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Desde San Lázaro. Se abolló la corona. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

27 Mar 2026
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Desde San Lázaro. Se abolló la corona. Por: Alejo Sánchez Cano Captura de imagen de: https://x.com/Claudiashein

La aprobación de un Plan B electoral disminuido en el Senado deja mucho más que un ajuste técnico: abre una serie de lecturas políticas que exhiben debilidades, reconfiguran alianzas y anticipan un escenario más complejo rumbo a las elecciones intermedias.

La primera lectura es inevitable: perdió la presidenta, Claudia Sheinbaum. Lo que originalmente se planteó como un ambicioso Plan A y B —con la eliminación de diputaciones plurinominales, la desaparición de 32 senadurías, la reducción del 25% del financiamiento a partidos y la incorporación de la revocación de mandato en la elección intermedia— terminó convertido en una versión recortada, con alcances limitados y con un costo político elevado.

El resultado no solo implica una derrota legislativa parcial, sino una señal clara de fragilidad política. La presidenta no logró alinear ni siquiera a sus aliados naturales. Ni el Partido Verde ni el Partido del Trabajo cedieron ante la presión del Ejecutivo. Esto revela que el poder presidencial, aunque fuerte en narrativa, encuentra límites en la operación política real.

Ahí emerge la segunda lectura: la falla de los operadores. Nombres clave como Rosa Icela Rodríguez, Segob, Ricardo Monreal e Ignacio Mier, pastores del oficialismo en el Congreso, quedaron a deber. La falta de acuerdos no puede explicarse únicamente por la resistencia de los aliados; también responde a una deficiente construcción de consensos. En política, imponer no sustituye negociar, y en este caso, la negociación simplemente no existió o llegó demasiado tarde.

A ello se suma el papel de Pablo Gómez, cuya conducción del proyecto fue percibida como rígida, cerrada y poco sensible a las dinámicas parlamentarias. El enfoque técnico sin lectura política terminó por aislar la propuesta. Más aún, la debilidad de las áreas jurídicas de la Presidencia dejó flancos abiertos que facilitaron la fragmentación del proyecto original.

El resultado fue un “Plan B” que, lejos de fortalecer el sistema electoral, genera preocupaciones en torno al federalismo. Los ajustes aprobados trasladan presiones políticas a estados y municipios, con ahorros marginales que difícilmente justifican el costo institucional. En lugar de una reforma estructural, lo que se obtuvo fue un rediseño parcial con impactos desiguales y cuestionables.

La tercera lectura apunta al reacomodo de fuerzas dentro de la propia coalición gobernante. El Partido del Trabajo y el Partido Verde emergen fortalecidos. No solo resistieron la presión presidencial, sino que capitalizaron su posición para avanzar en sus propias agendas políticas. Su interés en gubernaturas como San Luis Potosí y Zacatecas, así como sus acercamientos estratégicos —incluso con Movimiento Ciudadano en estados clave como Nuevo León— muestran que ya no son aliados subordinados, sino actores con agenda propia.

Este empoderamiento redefine la dinámica interna de la llamada Cuarta Transformación. La coalición deja de ser un bloque compacto y comienza a mostrar fisuras que, de no atenderse, podrían profundizarse conforme se acerquen los procesos electorales.

Del otro lado del tablero, la oposición encuentra un respiro. Partidos como el PAN, el PRI y Movimiento Ciudadano reciben esta derrota del oficialismo como un auténtico tanque de oxígeno. No se trata solo de haber frenado una reforma electoral impulsada desde el poder, sino de haberlo hecho en un momento estratégico: la antesala de las elecciones intermedias.

La narrativa opositora se fortalece. Pueden argumentar que el oficialismo no es invencible, que existen contrapesos reales y que la construcción de mayorías no está garantizada. Esto podría traducirse en una mayor competitividad electoral y en una reactivación de estructuras partidistas que venían debilitadas.

Pero quizá la lectura más relevante está en lo que viene. La llamada “operación cicatriz” dentro de la 4T será inevitable. El oficialismo tendrá que cerrar filas con sus aliados, recomponer relaciones y redefinir mecanismos de negociación. Sin embargo, las fisuras son profundas. No se trata solo de diferencias coyunturales, sino de intereses políticos divergentes que difícilmente desaparecerán.

En este contexto, el estilo de liderazgo de la presidenta será determinante. Existe el riesgo de un endurecimiento, de buscar responsables internos o externos, de privilegiar la confrontación sobre el diálogo. Si esa es la ruta, el costo político podría ser aún mayor.

La alternativa, más compleja pero más rentable, sería tender puentes. No solo con sus aliados, sino también con la oposición. Apostar por acuerdos de Estado, por reformas construidas desde el consenso y no desde la imposición. Entender que la gobernabilidad en una democracia plural exige ceder, negociar y escuchar.

El episodio del Plan B disminuido deja una lección clara: el poder legislativo no es una extensión automática del Ejecutivo. Y en esa realidad, la política —la de verdad— vuelve a ocupar el centro del escenario.

