Los gobiernos anteriores tuvieron varios signos de distinción. De esa forma, los presidentes terminaron sus sexenios con famas distintas: Gustavo Díaz Ordaz tiene fama de represor, José López Portillo de corrupto, Miguel de la Madrid de gris, Carlos Salinas de Gortari de corrupto y maquiavélico, de Zedillo se habla poco y no mal; Fox tiene fama de tonto, Calderón de alcohólico, y Peña de corrupto.
Sólo el tiempo determinará la fama con la que el presidente Andrés Manuel López Obrador dejará la Presidencia. Para tristeza de todos sus seguidores, la fama popular de los presidentes nunca será buena, y ningún mandatario deja el poder para ser elogiado. Todos los mandatarios mexicanos reciben apodos, famas públicas que no siempre son ciertas, y juicios populares en función de algunos de los hechos ocurridos en el sexenio respectivo.
El gobierno de López Obrador se ha esforzado por blindarle la fama al presidente, de tal forma que se ha querido mostrar una figura inteligente, culta, con determinación a acabar con la corrupción, con la intención genuina de mejorar la situación de los más desprotegidos y de ser incorruptible.
Sin embargo, cada día aparecen evidencias que contradicen los esfuerzos gubernamentales sobre la figura del presidente, y en ese momento adular a López Obrador se convierte en uno de los deportes favoritos de varios integrantes de su gabinete. Tratar de quedar bien con el mandatario mediante adulaciones es práctica común entre miembros de su gabinete, legisladores o simples integrantes de la mal llamada 4T.
Con sus adulaciones buscan atraer miradas, mostrarse dispuestos a enfrentar a los adversarios para defender al mandatario de los feroces ataques de la derecha (nótese el sarcasmo), o simplemente usarlas como recurso para distraer la atención de los problemas verdaderamente importantes que no están siendo atendidos por el Gobierno de México.
Lo que dejan de ver sus aduladores es que el presidente López Obrador es un gran propagandista que no requiere de esos recursos tan bajos y básicos. López Obrador tiene una gran capacidad de comunicación que ejerce todos los días en sus conferencias de prensa mañaneras, y que son el ejercicio real que le ha permitido mantener niveles altos de aceptación entre una población dividida.
En anteriores ocasiones hemos afirmado que no es lo mismo ser popular que ser eficaz o apto para gobernar. Ser popular no equivale a tener la capacidad intelectual que se requiere para dirigir un país tan complejo como México. Ser popular no basta para dar solución a los graves problemas que atraviesa el país, y que requieren de inteligencia, cultura, determinación e intención real de acabar con estos problemas.
Ahora, con todo el aparato del Estado a su favor, López Obrador puede maniobrar para aminorar los golpes a su popularidad. Después de 2024 no sabemos qué ocurrirá, y si quien le releve en el gobierno esté dispuesto a maniobrar para mantenerle una imagen y una fama.
El tiempo, sólo el tiempo, permitirá determinar cuál será la fama de López Obrador, si ésta le favorece o no, o si se ajusta a la realidad o no.
