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Desde San Lázaro. Consecuencias de un mal gobierno. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

15 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Consecuencias de un mal gobierno. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

La presidenta Claudia Sheinbaum ha anunciado una nueva etapa de “austeridad franciscana” en el gasto público. El mensaje pretende transmitir disciplina, orden y responsabilidad. Pero cuando se revisan los números —no el discurso— lo que aparece es otra cosa: un gobierno con márgenes cada vez más estrechos, presionado por compromisos que él mismo ayudó a construir.

Ante el aviso se preserva el gasto políticamente rentable y el ineludible y se ajusta lo que queda disponible. El problema es que ese “resto” es cada vez más pequeño frente al tamaño de las obligaciones del Estado.

Los datos lo confirman.

La inflación al alza, déficit fiscal en aumento y decisiones con tintes populistas que acotan los alcances del presupuesto.

Desde luego la guerra en el Medio Oriente trastoca toda la economía mundial.

Durante la administración de Andrés Manuel López Obrador, el saldo histórico de los requerimientos financieros del sector público —la medida más amplia de la deuda— pasó de aproximadamente de 10.5 billones de pesos en 2018 a más de 15 billones de pesos en 2024. Es decir, un incremento cercano a los 4.5 billones de pesos, muy por encima de los dos billones que se estimaban en una lectura preliminar, lo que refleja una expansión significativa del endeudamiento público.

Este crecimiento no es menor. Implica que el costo financiero de la deuda —es decir, lo que el gobierno paga sólo por intereses— se ha disparado hasta niveles cercanos al millón de millones de pesos anuales (alrededor de 1 billón de pesos), aunque hay otros registros que señalan que ya llegó, a 1.7 billones, colocándose como uno de los rubros más grandes del presupuesto federal, incluso por encima de sectores clave como salud o infraestructura.

En otras palabras: el gobierno gasta cada vez más en pagar deuda, no en generar desarrollo.

Luego vienen los programas sociales que han mamado 4.5 billones de pesos entre 2019 y 2026. Y por su faltara algo, está el caso más emblemático de presión fiscal: Petróleos Mexicanos.

Pemex no sólo es la petrolera más endeudada del mundo, con pasivos financieros que superan los 100 mil millones de dólares, sino que además ha requerido un respaldo constante del gobierno federal. Entre 2019 y 2024, el apoyo público a la empresa —entre transferencias directas, inyecciones de capital y beneficios fiscales— ha superado los 1.3 billones de pesos.

A pesar de ello, los resultados son limitados.

La petrolera ha registrado pérdidas recurrentes en varios ejercicios fiscales recientes, acumulando números rojos por cientos de miles de millones de pesos. Su producción no ha logrado recuperar niveles históricos y su carga financiera sigue siendo un lastre estructural. El rescate, en términos prácticos, ha servido para evitar un colapso inmediato, pero no para corregir el problema de fondo.

El costo de esa decisión lo absorbe el presupuesto público.

Si se suman estos tres factores —deuda creciente, programas sociales del bienestar y rescate a Pemex— el resultado es claro: una estructura fiscal rígida, con muy poco espacio para maniobrar. El margen discrecional del gobierno se reduce año con año, mientras las obligaciones aumentan.

En ese contexto, la llamada austeridad franciscana adquiere otra dimensión.

No se trata de un ajuste preventivo, sino de una reacción ante la falta de espacio fiscal. Es el intento de contener un desequilibrio sin modificar sus causas estructurales. Porque mientras no se toque el gasto social —que sigue expandiéndose como eje político— ni se plantee una reforma fiscal, el margen seguirá reduciéndose.

Desde San Lázaro, donde se define el presupuesto, la preocupación es evidente. La presidenta enfrenta una ecuación que no cierra fácilmente: mantener el gasto social que sostiene la legitimidad política, absorber el costo creciente de la deuda, seguir financiando a Pemex y, al mismo tiempo, garantizar inversión pública y crecimiento económico.

El margen es prácticamente inexistente.

Hablar de “quiebra técnica” puede resultar incómodo en términos políticos, pero en términos operativos describe una realidad: un gobierno que no tiene flexibilidad presupuestal, que depende de ingresos limitados y que enfrenta compromisos rígidos que absorben la mayor parte del gasto.

No es insolvencia inmediata, pero sí una condición de fragilidad estructural.

El riesgo es que, ante cualquier choque externo —una recesión en Estados Unidos, tensiones en el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá o volatilidad financiera internacional— el gobierno tenga muy poco margen de respuesta.

Y eso tiene implicaciones económicas y políticas.

Porque cuando el Estado pierde capacidad de maniobra, las decisiones dejan de ser estratégicas y se vuelven reactivas. Se recorta donde se puede, no donde se debe. Se prioriza lo políticamente rentable, no necesariamente lo económicamente sostenible.

La conclusión es clara: la presidenta no está administrando abundancia, sino restricciones severas debido en buena parte por la herencia maldita de AMLO.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.