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Desde San Lázaro. El T-MEC nunca volverá a ser el mismo. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

19 Nov 2025
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Desde San Lázaro. El T-MEC nunca volverá a ser el mismo. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SE_mx

El cierre de consultas sobre la renegociación del T-MEC ya ocurrió en México, Estados Unidos y Canadá y por lo que se aprecia, será muy complicado encontrar puntos de coincidencia entre las tres delegaciones comerciales, por encima de las enormes diferencias que prevalecen sobre todo con la imposición de aranceles por parte de Donald Trump a productos que están protegidos por el tratado comercial.

También, alrededor de la nueva negociación, ocurren múltiples quejas de sectores económicos muy fuertes en Estados Unidos, como el energético o telecomunicaciones, por citar algunos que se lamentan  del ambiente adverso existente en México para la protección de las inversiones, en virtud de que existe un estado de derecho endeble y un sistema fiscal muy punitivo y persecutorio.

A la preocupación que prevalece en la Unión Americana por la reforma al Poder Judicial en nuestro país, se sumaron más de 2 mil 200 firmas tecnológicas, incluyendo gigantes multinacionales como Nvidia, Panasonic, Microsoft y Samsung, entre otras quienes  denunciaron que la reforma judicial en México perjudica los derechos de las empresas de Estados Unidos bajo el T-MEC.

Además, acusan que el SAT los ha amenazado con auditorías, para liberar mercancía en las aduanas.

En un escrito entregado a la Oficina del Representante Comercial de EU señalaron que la elección de jueces por voto popular puede derivar en nuevos problemas bajo el Capítulo 14 del T.MEC, dedicado a la inversión.

El presidente norteamericano ha expresado su deseo de conformar un nuevo tratado comercial bilateral y no trilateral, lo que significa que el bloque conformado por EU, México y Canadá estaría viviendo sus últimos meses de vigencia para dar paso a tratados bilaterales,  en donde se privilegiará el proteccionismo comercial,  lo que atentaría contra el principio básico que dio pie al surgimiento del TLC.

Tarea nada fácil para la delegación mexicana encabezada por Marcelo Ebrard, secretario de Economía, quien no solo debe sortear las negociaciones con sus contrapartes norteamericana y canadiense, sino, resistir el vendaval por las ocurrencias de Donald Trump que un día grava productos mexicanos y otro los exenta (jitomate, carne, etc.)

Lo cierto es que todo es incierto con el magante inmobiliario y si  a esto le agregamos que la lupa de los gringos está en el combate a los narcoterroristas que se hace en territorio nacional y que camina a pasos de tortuga por el manto de impunidad que se extiende desde Palenque y Palacio Nacional para proteger a funcionarios de la 4t y familiares de AMLO, pues nada halagüeño se prevé  para la industria mexicana  en el nuevo T-MEC.

Mientras que el secretario de Estado, Marco Rubio, asegura que no habrá intervención militar en México, el presidente Donald Trump lo contradice al señalar que está muy preocupado por lo que ocurre en México, luego de la marcha de la Generación Z del pasado 15 de noviembre.

La crispación social que existe en nuestro país alentado desde Palacio Nacional desde hace siete años poco ayuda para cambiar la percepción  global que existe sobre nuestro país, agraviado por la violencia, los narcoterroristas, la ingobernabilidad y el establecimiento de un régimen autocrático que camina en sentido contrario a la democracia.

Cada vez que hay un manotazo en el escritorio del Salón Oval en la Casa Blanca, de inmediato se pliega la presidenta Sheinbaum a los designios de su contraparte norteamericana como ocurrió recientemente con la sanción al AIFA de prohibir vuelos de líneas americanas a esa terminal aérea, porque el gobierno mexicano limitó la competitividad en materia de aviación; para remediar el problema las líneas mexicanas cedieron “voluntariamente” espacios a empresas de USA en el AICM.

Unos le llaman actitud sensata, otros, en cambio, miedo.

Los pronósticos que se avizoran en la negociación del nuevo T-MEC son pesimistas para la industria nacional porque Trump tiene todos los ases de la baraja y en contraparte, del lado mexicano, prefieren proteger a los funcionarios de la 4T de estar coludidos con los narcos que defender a ultranza los intereses del pueblo mexicano.

En contraparte, ayuda para los intereses de México que al mandatario norteamericano ya le quedó claro que los consumidores de Estados Unidos no están nada contentos con la inflación provocada por la imposición de aranceles a productos agroalimentarios.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.