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Desde San Lázaro. México y su incómodo silencio ante Nicaragua. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

05 Oct 2026
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Desde San Lázaro. México y su incómodo silencio ante Nicaragua. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/OEA_oficial

La resolución aprobada por unanimidad en la Organización de los Estados Americanos para exigir al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo la celebración de elecciones libres, la liberación incondicional de los presos políticos y el restablecimiento de las libertades civiles en Nicaragua colocó nuevamente al gobierno de Claudia Sheinbaum frente a una de las mayores contradicciones de su política exterior: invocar la soberanía y la no intervención cuando se trata de gobiernos ideológicamente cercanos, mientras proclama simultáneamente su compromiso con la democracia y los derechos humanos.

La OEA fue contundente. Además de reclamar elecciones libres, justas e inclusivas, exigió conocer el paradero de los desaparecidos, recuperar la separación de poderes y devolver la nacionalidad a quienes fueron despojados de ella. El organismo estableció además un mecanismo para dar seguimiento a la crisis nicaragüense. No estamos hablando de diferencias ideológicas entre izquierdas y derechas, sino de principios elementales de cualquier democracia.

México decidió no acompañar la resolución.

Alejandro Encinas, representante mexicano ante la OEA, tuvo que construir una complicada argumentación diplomática para explicar que nuestro país manifiesta “profunda preocupación” por la decisión de Ortega de cancelar futuros comicios, pero al mismo tiempo rechaza que la situación nicaragüense pueda ser considerada una amenaza para la paz y la seguridad hemisféricas.

El argumento mexicano es que caracterizar de esa manera la crisis podría abrir la puerta a acciones que excedieran las facultades de la propia OEA y vulneraran la soberanía nicaragüense. Encinas apeló al artículo 89 constitucional, a la autodeterminación de los pueblos, a la no intervención y a la solución pacífica de controversias.

Jurídicamente puede discutirse esa posición. Políticamente resulta mucho más difícil explicar por qué México no pudo acompañar una resolución que exige algo tan elemental como devolverles a los nicaragüenses el derecho a elegir a sus gobernantes.

Porque la soberanía no puede convertirse en patente de corso para atropellar derechos humanos.

Daniel Ortega y Rosario Murillo han concentrado el poder mientras las libertades políticas y civiles han sufrido severas restricciones. Nicaragua abandonó formalmente la OEA en noviembre de 2023 y recientemente el gobierno prohibió a la oposición participar en futuras elecciones. La resolución aprobada el viernes precisamente intenta abrir una vía diplomática para recuperar condiciones electorales y libertades públicas.

La pregunta para el gobierno mexicano es sencilla: ¿hasta dónde llega la no intervención cuando un gobierno cancela elecciones?

México no necesita promover intervenciones militares, sanciones indiscriminadas ni operaciones para cambiar gobiernos extranjeros. Puede defender escrupulosamente el principio de no intervención y, simultáneamente, condenar sin ambigüedades la persecución de opositores, exigir la libertad de presos políticos y reclamar elecciones auténticas.

Ahí aparece inevitablemente Cuba. El gobierno de Claudia Sheinbaum ha mantenido la tradicional cercanía de la Cuarta Transformación con La Habana y ha defendido el fin del embargo estadounidense. México está en todo su derecho de hacerlo y existe un amplio debate internacional sobre los efectos de esas sanciones, pero esa posición tampoco debería impedirle exigir respeto a las libertades políticas y los derechos humanos dentro de la isla.

Venezuela agrega otra dimensión al problema. Estados Unidos realizó el 3 de enero una operación militar para capturar y trasladar a Nicolás Maduro fuera del país, una intervención cuya legalidad internacional ha sido seriamente cuestionada. Pero rechazar una intervención extranjera tampoco obliga a ignorar los abusos y déficits democráticos que previamente existían bajo el gobierno venezolano.

Ese debería ser precisamente el principio rector de México: ni intervenciones extranjeras ni complacencia con gobiernos autoritarios.

Los derechos humanos no pueden depender de la orientación ideológica del gobierno que los vulnera.

Si México condena legítimamente abusos cometidos por gobiernos de derecha, tendría que mantener la misma exigencia frente a gobiernos que se reivindican de izquierda. De lo contrario, la política exterior deja de estar basada en principios universales y comienza a percibirse como una política de afinidades.

