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Desde San Lázaro. El enfermo es el sistema de salud. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

19 Oct 2026
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Desde San Lázaro. El enfermo es el sistema de salud. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/AdrianaDavilaF

La crisis del sistema público de salud mexicano dejó hace tiempo de ser una emergencia coyuntural para convertirse en un problema estructural. El desabasto de medicamentos e insumos, las condiciones laborales de médicos, enfermeras y personal administrativo, los bajos salarios, la saturación hospitalaria y una burocracia incapaz de responder con oportunidad forman parte de una enfermedad que el gobierno no ha podido curar.

Y lo más preocupante es que no se vislumbra una solución de fondo en el corto ni en el mediano plazo.

Después de dos años del gobierno de Claudia Sheinbaum, ya resulta insuficiente responsabilizar exclusivamente a la administración de Andrés Manuel López Obrador. La presidenta heredó un sistema profundamente deteriorado, ciertamente, pero también heredó la responsabilidad de corregirlo.

Si existiera la decisión política de sacudir al sector, tendría que comenzarse con una revisión profunda de sus mandos y de los resultados que han entregado.

Zoé Robledo lleva 8 años al frente del IMSS y difícilmente puede deslindarse de las deficiencias que padecen millones de derechohabientes. Lo mismo ocurre con Martí Batres con dos años al frente del ISSSTE y con los funcionarios responsables de Birmex y de la adquisición y distribución de medicamentos.

Cuando una política pública fracasa persistentemente, la responsabilidad no puede diluirse eternamente entre subsecretarios, proveedores, administradores y funcionarios menores.

Alguien tiene que responder.

La presidenta tendría que dar un manotazo en la mesa y realizar una cirugía mayor en el sector. No se trata simplemente de cambiar funcionarios para colocar otros nombres, sino de modificar un modelo administrativo que no está garantizando algo tan elemental como que un paciente encuentre el medicamento que le prescribe su médico.

También es necesario revisar las condiciones laborales del personal sanitario. Resulta contradictorio presumir un sistema de salud de primer mundo mientras médicos, enfermeras, camilleros, laboratoristas y trabajadores administrativos denuncian precariedad salarial, sobrecarga laboral y carencias para desempeñar su trabajo.

Debería establecerse un mecanismo nacional —una verdadera ventanilla única— que permita conocer, procesar y resolver las principales demandas laborales del sector. Y en el IMSS tendría que garantizarse además una vida sindical auténticamente democrática, con elecciones libres, transparentes y sin interferencias.

David Kershenobich, el secretario de Salud,  posee una trayectoria médica y académica ampliamente reconocida, pero conducir la política sanitaria de un país requiere algo más que prestigio profesional. Hace falta capacidad administrativa, operación política, coordinación institucional y, sobre todo, resultados.

Y esos resultados todavía están lejos de las necesidades de los mexicanos.

La 4T cometió un error monumental al desmontar instituciones y mecanismos del sistema anterior antes de tener listo aquello que los sustituiría. La desaparición del Seguro Popular, el fracaso del Insabi, la transición hacia IMSS-Bienestar y los problemas en las compras y distribución de medicamentos dejaron heridas que todavía no cicatrizan.

No basta con inaugurar hospitales que carecen del equipo médico y de personal, presentar estadísticas favorables o anunciar cargamentos de medicinas. La única medición que verdaderamente importa ocurre frente al mostrador de una farmacia hospitalaria: que el medicamento esté disponible cuando el enfermo lo necesita.

La salud tampoco puede sustituirse con transferencias monetarias. Entregar apoyos sociales puede aliviar determinadas necesidades económicas, pero ningún depósito bancario reemplaza una cirugía, una quimioterapia, una consulta especializada, un tratamiento oportuno o los medicamentos para una enfermedad crónica.

Particularmente para los mexicanos más pobres, el sistema público constituye la última línea de defensa frente a la enfermedad.

Por ello, la crisis sanitaria debería ser una de las máximas prioridades del gobierno de Claudia Sheinbaum.

México no necesita administrar el deterioro durante cuatro años más. Necesita reconstruir su sistema de salud.

Y para hacerlo habrá que tocar intereses, remover funcionarios, transparentar compras, dignificar salarios, democratizar sindicatos, combatir la corrupción y garantizar presupuesto suficiente.

La presidenta todavía tiene tiempo para hacerlo.

Pero mientras los medicamentos no lleguen, los trabajadores continúen inconformes y los pacientes sigan peregrinando de hospital en hospital, cualquier discurso sobre un sistema de salud eficiente chocará inevitablemente contra la realidad.

Porque el enfermo más grave ya no está solamente en las camas de los hospitales. El enfermo es el propio sistema de salud.

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El apunte del director

  • El legado maldito de AMLO

    La principal obligación de cualquier presidente es garantizar la seguridad de los ciudadanos. Sin embargo, durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, la estrategia de «abrazos, no balazos» se convirtió en uno de los aspectos más cuestionados de su administración. La persistencia de la violencia, las disputas territoriales entre organizaciones criminales y la incapacidad del Estado para garantizar la tranquilidad en numerosas regiones exhibieron las limitaciones de aquella política. El discurso de atender las causas sociales no sustituyó la necesidad de combatir eficazmente a los grupos criminales.

