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Desde San Lázaro. Gobernabilidad en tiempos del mundial. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

04 Jun 2026
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Desde San Lázaro. Gobernabilidad en tiempos del mundial. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/miseleccionmx

Aunque parezca exagerado, la gobernabilidad del país pende parcialmente de un balón de futbol.

Mientras el gobierno federal enfrenta desafíos en materia de seguridad, crecimiento económico, salud, educación y una complicada relación con Estados Unidos, millones de mexicanos tienen puesta su atención en un evento que históricamente ha servido como válvula de escape para las tensiones sociales: la Copa Mundial de Futbol.

No es casualidad. Desde hace décadas, el futbol se ha convertido en el principal fenómeno de cohesión social del país. Ningún otro acontecimiento tiene la capacidad de unir, aunque sea temporalmente, a millones de personas de distintas ideologías, clases sociales y regiones bajo una misma causa. Por ello, cuando la Selección Mexicana juega, también se pone a prueba el estado de ánimo nacional.

En esta ocasión, la presión es mayor. México es anfitrión de la Copa del Mundo y la expectativa de la afición es enorme. Sin embargo, los pronósticos de especialistas y analistas deportivos no son precisamente alentadores.

Sobre el papel, el equipo dirigido por Javier Aguirre debería imponerse a Sudáfrica en su presentación mundialista. Sin embargo, los escenarios se complican para el segundo encuentro frente a Corea, donde los expertos prevén un partido extremadamente difícil que podría terminar en empate o incluso en derrota para el conjunto mexicano. Posteriormente vendría el compromiso frente a la República Checa, un duelo que muchos consideran prácticamente un volado y del cual dependería la clasificación.

La preocupación no radica únicamente en los resultados deportivos. El problema es el contexto en el que llega la selección nacional.

El fracaso de Qatar en 2022 sigue fresco en la memoria colectiva. Aquella eliminación en fase de grupos dejó heridas profundas entre una afición cansada de promesas incumplidas. El enojo no fue solamente contra los futbolistas, quienes probablemente fueron los menos responsables de aquella debacle. La inconformidad se dirigió principalmente contra el argentino el Tata Martino -quien se vendió en el encuentro contra la selección de Messi-, los dueños de los clubes, los directivos de la Federación Mexicana de Futbol, los promotores y todo un sistema que durante años ha privilegiado los negocios por encima del desarrollo deportivo.

La afición llega al Mundial con la paciencia agotada.

Por eso existe preocupación entre autoridades federales, estatales y municipales respecto a lo que podría ocurrir si la Selección Mexicana vuelve a fracasar.

No se trata únicamente de una eventual eliminación temprana. Incluso una clasificación sufrida en segundo lugar de grupo podría ser percibida como otro síntoma de mediocridad. Y si México quedara eliminado antes de los octavos de final, el descontento podría manifestarse de formas impredecibles.

A ello se suma otro factor delicado. La FIFA mantiene una vigilancia permanente sobre las expresiones discriminatorias en los estadios mexicanos. El polémico grito homofóbico ha generado sanciones en el pasado y existe el riesgo de nuevas medidas disciplinarias si vuelve a presentarse en recintos como el Estadio Azteca o el Akron de Guadalajara, donde la selección disputará parte de sus compromisos.

Un ambiente deportivo enrarecido, combinado con malos resultados, podría convertirse en un catalizador de frustraciones acumuladas que van mucho más allá del futbol.

Porque el enojo social no surge de la nada.

Proviene de una ciudadanía que enfrenta problemas cotidianos cada vez más complejos. Inseguridad, servicios públicos deficientes, dificultades económicas, crisis de movilidad y una creciente percepción de que las autoridades son incapaces de responder eficazmente a las demandas más sentidas de la población.

En ese contexto, el Mundial funciona como un gigantesco espacio de distracción colectiva. Una especie de tregua emocional donde millones de personas depositan ilusiones y esperanzas.

Un gran catalizador del humor social.

Los antiguos romanos lo entendieron perfectamente cuando acuñaron la fórmula de "pan y circo". La diversión podía ayudar a contener tensiones sociales siempre y cuando cumpliera su propósito de entretener y generar satisfacción colectiva.

Pero cuando el circo es malo, el efecto puede ser exactamente el contrario.

La frustración se multiplica.

Por eso, aunque parezca una afirmación desproporcionada, el Mundial no solamente pone en juego el destino deportivo de la Selección Mexicana. También influye en el clima político y social que enfrentará el gobierno federal durante los próximos meses.

La presidenta Claudia Sheinbaum se aproxima al cierre de su segundo año de gobierno y al inicio de una etapa crucial de su administración. Los desafíos acumulados son considerables y la necesidad de resultados tangibles es cada vez más apremiante.

Un Mundial exitoso podría contribuir a generar un ambiente de optimismo y cohesión nacional. Un fracaso rotundo, en cambio, podría convertirse en otro elemento de desgaste para una sociedad que muestra signos de cansancio e impaciencia.

Y en todo ello, la CNTE tiene secuestrada a la CDMX y vienen otros grupos inconformes para sumarse a la disidencia magisterial.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.