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Refrendan Manolo y Harfuch compromiso por la seguridad de Coahuila y México Destacado

27 Ago 2026
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Refrendan Manolo y Harfuch compromiso por la seguridad de Coahuila y México Imagen tomada de: https://coahuila.gob.mx/

El gobernador Manolo Jiménez Salinas se reunió en la Ciudad de México con Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana del Gobierno Federal, entrevista donde ambos funcionarios refrendaron su compromiso de trabajo conjunto para continuar fortaleciendo la seguridad de Coahuila y de México.


"Como desde hace años seguimos trabajando en equipo por la seguridad de Coahuila y México. Excelente reunión con mi amigo Omar García Harfuch", destacó el gobernador.


En esta reunión privada se platicó de las estrategias y avances en el tema de seguridad que ha tenido Coahuila y su modelo, gracias al cual nuestro estado es el segundo más seguro de todo México, y cuenta con tres de las cinco ciudades más seguras del país: Piedras Negras, Saltillo y Torreón.


Además, se destacó que el cien por ciento de los homicidios que han sucedido en Coahuila están resueltos, y que es gracias a la gran coordinación entre las diferentes instancias de gobierno y los poderes del Estado.


Omar García Harfuch reconoció, como en anteriores ocasiones, los buenos resultados que el modelo Coahuila de seguridad ha tenido para brindar paz y tranquilidad a sus habitantes, gracias al trabajo coordinado y a la voluntad de todas las instituciones federales, estatales y municipales que cuidan a las y los coahuilenses.

De igual manera, reconoció el apoyo y el trabajo en equipo con el Gobierno de Coahuila en los operativos que se llevan a cabo en la entidad, con los que se combate al crimen organizado en delitos como el narcomenudeo, la extorsión, el llamado huachicol fiscal, entre otros.

Manolo Jiménez destacó que el modelo de seguridad Coahuila está cimentado en la prevención, proximidad, inteligencia y fuerza, y que está alineado a la actual estrategia de seguridad federal.


Comentó que Coahuila es de los pocos estados que cumplen con los compromisos y metas trazados desde el Gobierno de la República, razón por la cual se han mantenido y mejorado los indicadores en el tema de seguridad.

Reiteró que seguirá trabajando en equipo con la Presidenta de la República en todos aquellos temas que tengan que ver con mejorar la calidad de vida de las familias coahuilenses, como la seguridad en este caso.

De la misma manera, comentó que en nuestra entidad se sigue invirtiendo en infraestructura de seguridad, al informar a García Harfuch que en lo que va de su administración se han entregado o están en proceso de construcción 18 cuarteles tanto para la Policía Estatal, el Ejército Mexicano, la Marina Armada y la Guardia Nacional, con los que se ha reforzado el blindaje de la entidad al estar ubicados en puntos estratégicos en todas las regiones de Coahuila.

“En Coahuila, la coordinación y el trabajo en equipo entre el Gobierno del Estado, las fuerzas federales, las fiscalías, los municipios y los diferentes poderes del Estado, la sociedad civil, la iniciativa privada, es ejemplo a nivel nacional y es la fórmula con la que podemos brindar paz y tranquilidad a nuestras familias”, puntualizó el Mandatario estatal.

Con información de: https://coahuila.gob.mx/

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.