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Desde San Lázaro. Volvió a fallar El Vasco. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

09 Jul 2026
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Desde San Lázaro. Volvió a fallar El Vasco. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/

Tal como ocurrió en el Mundial de Corea-Japón 2002, el Tri cayó ante Estados Unidos por 2 a 0. Javier Aguirre realizó una serie de cambios erróneos, pifias que él mismo reconoció, al igual que en la gesta mundialista de 2010 en Sudáfrica, ante Argentina.

Y ahora en 2026, la Selección Mexicana quedó nuevamente a deber en un partido de alta exigencia. Más allá del resultado, lo preocupante fue comprobar que Javier Aguirre volvió a equivocarse en el momento más importante: la lectura del partido y los cambios desde la banca.

El futbol moderno exige entrenadores capaces de modificar el rumbo de un encuentro en cuestión de minutos. Los partidos ya no se ganan únicamente con los once titulares; se conquistan desde el banquillo, con variantes tácticas, lectura del rival y decisiones oportunas. Ahí, una vez más, “El Vasco” se quedó corto.

La expulsión de un jugador inglés en el segundo tiempo cambió completamente el escenario. México tenía superioridad numérica y el rival comenzaba a resentir el desgaste físico. Era el momento ideal para abrir la cancha, aprovechar los espacios y desequilibrar con futbolistas de uno contra uno.

Sin embargo, Aguirre eligió el camino equivocado. En lugar de poblar las bandas con jugadores rápidos y encaradores, decidió saturar el área rival con centros y balonazos. Apostó por llenar la zona de remate con Santiago Giménez, “El Memote” Martínez, Brian Gutiérrez y Álvaro Fidalgo, facilitando la tarea de una defensa inglesa que, pese a jugar con diez hombres, nunca perdió el orden.

México terminó atacando de forma predecible. Cada centro encontraba a los defensores británicos bien colocados. Cada balón elevado representaba un alivio para un equipo que jamás sufrió verdaderamente la inferioridad numérica. La lógica indicaba otra cosa.

El partido pedía el ingreso del “Chino” Huerta para romper líneas con velocidad y desequilibrio. Alexis Vega podía encarar permanentemente a los laterales y generar superioridad por los costados. “La Hormiga” González ofrecía movilidad dentro del área y Luis Chávez, con su extraordinario golpeo de media distancia, tenía los argumentos para probar desde fuera y obligar al arquero inglés a emplearse a fondo.

Ninguna de esas variantes apareció cuando más se necesitaban. Tampoco convencieron las decisiones iniciales. Desde el arranque sorprendió que Israel Reyes permaneciera en la banca mientras César Montes, visiblemente disminuido físicamente, continuaba sobre el terreno de juego. El riesgo terminó pasándole factura al funcionamiento defensivo.

En el mediocampo, Roberto Alvarado y Luis Romo evidenciaban desgaste conforme avanzaban los minutos. Ambos habían realizado un enorme esfuerzo durante el torneo, pero el encuentro exigía piernas frescas. Aguirre tardó demasiado en modificar esa zona, permitiendo que Inglaterra, incluso con un hombre menos, equilibrara el trámite del partido.

Las sustituciones llegaron tarde y, cuando finalmente aparecieron, no respondieron a las necesidades tácticas del encuentro. No todo fue negativo.

Sería injusto ignorar el excelente trabajo realizado por esta Selección durante los cuatro compromisos anteriores. México mostró orden, personalidad y momentos de muy buen futbol. El cuerpo técnico tiene mérito en ese recorrido y el grupo evidenció una identidad competitiva que durante mucho tiempo había estado ausente. Pero precisamente porque este equipo ilusionó, la eliminación duele más.

Las selecciones que aspiran a competir entre las grandes potencias no pueden conformarse con hacer buenos torneos; deben aprender a ganar los partidos que marcan diferencia. Y esos encuentros suelen decidirse desde el banquillo. Ahí es donde los entrenadores de élite hacen valer su experiencia.

México dispone hoy de una generación con mayor talento que en procesos anteriores y cuenta con futbolistas capaces de competir al máximo nivel europeo. El siguiente paso consiste en potenciar esas cualidades desde la dirección técnica.

Por ello no resulta descabellado pensar que el relevo generacional también deberá llegar al banquillo. Rafael Márquez ha iniciado su formación como entrenador y representa una figura con liderazgo, personalidad, conocimiento del futbol europeo y una mentalidad mucho más agresiva desde el punto de vista táctico.

Desde luego, no hay que perder de vista que el problema de fondo del futbol nacional es la voracidad de los dueños, que prefieren tener llenas sus nóminas de jugadores extranjeros que incentivar la generación de nuevos prospectos mexicanos.

HIDALGO AVANZA A PASO FIRME

Más allá de las encuestas que lo ubican en el top ten de los mejores gobernadores calificados a nivel nacional, Julio Menchaca se está aplicando en mejorar diversos indicadores de prosperidad como la economía, generación de empleos y seguridad pública, además de infraestructura urbana y apoyos al campo, y ello repercute necesariamente en mejorar la calidad de vida de los hidalguenses.

Ahora que vienen varios relevos en el gabinete legal y ampliado, valdría la pena no perder de vista la gestión exitosa del mandatario hidalguense.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.