Desde San Lázaro, lo que se observa no es solo una reforma recortada, sino un reacomodo del poder. Y ese reacomodo, apenas comienza.

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El apunte del director

  • 15 ABRIL 2026
    JARDINE HUNDE EL PRESTIGIO Y LA IDENTIDAD DEL AMÉRICA
    En el fútbol, la memoria es corta, pero la exigencia es permanente. Y en un club como el Club América, la historia no sólo pesa: obliga. Por eso, lo que hoy ocurre bajo la dirección técnica de André Jardine no puede analizarse desde la nostalgia de los títulos, sino desde la realidad inmediata de un equipo que ha perdido rumbo, carácter y, sobre todo, identidad.
    El tricampeonato conseguido por Jardine no está en discusión. Es un logro histórico que lo colocó en un lugar privilegiado dentro del americanismo. Pero en el fútbol de alta competencia, los éxitos pasados no otorgan inmunidad permanente. Y lo ocurrido en el último año —con la eliminación de la CONCACAF Champions Cup y el riesgo latente de quedar fuera de la liguilla— confirma que el ciclo está agotado.
    El América de hoy no se parece al equipo dominante que impuso condiciones en la liga. Es un conjunto predecible, conservador y, por momentos, temeroso. Un equipo que ha cambiado la vocación ofensiva que lo caracterizaba por un enfoque defensivo que no sólo no le garantiza resultados, sino que además traiciona su esencia.
    Porque el América no está diseñado para especular.
    Históricamente, el club ha construido su grandeza sobre una premisa clara: ser protagonista, imponer condiciones y jugar con autoridad. El ADN del América no admite medias tintas. Y, sin embargo, bajo Jardine, ese ADN parece diluirse en planteamientos cautelosos que reducen al equipo a una versión menor de sí mismo.
    El problema no es sólo táctico. Es estructural.
    La responsabilidad no recae únicamente en el banquillo. La directiva, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, ha mostrado una paciencia que comienza a ser contraproducente. En cualquier otro club, los resultados recientes habrían detonado una evaluación profunda. En el América, en cambio, se ha optado por la continuidad sin ajustes de fondo.
    Y esa complacencia tiene costos.
    Desde el punto de vista deportivo, el equipo ha perdido competitividad. Desde el punto de vista económico, el riesgo es evidente: un América fuera de liguilla o sin protagonismo internacional afecta ingresos, audiencia y valor de marca. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más importante: la identidad de la institución.
    Permitir que el equipo transite hacia la mediocridad competitiva es, en sí mismo, una contradicción con la historia del club.
    El otro gran problema está en la plantilla.
    Los refuerzos recientes, particularmente en el frente extranjero, no han estado a la altura de las exigencias del club. Lejos de marcar diferencia, han pasado desapercibidos en momentos clave. En un equipo que aspira a ser protagonista, los extranjeros deben ser determinantes, no complementarios.
    Y hoy, simplemente, no lo son.
    El América ha perdido peso en la cancha. Ha dejado de intimidar. Ha dejado de ser ese equipo que, incluso antes de jugar, imponía condiciones. Esa pérdida de jerarquía no es casualidad; es el resultado de decisiones acumuladas que no han sido corregidas a tiempo.
    Desde luego, cambiar de técnico no es una solución mágica. Pero en el fútbol, los ciclos existen y, cuando se agotan, insistir en ellos sólo profundiza el problema. Jardine ya no transmite la intensidad ni la claridad que el equipo necesita. Su propuesta se ha vuelto previsible y su margen de maniobra parece limitado.
    El mensaje del vestidor también importa. Y cuando un grupo percibe que el liderazgo se desgasta, el rendimiento colectivo inevitablemente se resiente.
    Por eso, la discusión no debe centrarse en si Jardine merece o no reconocimiento por lo logrado. Eso ya está en la historia. La discusión es si hoy tiene la capacidad de revertir la inercia negativa del equipo. Y la evidencia reciente sugiere que no.
    El América no puede darse el lujo de esperar a que la crisis se profundice.
    La exigencia de su historia obliga a tomar decisiones a tiempo. Decisiones que no siempre son cómodas, pero sí necesarias. Mantener un proyecto agotado por inercia o gratitud es una forma de renunciar a la competitividad.
    Y ese no es el sello del América.
    La salida de Jardine, junto con una revisión profunda de su cuerpo técnico y de la plantilla, no debe verse como un acto de ruptura, sino como un proceso de renovación. El club necesita recuperar su esencia, su agresividad, su ambición.
    Necesita volver a ser el América.
    Porque en este club, los títulos no se celebran eternamente; se defienden todos los días. Y cuando el equipo deja de hacerlo, la responsabilidad de corregir el rumbo recae en quienes toman las decisiones.
    Hoy, más que nunca, el América necesita menos complacencia y más carácter.
    Porque la grandeza no se administra.
    Se exige.