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Desde San Lázaro. Termina la farsa, viene la censura. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

20 Ago 2026
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Desde San Lázaro. Termina la farsa, viene la censura. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ClaraBrugadaM

El próximo viernes 21 de agosto, a las 23:59 horas, es decir mañana, concluirá la consulta pública sobre los Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias y entonces conoceremos si el gobierno de Claudia Sheinbaum escuchó las numerosas advertencias sobre los riesgos que entraña el proyecto o si todo este ejercicio terminó siendo una simulación para legitimar una decisión tomada de antemano.

Lo que está en juego es algo mucho más importante: determinar hasta dónde puede llegar el Estado mexicano para regular los contenidos de los medios electrónicos sin cruzar la frontera que separa la protección de las audiencias de la censura.

La Comisión Reguladora de Telecomunicaciones abrió la consulta el 27 de julio y oficialmente sostiene que los lineamientos buscan garantizar derechos constitucionales de televidentes y radioescuchas. La presidenta Sheinbaum ha rechazado reiteradamente que exista intención alguna de censurar y su gobierno asegura que la autoridad no determinará qué información es verdadera ni sancionará contenidos periodísticos.

Hasta ahí la versión oficial, el problema está en los instrumentos.

La nueva regulación establece códigos de ética, defensores de las audiencias, procedimientos de inconformidad y la posibilidad de intervención de la CRT cuando una persona rechace la determinación del defensor o cuando un concesionario no atienda determinadas obligaciones.

Pero, ¿quién garantiza que mañana una autoridad reguladora no utilizará criterios aparentemente técnicos para presionar a una radiodifusora o televisora particularmente incómoda para el gobierno?

Las libertades democráticas no deben depender de las buenas intenciones de quien ocupa temporalmente Palacio Nacional.

Mucho menos cuando el organismo encargado de aplicar las reglas carece de la autonomía constitucional que tuvo el desaparecido Instituto Federal de Telecomunicaciones y forma parte de una nueva arquitectura institucional surgida después de la desaparición de diversos organismos autónomos.

La controversia escaló después de la exhibición pública de periodistas y críticos, “la lista de Sheinbaum” episodio que acrecentó las sospechas sobre el alcance de la regulación y obligó al gobierno a reaccionar. La presión ha sido tal que la propia Presidenta reconoció que los lineamientos requieren adecuaciones para eliminar ambigüedades, mientras la CRT ha anticipado modificaciones después de la consulta.

Morena y sus aliados dominan el Legislativo y el Poder Legislativo; la reforma judicial transformó profundamente la integración y los mecanismos de elección del Poder Judicial; desaparecieron varios organismos constitucionales autónomos y la CNDH hace tiempo que dejó de representar para muchos críticos el contrapeso que debería ser frente al Ejecutivo.

Y si faltara algo, ahora la discusión alcanza a los medios de comunicación.

Demasiado poder concentrado siempre debe preocupar a una democracia, independientemente de quién gobierne.

Y el momento político tampoco puede separarse del análisis.

México se aproxima a las elecciones intermedias de 2027, donde se renovará la Cámara de Diputados y estarán en disputa 17 gubernaturas. Morena continúa siendo la fuerza política dominante, pero comienza a enfrentar el desgaste natural del ejercicio del poder, gobiernos estatales cuestionados, acusaciones de narcopolíticos y una oposición que intentará convertir cada controversia del oficialismo en argumento electoral.

Por ello resulta inevitable preguntarse si esta nueva regulación terminará generando un efecto inhibitorio precisamente cuando el país entra en una etapa de intensa competencia política.

La censura del siglo XXI no necesita policías entrando a las redacciones. Es mucho más sofisticada.

Puede operar mediante sanciones económicas, procedimientos administrativos, criterios ambiguos y regulaciones que provoquen que directivos, concesionarios y periodistas comiencen a preguntarse, antes de publicar una investigación o emitir una opinión, cuánto podría costarles hacerlo.

Eso se llama autocensura.

Y resulta tan peligrosa como la censura abierta.

Seguramente habrá comentarios serios en la consulta pública de especialistas, académicos, periodistas, concesionarios y ciudadanos que legítimamente exijan mejores mecanismos para defender sus derechos como audiencias. También habrá posiciones favorables y contrarias al proyecto.

Así funciona una democracia. Lo fundamental será saber qué hará la autoridad con esas opiniones.

Si después del 21 de agosto los lineamientos permanecen esencialmente intactos pese a las objeciones sustantivas, la sospecha de simulación crecerá. Si se eliminan ambigüedades y se establecen garantías inequívocas contra cualquier intervención gubernamental en contenidos periodísticos, la consulta habrá cumplido una función.

La libertad de expresión no tiene propietarios. Pertenece a los ciudadanos.

Atentos a las conclusiones de la consulta pública y más atentos a los golpes del totalitarismo contra la libertad de expresión.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.