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Desde San Lázaro. Un congreso sobre tierras movedizas. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

04 Feb 2026
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Desde San Lázaro. Un congreso sobre tierras movedizas. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/senadomexicano

Arrancó formalmente el segundo periodo ordinario de sesiones del Congreso de la Unión y, como si se tratara de una broma de mal gusto para los ciudadanos, diputados y senadores ya se fueron de “receso”. Apenas trabajaron unos minutos el pasado fin de semana y, agotados por tan extenuante jornada legislativa, decidieron regresar a sus distritos, a los aeropuertos o a las playas. Los angelitos volverán a su pesada actividad parlamentaria hasta el próximo 10 de febrero. Así comienza, una vez más, un periodo que promete mucho en el discurso y muy poco en los hechos.

El contraste no podría ser más ofensivo. Mientras el país enfrenta una crisis de violencia sin precedentes, una economía que no termina de despegar y un proceso de reconfiguración política rumbo a 2027, el Congreso mantiene su ritmo pausado, casi burocrático, como si la urgencia nacional pudiera esperar. San Lázaro y el Senado siguen funcionando bajo la lógica del mínimo esfuerzo y el máximo beneficio.

Este segundo período no es menor. En el calendario legislativo se asoman temas sensibles, reformas de alto voltaje político y ajustes internos que definirán el equilibrio de poder dentro del oficialismo. Sin embargo, el arranque es una señal clara: no hay prisa, no hay premura y, sobre todo, no hay intención de asumir costos políticos innecesarios.

En el Senado de la República, todas las miradas están puestas en las consecuencias de la salida de Adán Augusto López del primer círculo de poder. El exsecretario de Gobernación dejó una estructura profundamente tabasqueña incrustada en la Cámara Alta, una red de operadores, asesores y cuadros políticos que hoy están bajo revisión. La pregunta no es si habrá cambios, sino hasta dónde llegarán.

La nueva correlación de fuerzas obliga a mover piezas. Algunos de esos perfiles heredados del exgobernador de Tabasco ya no resultan funcionales para la estrategia del gobierno ni para el control político del Senado. Habrá relevos, ajustes y, probablemente, sacrificios. No se trata de una purga abierta, pero sí de una cirugía silenciosa para desactivar cualquier foco de poder autónomo que pueda incomodar en la recta final del sexenio.

En la Cámara de Diputados, el ambiente también revela tensiones internas. Se nota a un Ricardo Monreal particularmente nervioso ante la salida de Adán Augusto. ¿Sabe algo que los demás no saben o se trata solo de una pose calculada para confundir a los despistados? Lo cierto es que, más allá del gesto y la narrativa, el diputado zacatecano está hoy más firme en su posición de lo que aparenta. Si existe una intención real de renovar los cuadros legislativos del oficialismo, esa decisión no se tomará en el corto plazo y, por ahora, Monreal sigue siendo una pieza funcional para la estabilidad interna de Morena en San Lázaro.

De forma paralela, en Palacio Nacional se afinan los últimos detalles de la tan anunciada reforma electoral. Y aquí es donde el discurso épico se topa con la realidad política. A decir de los enterados, la iniciativa presidencial terminó siendo un tanto descafeinada, muy lejos de aquellas versiones radicales que prometían una transformación profunda del sistema electoral.

La razón es simple: Morena necesita mantener contentos a sus aliados. Tanto el Partido del Trabajo como el Partido Verde Ecologista de México aceptaron concesiones importantes, como la reducción de prerrogativas y el ajuste en el número de legisladores plurinominales. No fue un acto de convicción democrática, sino un cálculo frío: ceder un poco para no perderlo todo.

Sin embargo, la negociación no ha sido tersa. Los partidos satélite, verdaderas rémoras del sistema político, presionaron hasta el último momento para conservar cuotas de poder, espacios legislativos y márgenes de maniobra rumbo a los próximos procesos electorales. Su apoyo no es gratuito y en Morena lo saben bien. Cada voto tiene precio y cada alianza cobra factura.

Habrá que esperar la versión final de la iniciativa presidencial para medir realmente el alcance de la reforma. Lo que es un hecho es que no será el parteaguas que se prometió en el discurso público. Será, más bien, una reforma funcional, diseñada para no romper equilibrios internos y para garantizar gobernabilidad legislativa, aunque eso implique renunciar a cambios de fondo.