La posición adoptada por Alejandro Encinas en Washington refleja esa incómoda contradicción. México reconoce que la cancelación de elecciones en Nicaragua es preocupante, pero decidió apartarse de una resolución internacional que precisamente exige recuperarlas.

La defensa de la soberanía es indispensable. También lo es la no intervención.

Pero ninguna de las dos debería convertirse en excusa para guardar silencio frente a la supresión del voto, los presos políticos, los desaparecidos o la eliminación de las libertades civiles.

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El apunte del director

  • Octubre 2026

    Una decapitación orquestada desde la 4T

    La decapitación de la estatua del expresidente Felipe Calderón en Los Pinos no puede reducirse a una anécdota de protesta sindical ni mucho menos justificarse como un simple acto simbólico contra quien decretó la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009. Lo ocurrido es un acto de vandalismo dentro de un recinto administrado por el Estado y, por ello, plantea una pregunta elemental: ¿cómo fue posible que un grupo de manifestantes ingresara, destruyera una escultura y se paseara con su cabeza sin que la seguridad del lugar lo impidiera?

    Los hechos están documentados. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas, azuzados por Jesús Ramírez Cuevas, asesor presidencial, ingresaron al Complejo Cultural Los Pinos después de manifestarse contra Calderón, quien participaba en el Foro América Libre 2026. Los inconformes encontraron la estatua en el suelo, donde permanecía desde que un árbol la derribó en 2025, y procedieron a golpearla hasta desprenderle la cabeza. Uno de los participantes incluso caminó con ella antes de arrojarla contra el piso.

    La primera responsabilidad del gobierno es por omisión. Durante más de un año permitió que una pieza perteneciente al acervo histórico de Los Pinos permaneciera abandonada en el suelo. En julio de 2025, la dirección del complejo había anunciado que sería restaurada y reinstalada; eso no ocurrió.

    La segunda responsabilidad es todavía más grave: la incapacidad o falta de voluntad de la seguridad del recinto para impedir su destrucción. Los reportes disponibles señalan que durante el vandalismo no hubo intervención policial ni del personal encargado de proteger el Centro Cultural.

    Y allí aparece el problema político.

    No existe hasta ahora evidencia pública que permita asegurar que la presidenta Claudia Sheinbaum ordenó la agresión o que Jesús Ramírez instruyó al SME para destruir la estatua. Afirmarlo como hecho sin pruebas desviaría la atención de algo que sí puede exigirse al gobierno: explicar por qué permitió que ocurriera dentro de un inmueble bajo responsabilidad federal y por qué nadie protegió un bien que formaba parte del recinto.

    Porque el Estado de derecho también se defiende cuando el personaje agraviado es un adversario político.

    Felipe Calderón puede ser cuestionado por sus decisiones de gobierno; el SME tiene todo el derecho de repudiar la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, protestar contra el expresidente y exigir justicia por lo que considere agravios históricos. Lo que nadie tiene derecho a hacer es sustituir la protesta por la destrucción de bienes dentro de instalaciones públicas.

    Un gobierno democrático no puede administrar la legalidad dependiendo de quién sea la víctima. Si mañana un grupo contrario a López Obrador destruyera una estatua suya dentro de un recinto federal mientras los guardias observan pasivamente, el oficialismo reclamaría —con razón— la aplicación de la ley.

    Ese mismo principio debe valer para Calderón.

    La escena de Los Pinos es particularmente desafortunada porque convierte la intolerancia política en espectáculo: una estatua decapitada, una cabeza paseada como trofeo y una autoridad aparentemente incapaz de detener la destrucción.

    La Presidencia y la Secretaría de Cultura deberían explicar qué ocurrió, quién tenía bajo su responsabilidad la seguridad del complejo, por qué no intervino y qué consecuencias habrá.

    No hacerlo significaría enviar un mensaje peligroso: que en México existen actos de vandalismo tolerables dependiendo de contra quién se cometan.

    Y cuando el poder comienza a seleccionar qué patrimonio merece protección y qué adversario merece el abandono, lo que termina decapitado no es solamente una estatua.

    Es el principio elemental de que la ley debe aplicarse a todos por igual.