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Producción petrolera hiló 6 meses a la baja y se ubica en su menor nivel del sexenio

26 Mar 2024
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Producción petrolera hiló 6 meses a la baja y se ubica en su menor nivel del sexenio Imagen tomada de: https://twitter.com/Pemex
  • Los datos de Pemex revelan una disminución de 2.4 por ciento en la producción de barriles diarios en comparación con las cifras de febrero del 2023

 

Petróleos Mexicanos (Pemex) produjo 1 millón 544 mil barriles diarios de petróleo crudo durante febrero de este año, lo que representó su sexto mes consecutivo a la baja y su menor nivel en lo que va del sexenio del presidente Andrés Manuel López Obrador, según datos de la petrolera.

 

Los datos revelados por Pemex muestran una disminución de 2.4 por ciento en comparación con febrero de 2023, y una disminución de 5 por ciento respecto al inicio de la actual administración de Pemex liderada por Octavio Romero Oropeza.

 

El director general de la petrolera afirmó durante la conmemoración del 86 aniversario de la expropiación petrolera que el principal reto de Pemex durante la actual administración radicó en detener la caída e incrementar la producción de aceite.

 

Sin embargo, la declinación de producción de petróleo crudo continúa apuntando a la baja, por lo que el incremento que expresó Romero Oropeza solamente se visualiza si a la producción de ‘oro negro’ se le suman los condensados (275 mil barriles diarios durante febrero) y de líquidos del gas (154 mil barriles diarios), dando un total de 1 millón 974 mil barriles diarios de hidrocarburos líquidos.

 

El 62.7 por ciento de la producción petrolera es crudo pesado, mientras que únicamente 26.9 por ciento es petróleo ligero (apto para las refinerías del país) y el porcentaje restante está clasificado como superligero.

 

Por otra parte, el informe mensual de Pemex reveló que se exportaron 940 mil barriles diarios de petróleo crudo durante febrero, lo que significó una contracción de 1.1 por ciento en comparación del mes previo.

 

El 65.1 por ciento de las ventas petroleras se destinan al continente americano, seguido del lejano oriente (18.3 por ciento) y Europa (16.6).

 

Las exportaciones petroleras se tradujeron en ingresos para el país por 1 millón 941 mil dólares diarios. Esta cifra fue 4.1 por ciento inferior a la registrada en enero, a pesar de que el precio promedio de exportación de crudo fue 3.6 por ciento superior al del mes previo, al ubicarse en 71.19 dólares por barril.

 

Pemex también informó que se lograron producir 1 millón 43 mil barriles diarios de petrolíferos durante el segundo mes del 2024, lo que significó la primera caída de este indicador en los últimos cuatro meses.

 

Con información de: El Financiero

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.