Mientras tanto, la oposición, léase el PAN, PRI y MC,  sigue atrapada entre la estridencia mediática y la irrelevancia parlamentaria. No logra articular una agenda propia ni una estrategia que realmente incomode al poder. En este contexto, el Congreso no legisla para el país; legisla en clave electoral.

Así, entre vacaciones disfrazadas de recesos, reformas diluidas y reacomodos internos, arranca un nuevo periodo legislativo que promete ser intenso en el discurso y limitado en los resultados. Desde San Lázaro, el mensaje es claro: la prioridad no es resolver los problemas nacionales, sino administrar el poder y cuidar la sucesión. Y para eso, al parecer, no hay prisa alguna.

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El apunte del director

  • Octubre 2026

    Una decapitación orquestada desde la 4T

    La decapitación de la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos no puede reducirse a una anécdota de protesta sindical ni mucho menos justificarse como un simple acto simbólico contra quien decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009. Lo ocurrido es un acto de vandalismo dentro de un recinto administrado por el Estado y, por ello, plantea una pregunta elemental: ¿cómo fue posible que un grupo de manifestantes ingresara, destruyera una escultura y se paseara con su cabeza sin que la seguridad del lugar lo impidiera?

    Los hechos están documentados. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas, azuzados por Jesús Ramírez Cuevas, asesor presidencial, ingresaron al Complejo Cultural Los Pinos después de manifestarse contra Calderón, quien participaba en el Foro América Libre 2026. Los inconformes encontraron la estatua en el suelo, donde permanecía desde que un árbol la derribó en 2025, y procedieron a golpearla hasta desprenderle la cabeza. Uno de los participantes incluso caminó con ella antes de arrojarla contra el piso.

    La primera responsabilidad del gobierno es por omisión. Durante más de un año permitió que una pieza perteneciente al acervo histórico de Los Pinos permaneciera abandonada en el suelo. En julio de 2025, la dirección del complejo había anunciado que sería restaurada y reinstalada; eso no ocurrió.

    La segunda responsabilidad es todavía más grave: la incapacidad o falta de voluntad de la seguridad del recinto para impedir su destrucción. Los reportes disponibles señalan que durante el vandalismo no hubo intervención policial ni del personal encargado de proteger el Centro Cultural.

    Y allí aparece el problema político.

    No existe hasta ahora evidencia pública que permita asegurar que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la agresión o que Jesús Ramírez instruyó al SME para destruir la estatua. Afirmarlo como hecho sin pruebas desviaría la atención de algo que sí puede exigirse al gobierno: explicar por qué permitió que ocurriera dentro de un inmueble bajo responsabilidad federal y por qué nadie protegió un bien que formaba parte del recinto.

    Porque el Estado de derecho también se defiende cuando el personaje agraviado es un adversario político.

    Felipe Calderón puede ser cuestionado por sus decisiones de gobierno; el SME tiene todo el derecho de repudiar la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, protestar contra el expresidente y exigir justicia por lo que considere agravios históricos. Lo que nadie tiene derecho a hacer es sustituir la protesta por la destrucción de bienes dentro de instalaciones públicas.

    Un gobierno democrático no puede administrar la legalidad dependiendo de quién sea la víctima. Si mañana un grupo contrario a López Obrador destruyera una estatua suya dentro de un recinto federal mientras los guardias observan pasivamente, el oficialismo reclamaría —con razón— la aplicación de la ley.

    Ese mismo principio debe valer para Calderón.

    La escena de Los Pinos es particularmente desafortunada porque convierte la intolerancia política en espectáculo: una estatua decapitada, una cabeza paseada como trofeo y una autoridad aparentemente incapaz de detener la destrucción.

    La Presidencia y la Secretaría de Cultura deberían explicar qué ocurrió, quién tenía bajo su responsabilidad la seguridad del complejo, por qué no intervino y qué consecuencias habrá.

    No hacerlo significaría enviar un mensaje peligroso: que en México existen actos de vandalismo tolerables dependiendo de contra quién se cometan.

    Y cuando el poder comienza a seleccionar qué patrimonio merece protección y qué adversario merece el abandono, lo que termina decapitado no es solamente una estatua.

    Es el principio elemental de que la ley debe aplicarse a todos por igual.