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Desde San Lázaro. Quién “pompo” tanta publicidad electoral. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

27 Jun 2023
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Desde San Lázaro. Quién “pompo” tanta publicidad electoral. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://twitter.com/

Ni en plena campaña presidencial en la víspera de alguna elección, se observa tanta promoción  electoral como ahora ante el despliegue publicitario principalmente de tres de las corcholatas, Claudia Sheinbaum, Adán Augusto López y Marcelo Ebrard, quienes a través de un ostentoso manejo de espectaculares y pinta de bardas, transgreden el orden constitucional no solo con la celebración de actos anticipados de campaña, sino que los hacen con recursos públicos, ya que si el INE y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación escarban un poquito encontrarán la hebra que los conduce al origen de esos dineros.

Eso que Morena les dio a cada uno de los aspirantes 5 millones de pesos para sus gastos, pues no corresponden, por ejemplo,  a los cientos de camiones de transporte público que promueven a Adán Augusto o a Claudia y menos pagar cientos de espectaculares en todo el país.

El costo de promoción política-electoral de las tres corcholatas aludidas, representan varios miles de millones de pesos que cualquier auditor puede cuantificar, cuantimás los sabuesos del INE y del TEPJF y no digamos de la Auditoria Superior de la Federación.

Ante este hecho delictivo, El INE de Guadalupe Taddei es omiso y no solo eso, sino que, con esta laxitud, se pone el riesgo la autonomía e independencia de este organismo con miras a los comicios del próximo año en los cuales no solo estará en disputa la presidencia de la República, sino también la renovación del Congreso y nueve gubernaturas, entre ellas la de la CDMX.

El haber arrancado anticipadamente el proceso electoral con el destape de las corcholatas, ocasionó el grosero dispendio de recursos, la distracción de los funcionarios públicos de sus tareas sustantivas cuando ostentaban esos cargos y la postergación de la solución de los problemas más acuciantes que enfrenta el país.

Estoy seguro que con el INE de Lorenzo Córdova y Ciro Murayama, ya hubieran sancionado a los aspirantes de Morena, no solo con penas económicas, sino hasta con responsabilidades penales, pero, ahora con Taddei y cómplices,  ya se doblaron y se han convertido en cómplices de delincuentes electorales.

En diciembre del año pasado, el Consejo General del INE aprobó los lineamientos para garantizar los Principios de Neutralidad, Imparcialidad y Equidad en Materia Electoral, para evitar actos anticipados de precampaña y campañas por parte de funcionarios públicos que aspiran a cargos de representación popular.

Si bien es cierto que el artículo 134 de la Constitución ya prohíbe a los funcionarios públicos realizar proselitismo con recursos públicos, la realidad es que AMLO y sus corcholatas tratan de darle vuelta  a las prohibiciones y encontrar formas nuevas de clientelismo político y de control corporativo en las preferencias políticas.

Los lineamientos establecen, por ejemplo, que cuando un servidor público convoque a una conferencia de prensa para difundir logros, programas o proyectos de gobierno incurrirá en la difusión de propaganda gubernamental.

El tema de fondo es garantizar el piso parejo para todos los aspirantes, sin importar obviamente a que partido político pertenecen, sin embargo, López Obrador ha transgredido este ordenamiento de la Constitución desde hace por lo  menos un año, al alentar el activismo electoral de sus corcholatas desde un cargo público.

Ahora que ya renunciaron todos a sus cargos, la cosa esta peor porque han incrementado su presencia mediática, sin ningún cuidado. Hacen ofertas de campaña, llaman al voto, atacan a sus opositores y se vanaglorian de sus apabullantes campañas publicitarias  en todo el país.

La presencia en redes sociales, call centers, publicidad soterrada en medios de comunicación, principalmente electrónicos y la contratación de brigadistas que peinan los principales centros urbanos del territorio nacional, acumulan los gastos desorbitados que exhiben el patrocinio del gobierno federal, de gobernadores e incluso de presidentes municipales.

No será nada raro que, incluso, ese financiamiento ilícito provenga del crimen organizado.

¿Quién pompo?, como dice el clásico de Chico Che, a quien la veneración presidencial lo ha puesto  en boga.

En tanto el INE no aclare e investigue el origen de esos recursos que pagan la publicidad y promoción de las corcholatas, se presta a todo tipo de especulaciones.

