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Desde San Lázaro. La corte itinerante, justicia o espectáculo circense. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

02 Mar 2026
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Desde San Lázaro. La corte itinerante, justicia o espectáculo circense. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SCJN

La escena fue cuidadosamente construida. Por primera vez en la historia, la Suprema Corte de Justicia de la Nación celebró una sesión plenaria en territorio indígena, en una plaza pública del municipio de Tenejapa, Chiapas El hecho, que en apariencia podría leerse como un gesto de cercanía institucional, terminó convertido en un espectáculo circense que desdibujó la función toral del máximo tribunal del país.

La sesión fue encabezada por el ministro presidente, Hugo Aguilar, quien —según comentan en los pasillos judiciales— gusta que le llamen “el clon” de Benito Juárez. La evocación no es casual. Juárez, el “Benemérito de las Américas”, símbolo del liberalismo republicano, fue también presidente de la Corte antes de ocupar la Presidencia de la República. La referencia histórica pesa, pero la comparación resulta forzada.

Acompañaron al ministro presidente otros siete integrantes del pleno, algunos de manera presencial y otros a la distancia, en modalidad virtual. Solo faltó la ministra María Estela Ríos, cuya ausencia fue comentada en voz baja. La imagen institucional buscaba proyectar cercanía con los pueblos originarios; sin embargo, el ejercicio resultó una farsa.

Porque mientras en el templete se hablaba de justicia intercultural y de saldar deudas históricas, los ministros arribaron en camionetas blindadas, con logística de alto nivel y un aparato de seguridad que poco tiene que ver con la austeridad republicana que tanto se predica desde otros frentes del poder. La Corte trasladó no solo su sede simbólica, sino también el boato que acompaña a los altos funcionarios. La escena no pasó inadvertida entre los asistentes.

El fondo del asunto merece mayor reflexión. ¿Puede la justicia acercarse a la gente? Por supuesto. ¿Es positivo que el máximo tribunal visibilice la realidad de los pueblos indígenas? Nadie podría oponerse en principio. México arrastra una deuda histórica en materia de acceso a la justicia para comunidades originarias, discriminadas durante décadas por el propio aparato institucional.

Sin embargo, la pregunta central es otra: ¿esa sesión plenaria cambió algo sustantivo en la impartición de justicia? ¿Hubo resoluciones que fortalecieran el acceso efectivo a tribunales, que mejoraran la defensoría pública o que garantizaran traductores y peritajes culturales en procesos penales? Más allá del simbolismo, no parece haber habido un impacto concreto.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación tiene funciones claramente delimitadas en la Constitución: resolver controversias constitucionales, acciones de inconstitucionalidad, amparos en revisión y fijar criterios obligatorios. Su papel es técnico, jurídico, contramayoritario.

Cuando la Corte se convierte en protagonista de actos con alto contenido político o mediático, corre el riesgo de diluir su autoridad técnica. El máximo tribunal no necesita escenografías para ejercer su función; necesita sentencias sólidas, coherentes y consistentes. Necesita independencia frente a los otros poderes, no aplausos circunstanciales.

Desde San Lázaro, donde cada gesto suele tener lectura política, la sesión indígena fue interpretada como un mensaje. En un contexto de reformas al Poder Judicial y de cuestionamientos constantes a su legitimidad, la presidencia de la Corte optó por salir del recinto tradicional para enviar una señal de cercanía social. El problema es que esa narrativa puede ser vista como un intento de legitimación simbólica frente a un entorno adverso.

La toga exige prudencia, no protagonismo.

No se trata de negar la relevancia de los pueblos indígenas ni de minimizar su derecho a una justicia con perspectiva cultural. Se trata de cuestionar si el máximo tribunal debe transformarse en un escenario de gestos simbólicos que poco inciden en la realidad estructural del sistema judicial mexicano.

La procuración e impartición de justicia en el país enfrentan desafíos enormes: rezagos procesales, saturación de tribunales, deficiencias en defensoría pública, violencia estructural, impunidad crónica. Frente a ese panorama, una sesión plenaria fuera de la sede tradicional puede resultar más un espectáculo circense que una solución.

En el fondo, lo que está en juego es la naturaleza del Poder Judicial. Si la Corte se suma a la lógica del espectáculo político, pierde el aura de neutralidad técnica que le permite arbitrar conflictos entre poderes y proteger derechos fundamentales. La legitimidad judicial no se construye con escenografía, sino con sentencias.

