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TEPJF se suma a la conmemoración del 25N Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer Destacado

26 Nov 2025
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TEPJF se suma a la conmemoración del 25N Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer Imagen tomada de: https://www.te.gob.mx/

Con la asistencia del magistrado presidente del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), Gilberto Bátiz García, y de la magistrada de la Sala Superior Claudia Valle Aguilasocho, se llevó a cabo la conmemoración del “25N Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer” en la que se reflexionó sobre las diversas formas en que se manifiesta la violencia hacia las niñas, adolescentes y adultas.

En el evento, organizado por el Órgano de Administración Judicial (OAJ) del Poder Judicial de la Federación (PJF), se hizo énfasis en los retos que enfrenta actualmente la sociedad para identificar, prevenir, erradicar y sancionar toda forma de violencia hacia este sector de la población, así como el impacto que este flagelo tiene tanto a nivel individual, familiar, comunitario y para el desarrollo del país.

Durante las intervenciones de las personas participantes, se destacó que el PJF tiene el compromiso de garantizar el acceso a la justicia con perspectiva de género, de interseccionalidad y de interculturalidad, y no permitir que quienes denuncian cualquier acto que violenta su dignidad, integridad o seguridad sean revictimizadas.

En este marco, Lorena Josefina Pérez Romo, integrante del OAJ, presentó el “violentómetro” para el Poder Judicial y reiteró que las diferentes áreas que lo integran deben ser seguras y libres de cualquier forma de violencia sexual, laboral, institucional, simbólica o de cualquier otra naturaleza.

Al tomar la palabra, la integrante del OAJ Catalina Ramírez Hernández consideró que esta fecha no solo debe convocar a reflexionar, sino también a actuar con decisión y responsabilidad, ya que persiste una verdad que —advirtió— aún duele: “Las violencias laborales, sexuales, simbólicas y de género que continúan enmarcando la vida de miles de niñas, adolescentes y mujeres en nuestro país”.

El evento estuvo encabezado por el presidente del OAJ, Néstor Vargas Solano, y también participaron José Alberto Gallegos Ramírez, integrante de este organismo del PJF. La magistrada presidenta del Tribunal de Disciplina Judicial (TDJ), Celia Maya García dio un mensaje de apertura al acto conmemorativo.

Las especialistas Edith López Hernández y Mariana González Focke impartieron conferencias magistrales ante un auditorio integrado por diversos titulares de áreas del OAJ y del TDJ.

Con información de: https://www.te.gob.mx/

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.