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Desde San Lázaro. El país y Monreal, de todos modos pierden. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

21 Sep 2022
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Si se aprueba en el senado la minuta  para mantener a las fuerzas armadas en tareas de seguridad pública hasta el 2028; no será mérito de Ricardo Monreal, sino de los senadores que emitieron su voto  a favor; si se rechaza, será pésimo para el zacatecano, porque será el perro al que se le carguen todas las pulgas.

Así de complicado está el escenario para el líder de los legisladores de Morena en la cámara Alta, por lo que esos tiempos en que acudía a Palacio Nacional a departir con el presidente las viandas generosas propias del cargo, se terminaron y además seguirá  castigado, en el mejor de los casos, con la “ley del hielo” y el peor con el desprecio de los radicales del partido en el poder.

En momentos en que la aritmética parlamentaria quiebra la cabeza del bloque oficialista para obtener los votos que le permitan alcanzar la mayoría calificada y con ello la aprobación que tanto desea el presidente López Obrador, Ricardo Monreal mantiene su rechazo a la militarización como propósito final, luego de que se apruebe mantener al ejército en las calles más allá del término de este sexenio y del control operativo y administrativo de la Defensa Nacional sobre la Guardia Nacional.

El cóctel molotov que regresaría al país  a tiempos de la dictadura en donde el gobernante en turno mantenía el poder con el respaldo de las fuerzas armadas, se está preparando en el Congreso y si el bloque opositor de los senadores del PAN, PRI, MC, PRD y Plural se parte con los votos de varios de sus integrantes a favor de mantener a las fuerzas armadas como policías hasta el 2028, entonces la regresión será una lápida al régimen democrático y al respeto irrestricto de los derechos humanos.

Hay que entender que en este juego de vencidas entre el gobierno de la 4T y los opositores no habrá vencedores, ya que todos habremos perdido con ampliar el poderío de la milicia en los asuntos de seguridad pública al tener bajo su egida a la Guardia Nacional que se supone y así lo mandata la Constitución debe tener mando civil y autonomía operativa propia.

Solo un ingenuo o alguien que no conoce la historia de México, le restaría importancia al impacto político, social, económico y a la gobernabilidad del país al dejar como responsable plenipotenciario  a la secretaria de la Defensa Nacional en tareas de seguridad pública.

Sería un milagro que nuestros diputados y senadores, particularmente de Morena, PT y PVEM entendieran las graves implicaciones que tiene plegarse a los designios del presidente, en aras de mantener un presidencia imperial con el respaldo total de las fuerzas armadas, incluso más allá de los límites que fija la Carta Magna.

La subordinación al Ejecutivo transgrede la división de poderes y el mismo federalismo.

Está más que visto que la estrategia de seguridad que ha implementado López Obrador es un fracaso con todo y el ejército en las calles; entonces cual sería el cambio al dotar a las fuerzas armadas de más poder, si al final del día la orden del comandante supremo es dar besos y abrazos a los criminales en lugar de proteger a la población civil.

“De manera directa, el propósito de la iniciativa es militarizar el país, toda vez que, al contar con la tutoría de la Secretaria de la Defensa Nacional, se está consolidando la instrucción y operatividad de un órgano militar en actividades naturalmente de seguridad pública, que ya de por si resulta cuestionable al contar actualmente con una base de exmilitares y marinos”, advirtió Ricardo Monreal.

El senador consideró “sumamente cuestionable que se pretenda trasladar de manera permanente, por disposición solo legal, a la Guardia Nacional a la Sedena”.

Nadie puede garantizar que por decreto que la institución encargada de seguir realizando actividades de seguridad pública, lo haga mejor que la Guardia Nacional,  incluso que no sea corrupta o no transgreda los derechos humanos de la sociedad civil.

Lo que resulte de las votaciones que se den en el  Congreso en materia de seguridad pública y del ejército, serán trascendentes para la democracia y el respeto al orden constitucional y como daño colateral, el senador Ricardo Monreal tendrá un pie afuera de Morena porque su aspiración de buscar la presidencia de la República bajo esa divisa, se habrá agotado.

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El apunte del director

  • MARZO 2026

    EN COAPA NO SE VIVE DEL PASADO, SE VIVE DE GANAR CAMPEONATOS

    El 4-1  no fue solamente una derrota. Fue un golpe directo al orgullo de un club que no está acostumbrado a que lo exhiban en su propia casa. Club América fue superado de principio a fin por Tigres UANL, y la herida duele más porque el tricampeonato reciente había elevado la vara a niveles casi imposibles.

    Hoy el americanismo no discute un mal partido. Discute el rumbo.

    La gestión de André Jardine, que hace meses era intocable por los títulos conquistados, comienza a entrar en zona de turbulencia. El crédito del tricampeonato no es infinito. Y cuando el equipo pierde identidad, intensidad y carácter en casa, la memoria del éxito se vuelve frágil.

    El reclamo en tribunas y redes es claro: El América no puede verse así. No puede ser vulnerable en defensa, predecible en ataque y emocionalmente desbordado ante un rival directo. La goleada ante Tigres no solo expone errores tácticos; expone dudas estructurales.

    En Coapa lo saben.

    Emilio Azcárraga Jean no suele actuar por impulso, pero tampoco es ajeno a la presión de resultados. La historia del club está construida sobre decisiones firmes cuando el proyecto pierde fuerza. Y aunque públicamente se respalde al entrenador, en privado ya existe un plan alternativo si el campeonato no llega.

    Ese “plan B” tiene nombre conocido.

    Miguel Herrera vuelve a sonar en los pasillos como posibilidad real. El “Piojo” conoce la casa, entiende la exigencia y ha sabido manejar vestidores de alto voltaje. Su figura divide opiniones, pero conecta con una parte del americanismo que hoy exige carácter más que discurso.

    La pregunta de fondo no es si Jardine merece salir. La pregunta es si el equipo muestra señales de reacción suficientes para sostenerlo. Porque en el América no se evalúan procesos largos: se evalúan campeonatos.

    Después de un tricampeonato histórico, la caída sería aún más estruendosa. Y el margen de error, mínimo.

    Y cuando el América pierde 4-1 en casa, el banquillo siempre tiembla.

    Pero hay otro espejo que empieza a reflejar inquietud. La Selección Mexicana de Fútbol también transita un momento de exigencia máxima rumbo a la próxima Copa del Mundo. El famoso “quinto partido” ya no es suficiente en el discurso colectivo; hoy se habla del sexto como meta mínima. Si México vuelve a quedarse antes de esa barrera simbólica, el impacto no será solo deportivo, será estructural.

    América y la Selección parecen caminos distintos, pero podrían encontrarse en el mismo punto: el de las decisiones drásticas. Si el club no levanta la corona y el Tri no rompe el techo histórico, el mensaje sería claro: los ciclos se agotan incluso después del éxito. Y entonces, tanto en Coapa como en el proyecto nacional, la palabra renovación dejaría de ser amenaza para convertirse en obligación.