La imagen de ministros trasladándose con todo su aparato a territorio indígena, mientras el país enfrenta crisis de seguridad y desafíos institucionales profundos, deja una sensación ambivalente. ¿Es un acto histórico de inclusión o un gesto populista que distrae de lo esencial?

El máximo tribunal debe concentrarse en su función toral. La justicia no necesita giras; necesita firmeza. No requiere aplausos; requiere resoluciones que fortalezcan el Estado de derecho. Convertir la sesión plenaria en un acto simbólico puede rendir reflectores, pero difícilmente mejora la procuración de justicia.

La Corte está llamada a ser árbitro, no protagonista. Y en tiempos donde la institucionalidad se encuentra bajo presión, la sobriedad y la técnica deberían pesar más que la narrativa. Porque cuando el derecho se subordina al espectáculo, pierde su esencia. Y el país pierde algo más valioso que una fotografía: pierde confianza en su máximo tribunal.

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El apunte del director

  • Octubre 2026

    Una decapitación orquestada desde la 4T

    La decapitación de la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos no puede reducirse a una anécdota de protesta sindical ni mucho menos justificarse como un simple acto simbólico contra quien decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009. Lo ocurrido es un acto de vandalismo dentro de un recinto administrado por el Estado y, por ello, plantea una pregunta elemental: ¿cómo fue posible que un grupo de manifestantes ingresara, destruyera una escultura y se paseara con su cabeza sin que la seguridad del lugar lo impidiera?

    Los hechos están documentados. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas, azuzados por Jesús Ramírez Cuevas, asesor presidencial, ingresaron al Complejo Cultural Los Pinos después de manifestarse contra Calderón, quien participaba en el Foro América Libre 2026. Los inconformes encontraron la estatua en el suelo, donde permanecía desde que un árbol la derribó en 2025, y procedieron a golpearla hasta desprenderle la cabeza. Uno de los participantes incluso caminó con ella antes de arrojarla contra el piso.

    La primera responsabilidad del gobierno es por omisión. Durante más de un año permitió que una pieza perteneciente al acervo histórico de Los Pinos permaneciera abandonada en el suelo. En julio de 2025, la dirección del complejo había anunciado que sería restaurada y reinstalada; eso no ocurrió.

    La segunda responsabilidad es todavía más grave: la incapacidad o falta de voluntad de la seguridad del recinto para impedir su destrucción. Los reportes disponibles señalan que durante el vandalismo no hubo intervención policial ni del personal encargado de proteger el Centro Cultural.

    Y allí aparece el problema político.

    No existe hasta ahora evidencia pública que permita asegurar que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la agresión o que Jesús Ramírez instruyó al SME para destruir la estatua. Afirmarlo como hecho sin pruebas desviaría la atención de algo que sí puede exigirse al gobierno: explicar por qué permitió que ocurriera dentro de un inmueble bajo responsabilidad federal y por qué nadie protegió un bien que formaba parte del recinto.

    Porque el Estado de derecho también se defiende cuando el personaje agraviado es un adversario político.

    Felipe Calderón puede ser cuestionado por sus decisiones de gobierno; el SME tiene todo el derecho de repudiar la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, protestar contra el expresidente y exigir justicia por lo que considere agravios históricos. Lo que nadie tiene derecho a hacer es sustituir la protesta por la destrucción de bienes dentro de instalaciones públicas.

    Un gobierno democrático no puede administrar la legalidad dependiendo de quién sea la víctima. Si mañana un grupo contrario a López Obrador destruyera una estatua suya dentro de un recinto federal mientras los guardias observan pasivamente, el oficialismo reclamaría —con razón— la aplicación de la ley.

    Ese mismo principio debe valer para Calderón.

    La escena de Los Pinos es particularmente desafortunada porque convierte la intolerancia política en espectáculo: una estatua decapitada, una cabeza paseada como trofeo y una autoridad aparentemente incapaz de detener la destrucción.

    La Presidencia y la Secretaría de Cultura deberían explicar qué ocurrió, quién tenía bajo su responsabilidad la seguridad del complejo, por qué no intervino y qué consecuencias habrá.

    No hacerlo significaría enviar un mensaje peligroso: que en México existen actos de vandalismo tolerables dependiendo de contra quién se cometan.

    Y cuando el poder comienza a seleccionar qué patrimonio merece protección y qué adversario merece el abandono, lo que termina decapitado no es solamente una estatua.

    Es el principio elemental de que la ley debe aplicarse a todos por igual.