Mientras no haya voluntad entre la mayoría de los Consejeros del INE por sancionar a los infractores, seguiremos siendo testigos de fragantes violaciones a la Carta Magna y a las leyes electores con la complicidad de la autoridad electoral.

Ya basta de tanto cinismo por parte del presidente López Obrador y sus corcholatas y por supuesto de los organismos electorales.

No me quiero imaginar cómo se va poner esto, ante la irrupción de los precandidatos de la oposición, quienes tendrán que emprender prácticas  similares ilegales en las que incurren desde el oficialismo para no quedarse atrás, al fin y al cabo no hay autoridad electoral que sancione.

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El apunte del director

  • MAYO 2026
    **PACIFICACIÓN: SIN RENDICIÓN DE CUENTAS, NO HAY RUTA**

    La pacificación de México no admite atajos retóricos ni soluciones parciales. Es un objetivo legítimo, urgente y compartido, pero su cumplimiento exige algo más que despliegues operativos o ajustes discursivos: requiere reconstruir la confianza en las instituciones, cerrar espacios de impunidad y someter al escrutinio público a todos los niveles de gobierno.
    Durante años, la estrategia de seguridad ha oscilado entre la contención y la reacción. Se han fortalecido capacidades, sí, pero el fenómeno criminal ha demostrado una notable capacidad de adaptación. En ese contexto, la discusión de fondo no puede eludirse: ¿cómo garantizar que las autoridades —federales, estatales y municipales— actúen con integridad y sin interferencias indebidas?
    La respuesta pasa por un principio básico en cualquier Estado de derecho: rendición de cuentas efectiva. Esto implica investigaciones independientes, fiscalías con autonomía real, sistemas de inteligencia que funcionen y mecanismos de control que no dependan de la voluntad política del momento. No se trata de señalar sin pruebas, sino de construir condiciones para que cualquier sospecha fundada sea investigada con rigor y transparencia.
    El desafío es mayúsculo porque la percepción de impunidad sigue siendo uno de los principales factores que erosionan la legitimidad institucional. Cuando la ciudadanía percibe que las reglas no se aplican de manera uniforme, que hay zonas grises o que ciertos actores están fuera del alcance de la ley, la confianza se diluye. Y sin confianza, cualquier política de seguridad está condenada a resultados limitados.
    En este punto, la coordinación entre niveles de gobierno es indispensable. La seguridad no es una competencia exclusiva de la federación ni puede resolverse desde un solo frente. Los estados y municipios juegan un papel central, tanto en la prevención como en la reacción. Sin embargo, esa coordinación debe ir acompañada de estándares claros y de la capacidad de intervenir cuando estos no se cumplen.
    La cooperación internacional también es un componente clave. México no enfrenta este problema en aislamiento. El tráfico de drogas, armas y dinero ilícito es transnacional por definición. De ahí que la colaboración con socios estratégicos deba centrarse en inteligencia, control de flujos financieros y combate a redes logísticas, más allá de discursos o tensiones coyunturales.
    Pero incluso con mejores herramientas y mayor coordinación, la pacificación no será posible si no se atienden las causas estructurales que alimentan la violencia. Desigualdad, falta de oportunidades, debilidad institucional y economías locales capturadas por el crimen forman parte del ecosistema que permite la reproducción del problema. Ignorarlos sería perpetuar el ciclo.
    El reto para el gobierno federal es doble. Por un lado, sostener una estrategia de seguridad eficaz y medible. Por otro, enviar señales claras de que no habrá tolerancia para conductas indebidas dentro del propio aparato estatal. Esto último es particularmente sensible, porque implica asumir costos políticos en aras de fortalecer el Estado de derecho.
    La narrativa importa, pero los resultados importan más. La pacificación no se decreta: se construye con instituciones que funcionen, con justicia que llegue a tiempo y con autoridades que rindan cuentas. En esa ecuación, el combate a la impunidad es el factor decisivo.
    El país no necesita más promesas grandilocuentes, sino una hoja de ruta clara, con metas verificables y mecanismos de seguimiento. La ciudadanía, cada vez más informada y exigente, no se conforma con diagnósticos. Exige soluciones.
    En síntesis, la pacificación de México pasa por un principio irrenunciable: nadie por encima de la ley y todos sujetos a escrutinio. Sin esa base, cualquier estrategia será, en el mejor de los casos, insuficiente. Con ella, se abre la posibilidad real de avanzar hacia un país más seguro y más justo.