T

    La decapitación de la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos no puede reducirse a una anécdota de protesta sindical ni mucho menos justificarse como un simple acto simbólico contra quien decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009. Lo ocurrido es un acto de vandalismo dentro de un recinto administrado por el Estado y, por ello, plantea una pregunta elemental: ¿cómo fue posible que un grupo de manifestantes ingresara, destruyera una escultura y se paseara con su cabeza sin que la seguridad del lugar lo impidiera?

    Los hechos están documentados. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas, azuzados por Jesús Ramírez Cuevas, asesor presidencial, ingresaron al Complejo Cultural Los Pinos después de manifestarse contra Calderón, quien participaba en el Foro América Libre 2026. Los inconformes encontraron la estatua en el suelo, donde permanecía desde que un árbol la derribó en 2025, y procedieron a golpearla hasta desprenderle la cabeza. Uno de los participantes incluso caminó con ella antes de arrojarla contra el piso.

    La primera responsabilidad del gobierno es por omisión. Durante más de un año permitió que una pieza perteneciente al acervo histórico de Los Pinos permaneciera abandonada en el suelo. En julio de 2025, la dirección del complejo había anunciado que sería restaurada y reinstalada; eso no ocurrió.

    La segunda responsabilidad es todavía más grave: la incapacidad o falta de voluntad de la seguridad del recinto para impedir su destrucción. Los reportes disponibles señalan que durante el vandalismo no hubo intervención policial ni del personal encargado de proteger el Centro Cultural.

    Y allí aparece el problema político.

    No existe hasta ahora evidencia pública que permita asegurar que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la agresión o que Jesús Ramírez instruyó al SME para destruir la estatua. Afirmarlo como hecho sin pruebas desviaría la atención de algo que sí puede exigirse al gobierno: explicar por qué permitió que ocurriera dentro de un inmueble bajo responsabilidad federal y por qué nadie protegió un bien que formaba parte del recinto.

    Porque el Estado de derecho también se defiende cuando el personaje agraviado es un adversario político.

    Felipe Calderón puede ser cuestionado por sus decisiones de gobierno; el SME tiene todo el derecho de repudiar la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, protestar contra el expresidente y exigir justicia por lo que considere agravios históricos. Lo que nadie tiene derecho a hacer es sustituir la protesta por la destrucción de bienes dentro de instalaciones públicas.

    Un gobierno democrático no puede administrar la legalidad dependiendo de quién sea la víctima. Si mañana un grupo contrario a López Obrador destruyera una estatua suya dentro de un recinto federal mientras los guardias observan pasivamente, el oficialismo reclamaría —con razón— la aplicación de la ley.

    Ese mismo principio debe valer para Calderón.

    La escena de Los Pinos es particularmente desafortunada porque convierte la intolerancia política en espectáculo: una estatua decapitada, una cabeza paseada como trofeo y una autoridad aparentemente incapaz de detener la destrucción.

    La Presidencia y la Secretaría de Cultura deberían explicar qué ocurrió, quién tenía bajo su responsabilidad la seguridad del complejo, por qué no intervino y qué consecuencias habrá.

    No hacerlo significaría enviar un mensaje peligroso: que en México existen actos de vandalismo tolerables dependiendo de contra quién se cometan.

    Y cuando el poder comienza a seleccionar qué patrimonio merece protección y qué adversario merece el abandono, lo que termina decapitado no es solamente una estatua.

    Es el principio elemental de que la ley debe aplicarse a todos por igual.