    1. El avance del crimen organizado y la pérdida de control territorial

    La violencia en diversas entidades evidenció que el problema de la seguridad no podía resolverse únicamente mediante programas sociales y declaraciones presidenciales. Las extorsiones, los homicidios, las desapariciones y el desplazamiento de comunidades se convirtieron en problemas cotidianos para miles de familias. La discusión de fondo no consiste en negar la importancia de atender las causas de la delincuencia, sino en cuestionar por qué esa atención no estuvo acompañada de resultados suficientes en materia de seguridad y justicia.

    1. La militarización de la seguridad pública

    López Obrador llegó al poder con críticas a la militarización impulsada por gobiernos anteriores. Sin embargo, durante su administración amplió considerablemente las responsabilidades de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública y otras actividades civiles. La Guardia Nacional terminó vinculada institucionalmente a la estructura militar, mientras el Ejército y la Marina asumieron funciones adicionales. Esta transformación abrió un debate sobre los límites de la participación castrense, la rendición de cuentas y el fortalecimiento que debieron recibir las policías civiles.

    1. El debilitamiento de los organismos autónomos

    Uno de los rasgos más controvertidos del sexenio fue la confrontación con organismos constitucionales autónomos. Instituciones encargadas de regular sectores estratégicos, garantizar derechos y establecer contrapesos fueron objeto de críticas y reformas. La desaparición del Instituto Federal de Telecomunicaciones, la Comisión Federal de Competencia Económica y otros organismos, así como la transformación del sistema de transparencia, modificaron profundamente el diseño institucional del país. La pregunta fundamental es si estos cambios fortalecieron la democracia o concentraron mayores facultades en el poder político.

    1. La desaparición del Consejo de Promoción Turística de México

    La eliminación del Consejo de Promoción Turística de México modificó el modelo mediante el cual el país proyectaba internacionalmente sus destinos turísticos. El argumento gubernamental fue reducir estructuras y gastos administrativos, pero la decisión también generó cuestionamientos sobre la capacidad de mantener una estrategia profesional, sostenida y especializada de promoción internacional. En una economía donde el turismo genera empleos, divisas y oportunidades para numerosas regiones, prescindir de una institución especializada exigía demostrar que el nuevo modelo podía producir resultados equivalentes o mejores.

    1. La desaparición del FONDEN y la respuesta ante los desastres naturales

    La desaparición del Fondo de Desastres Naturales representó otro cambio de gran trascendencia. El gobierno sostuvo que era necesario combatir la corrupción y evitar el uso irregular de los recursos públicos. Sin embargo, eliminar un mecanismo institucional no resolvía por sí mismo los problemas de prevención, reconstrucción y atención a las comunidades afectadas. La cuestión central era garantizar que existieran recursos oportunos, reglas claras y mecanismos verificables para responder a terremotos, huracanes e inundaciones. La protección de la población no puede depender únicamente de decisiones administrativas o de la disponibilidad presupuestaria del momento.

    1. La cancelación del aeropuerto de Texcoco

    La cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, en Texcoco, fue una de las decisiones económicas más emblemáticas de López Obrador. El proyecto había generado cuestionamientos ambientales, financieros y contractuales, pero su cancelación también produjo costos económicos, compromisos financieros y una prolongada controversia sobre el uso de los recursos públicos. Más allá de las posiciones políticas, la decisión planteó una pregunta esencial: ¿se justificó suficientemente el costo de abandonar una infraestructura estratégica y sustituirla por un modelo aeroportuario diferente? La discusión sobre Texcoco se convirtió en un símbolo de la relación entre decisiones presidenciales, certidumbre jurídica y confianza de los inversionistas.

    1. Las grandes obras y el costo de las prioridades presidenciales

    El Tren Maya, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles y la refinería de Dos Bocas fueron presentados como proyectos emblemáticos de la transformación nacional. Sus defensores destacaron la infraestructura, el desarrollo regional y la soberanía energética; sus críticos cuestionaron los costos, los plazos, los impactos ambientales y las expectativas de rentabilidad. La evaluación de estas obras requiere distinguir entre los beneficios potenciales, los resultados comprobables y los recursos comprometidos. Un gobierno no debe medirse solamente por el número de obras inauguradas, sino por su utilidad social, su sostenibilidad financiera y su contribución efectiva al desarrollo.

    1. El endeudamiento y la presión sobre las finanzas públicas

    Aunque López Obrador hizo de la austeridad y la disciplina fiscal parte de su discurso, el comportamiento de la deuda pública y las necesidades de financiamiento del sector público dejaron un debate importante sobre la sostenibilidad de las finanzas nacionales. El análisis no debe limitarse a una cifra aislada: también debe considerar el crecimiento económico, los ingresos públicos, las tasas de interés, los compromisos de las empresas estatales y las obligaciones futuras. La pregunta es si el gobierno dejó suficiente margen fiscal para atender nuevas necesidades sociales, invertir en infraestructura y enfrentar posibles crisis económicas sin comprometer excesivamente a las siguientes administraciones.

