Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Nace muerta o más viva que nunca. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

04 Mar 2026
187 veces
Desde San Lázaro. Nace muerta o más viva que nunca. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/GobiernoMX

La anunciada reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum avanza a paso cansino. Y no es por falta de voluntad política, sino por cálculo político fino. En Palacio Nacional han decidido pisar el freno mientras se afinan los puntos más delicados de una iniciativa que, de presentarse en sus términos más ambiciosos, podría configurar un sistema electoral a modo del oficialismo, con la sospecha de cerrar posibilidades reales de alternancia para la oposición.

El eje más disruptivo es la intención de eliminar las listas plurinominales elaboradas por los partidos políticos. Es decir, desaparecer el mecanismo mediante el cual las dirigencias confeccionan, en orden de prelación, las listas de representación proporcional que garantizan escaños sin pasar por las urnas en un territorio específico. El argumento presidencial es claro: terminar con las “cuotas de cúpula” y devolver al ciudadano el poder de decidir directamente quién llega al Congreso.

En este punto, la mandataria tiene razón: sería plausible que todos los diputados y senadores accedieran al Congreso por méritos en campaña y no por compadrazgos o acuerdos cupulares.

Eliminar o rediseñar las plurinominales afecta directamente a los partidos aliados del oficialismo, particularmente al Partido Verde Ecologista de México y al Partido del Trabajo, cuya supervivencia legislativa ha descansado en buena medida en la representación proporcional. Para estas fuerzas, las listas no son un accesorio: son el corazón de su presencia parlamentaria.

La reforma, en ese sentido, podría dinamitar la alianza legislativa que ha permitido al bloque gobernante construir mayorías amplias. Y aquí radica el verdadero motivo del retraso: sin los votos del Verde y del PT, la reforma electoral simplemente no alcanzaría la mayoría calificada requerida para modificar la Constitución. La cifra mágica de las dos terceras partes no se consigue sin ellos.

El cálculo es delicado. Presionar demasiado en la eliminación de plurinominales puede tensar la coalición; ceder en exceso puede diluir el espíritu transformador que la presidenta quiere imprimirle a la reforma.

Otro frente es la reducción del costo de la democracia. Se plantean ajustes presupuestales al Instituto Nacional Electoral, una disminución de las prerrogativas a los partidos políticos, la reducción del número de senadores y la revisión de los sueldos de diputados locales. El mensaje es potente: austeridad real en el sistema electoral.

Sin embargo, la experiencia muestra que abaratar la democracia no siempre la fortalece. La autonomía y la capacidad técnica de la autoridad electoral dependen, en buena medida, de recursos suficientes y reglas claras.

La iniciativa también contempla prohibiciones más estrictas en materia de nepotismo y el fin de la reelección legislativa. Este último punto implicaría revertir una reforma que buscaba profesionalizar el trabajo parlamentario y fortalecer la rendición de cuentas mediante la posibilidad de refrendar el mandato.

En San Lázaro el ambiente está caldeado. No se trata solo de presentar una iniciativa ambiciosa, sino de garantizar que pueda aprobarse. Y para ello no basta con la disciplina de la mayoría; se requiere cohesión en la coalición.

La paradoja es evidente: la reforma que busca transformar el sistema de representación podría alterar primero el equilibrio interno del bloque gobernante. En política, las sumas de voluntades mandan. Y hoy, la aritmética constitucional pasa inevitablemente por el Verde y el PT.

Por eso la reforma corre el riesgo de nacer muerta. No es falta de convicción; es conciencia de que, sin aliados, no hay reforma posible.

A ello se suma un factor que no puede ignorarse: cualquier modificación de gran calado al sistema electoral inevitablemente será leída bajo la sombra de la polarización política que marcó el sexenio anterior. La oposición no concederá el beneficio de la duda y denunciará un intento de concentración de poder; el oficialismo, por su parte, insistirá en que se trata de una corrección histórica para democratizar la representación. En ese clima, el debate corre el riesgo de trasladarse del terreno técnico al campo de la confrontación ideológica, donde los matices suelen desaparecer.

La presidenta enfrenta, así, una decisión estratégica: optar por una reforma de máximos que satisfaga a su base, pero que fracture alianzas y complique su aprobación, o construir un acuerdo gradual que, sin desmontar por completo el sistema vigente, introduzca cambios viables y sostenibles. En política, a veces no gana quien empuja más fuerte, sino quien sabe hasta dónde puede llegar sin romper el equilibrio que le da sustento al poder.

En cualquiera de los casos, el reloj corre en contra, ya que las elecciones intermedias están a la vuelta de la esquina y hacer reformas a la medida compromete la imparcialidad y el piso parejo, o a lo mejor está es la intención final, dinamitar la democracia para darle entrada a la autocracia.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.