Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Salud, la asignatura pendiente. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

03 Sep 2025
228 veces
Desde San Lázaro. Salud, la asignatura pendiente. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SSalud_mx

El 90 por ciento no es real en el abasto de medicamentos, tal como lo afirmara la presidenta Sheinbaum en su primer informe de gobierno, lo cual es grave porque los pacientes no solo se enfrentan al desabasto, en particular los oncológicos, sino también al desdén oficial que los estigmatiza.

Qué les queda a esos pacientes con enfermedades terminales que carecen de toda protección gubernamental en materia de salud, pues levantar la voz, aunque con ello venga la descalificación e incluso la desatención a sus demandas en las clínicas y hospitales públicos.

Mientras el gasto en salud haya disminuido, no habrá voluntad política ni discursos que permiten mejorar la crisis de salud que mantiene a más del 40 por ciento de la población abierta sin ella, al contrario, ojalá me equivoque, pero el desabasto de fármacos seguirá, mientras que no exista un real incremento presupuestal en la materia y ahora que está por discutirse el Paquete Económico del próximo año, es la oportunidad idónea para demostrar en los hechos que la voluntad del gobierno es real para revertir el problema.

“Pusimos en marcha el programa Rutas de la Salud para la distribución de medicamentos en el nivel primario y en esta semana se complementa para los siguientes niveles…A pesar de todos los malos augurios, las mentiras y calumnias, trabajamos todos los días para el abasto gratuito de medicamentos. Y en todos los centros de salud y hospitales ya está por encima del 90 por ciento de abasto…Somos persistentes y certeros. El acceso a la salud no es una mercancía ni un privilegio, es un derecho del pueblo de México”, presumió la presidente Sheinbaum en su  Informe,  mientras que muchos pacientes deambulan entre los centros hospitalarios y clínicas para encontrar el medicamento anhelado.

De acuerdo al Inegi, en 2024, 44.5 millones de mexicanos carecen de acceso a servicios de salud, una cifra que, aunque menor que en 2022, sigue duplicando el nivel de 2016 y muestra la necesidad de políticas que garanticen un acceso universal y efectivo a la salud.

El presupuesto federal para salud en 2025, es de 881 mil millones de pesos, lo que representa una disminución de 12.02% respecto a 2024 y es el monto más bajo desde 2022. Los principales programas de salud afectados son prevención y control de sobrepeso; obesidad y diabetes y en la atención básica del IMSS.Bienestar, entre otros.

El monto de 21.2 mmdp para la atención a personas sin seguridad social en el IMSS-Bienestar es inferior al del Seguro Popular en 2018. La tosferina, sarampión y otras enfermedades que se consideraban erradicadas por los programas de vacunación han regresado con más fuerza a tal nivel que en cualquier momento puede escalar a una pandemia.

Así podríamos seguir con más cifras como la referente de que el 40 por ciento de los ingresos de los sectores sociales más desfavorecidos los ocupa para gastos de salud.

Alejandro Barbosa, presidente de la organización Nariz Roja –dedicada a la atención de niños con cáncer-, calificó a la cifra dada por la presidenta Sheinbaum de 90 por ciento de abasto de medicamentos, como una mentira y urgió a la Mandataria a verificar la realidad en los hospitales públicos. 

No es extraño que se mal informe a la  Titular del Ejecutivo Federal sobre el abasto de medicamentos, sobre todo cuando existe una gran presión social  y el reclamo de cientos de pacientes, la mayoría niños por la escasez de los medicamentos oncológicos.

En lugar de descalificar a priori, se debería hacer un recorrido sorpresivo por parte de la doctora Sheinbaum  a varios centros médicos del país para constatar en carne propia si es real o es mentira el desabasto de medicamentos y que tanto afecta a los pacientes, mientras tanto seguiremos padeciendo la falta de insumos, medicamentos y personal médico en el IMSS, ISSSTE, SALUD y en las entidades federativas que están afiliadas al IMSS-Bienestar.

Hay de mentiras a mentiras y aquellas que incluso dañan a la población son imperdonables, veremos que tanto son verdad los dichos presidenciales con el paso del tiempo, en tanto  dejemos el beneficio de la duda.

Por lo menos, ya no escuchamos hasta el cansancio la burla presidencial sobre el tema cuando se afirmaba que “tendremos un sistema de salud como en Dinamarca” y ello ya es ganancia en medio de tanta enfermedad que castiga en particular a los sectores sociales más desprotegidos.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.