    1. El deterioro y la incertidumbre en el sistema de salud

    La transformación del sistema de salud estuvo marcada por cambios institucionales, problemas de implementación y cuestionamientos sobre el abastecimiento de medicamentos y la atención a los pacientes. La desaparición del Seguro Popular y la creación de nuevos esquemas buscaron modificar la cobertura sanitaria, pero la transición generó dificultades que fueron denunciadas por pacientes, trabajadores y especialistas. Posteriormente se impulsaron nuevos mecanismos de atención, incluido el IMSS-Bienestar. La evaluación debe centrarse en una pregunta elemental: ¿los ciudadanos pudieron acceder oportunamente a médicos, tratamientos, medicamentos y hospitales con mejores resultados que antes?

    1. El retroceso educativo y los desafíos de la formación nacional

    La educación fue otro de los grandes desafíos del sexenio. La pandemia provocó una interrupción extraordinaria de las clases presenciales y pérdidas de aprendizaje que no pueden atribuirse exclusivamente a una sola administración. Sin embargo, también correspondía al gobierno establecer estrategias eficaces de recuperación, evaluar los rezagos y fortalecer la formación docente. Los resultados internacionales, como los de PISA, mostraron importantes dificultades del sistema educativo mexicano. El cambio de planes y programas, la distribución de materiales y la orientación de la política educativa generaron controversias. El problema de fondo es que sin educación de calidad resulta mucho más difícil reducir la pobreza y elevar la productividad.

    1. La debilidad del crecimiento económico y la inversión

    La economía mexicana enfrentó durante el sexenio condiciones internacionales adversas, incluida la pandemia, que afectó profundamente la actividad productiva. Aun así, las decisiones internas también deben examinarse por sus efectos sobre la confianza empresarial, la inversión y la productividad. La cancelación de proyectos, la incertidumbre regulatoria y los cambios en las reglas de determinados sectores alimentaron cuestionamientos sobre la certidumbre para invertir. Aunque México mantuvo ventajas importantes por su integración comercial con Estados Unidos, el reto consistía en convertir esas oportunidades en un crecimiento más sólido, con empleos mejor remunerados y mayor productividad.

    1. La confrontación con los contrapesos y la polarización política

    Las conferencias presidenciales diarias se convirtieron en el principal instrumento de comunicación política de López Obrador. Desde ellas, el mandatario fijó la agenda pública y defendió sus decisiones, pero también protagonizó enfrentamientos recurrentes con periodistas, opositores, organizaciones civiles y críticos de su gobierno. La polarización no comenzó con su administración ni puede atribuirse exclusivamente a ella; sin embargo, el lenguaje presidencial tuvo un peso particular por la autoridad y visibilidad del cargo. Una democracia sólida requiere debate público, crítica al poder y respeto a quienes piensan diferente.

    1. La opacidad y las contradicciones del discurso anticorrupción

    López Obrador construyó buena parte de su legitimidad política alrededor de la promesa de combatir la corrupción y terminar con los privilegios. Sin embargo, durante su gobierno surgieron controversias y denuncias relacionadas con contratos, posibles conflictos de interés, asignaciones de recursos y actuaciones de funcionarios o personas cercanas al poder. Cada caso exige distinguir entre señalamientos, investigaciones y responsabilidades acreditadas; no es correcto presentar todas las acusaciones como hechos probados. Pero precisamente por haber hecho de la honestidad una de sus principales banderas, el gobierno tenía la obligación de garantizar investigaciones independientes, transparencia y rendición de cuentas sin excepciones.

    1. La contradicción entre el discurso de transformación y el legado institucional

    El balance final del sexenio debe considerar tanto los programas sociales y el aumento del salario mínimo como las deficiencias y controversias en seguridad, salud, educación, infraestructura y funcionamiento institucional. Reconocer los avances no obliga a ignorar los problemas, del mismo modo que señalar los errores no significa desconocer todos los beneficios de las políticas públicas. La principal crítica al legado de López Obrador es que su proyecto de transformación concentró una enorme autoridad política, pero dejó interrogantes sobre la eficacia del Estado, la fortaleza de los contrapesos y la capacidad de resolver problemas estructurales.

    Para Claudia Sheinbaum, esa herencia representa un desafío político y administrativo. Continuar el proyecto de su antecesor implica asumir también la responsabilidad por sus resultados, corregir sus errores y demostrar que la continuidad puede traducirse en mejores condiciones de seguridad, bienestar, crecimiento y justicia.

    La evaluación definitiva de un presidente no depende solamente de la popularidad que conserve, de la fuerza de su movimiento político o de la magnitud de sus promesas. Depende, sobre todo, de los resultados que deja, de la fortaleza de las instituciones y de las condiciones en que entrega el país a quienes deben gobernarlo después.

    La denominación de Estados Unidos a los cárteles de la droga como narcoterroristas, abre la persecución de ese país contra políticos mexicanos coludidos con los criminales y ello, de suyo, traerá grandes costos políticos a la 4t, además de los casos de huachicoleo fiscal que se trató de una operación gigantesca de más de 800 mil millones de pesos con daño al erario público.