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Cofepris reporta robo de medicamentos

27 Mar 2024
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Cofepris reporta robo de medicamentos Imagen tomada de: https://twitter.com/COFEPRIS
  • La Cofepris informó sobre el robo de medicamentos de la empresa Lia Farma en Edomex y alertó a la población para revisarlos y no consumirlos en caso de que se trate de ellos, pues podrían representar un riesgo para la salud

La Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) emitió una alerta a los mexicanos debido al robo de medicamentos de la empresa Lia Farma, que ocurrió en el Estado de México, durante su traslado a las instalaciones del almacén de Fármacos Darovi.

La dependencia señaló que los medicamentos sustraídos representan un riesgo para la salud, debido a que se desconocen las condiciones de manejo, traslado y almacenamiento.

“Los productos robados representan un riesgo para la salud, ya que esta instancia reguladora no garantiza su seguridad, calidad y eficacia”, detalló la Cofepris a través de un comunicado.

¿Cuáles son los medicamentos que robaron en Edomex?

La dependencia detalló que los medicamentos robados son los siguientes:

Nixelaf-C: Cefalexina en presentación de 500 mg, con número de lote 303674 y caducidad en febrero de 2025.

Dimopen: Amoxicilina en presentación de 500 mg/5 mL, con número de lote 307760 y caducidad en junio de 2025.

Ideliver Pro: Duloxetina en presentación de 60 mg, con número de lote 228427 y 230871 y caducidad en octubre de 2024 y enero de 2025.

Cronal: Clorfenaminaen presentación de 0.5 mg/mL, con número de lote 230128 y caducidad en junio de 2025.

Valdefer: Sulfato ferroso en presentación de 125 mg, con número de lote 230087 y caducidad en abril de 2025.

A.F. Valdecasas: Ácido fólico en presentación de 5 mg, con número de lote 230149 y caducidad en junio de 2025.

Brupen: Ampicilina en presentación de 250 mg/5 mL, con número de lote 208681 y caducidad en agosto de 2024.

Nisolver: Prednisolona en presentación de 100 mg /100 mL, con número de lote 234235 y caducidad en junio de 2025.

Ante el riesgo a la salud de los habitantes, la autoridad sanitaria informó que desplegó acciones de vigilancia y control y recomendó no adquirir medicamentos a través de redes sociales o en lugares como tianguis o mercados informales, sino únicamente en lugares legalmente establecidos.

Además, esta comisión federal pone a disposición del público un medio para reportar cualquier reacción adversa a estos productos, ya sea a través del siguiente enlace: Reacción adversa o enviando un correo electrónico a: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

En el caso de las farmacias, es importante que adquieran los insumos para la salud únicamente con distribuidores reconocidos por los titulares de los registros sanitarios. Ante cualquier duda sobre la autenticidad de los productos, se recomienda contactar a las empresas para confirmar su legitimidad.

Con información de: El Financiero
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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.