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Desde San Lázaro. Testigos protegidos escupen contra la 4T. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

18 May 2026
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Desde San Lázaro. Testigos protegidos escupen contra la 4T. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/cesargutipri

En política, la lealtad dura hasta que se ve comprometida la libertad. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo en una de las investigaciones más delicadas que enfrenta el régimen de la Cuarta Transformación: la red de presuntos narcopolíticos sinaloenses –faltan otros gobernadores, legisladores y funcionarios del oficialismo- el huachicoleo fiscal y los vínculos de altos servidores públicos con estructuras criminales.

Los llamados testigos protegidos han comenzado a soltar toda la sopa.

Uno de los casos más explosivo es el del vicealmirante retirado Fernando Farías Laguna, ex alto mando de la Secretaría de Marina, quien decidió colaborar con la justicia argentina ante la fiscalía de Buenos Aires, con información que también sería compartida con fiscales de Estados Unidos. Su testimonio podría comprometer a personajes de primer nivel, entre ellos al exsecretario de Marina del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, José Rafael Ojeda Durán y Adán Augusto López Hernández.

Farías Laguna no es un actor menor. Su conocimiento de operaciones marítimas, redes logísticas y movimientos financieros lo convierte en una pieza clave para reconstruir presuntas complicidades entre mandos navales, operadores del crimen organizado y estructuras de poder político.

Pero el efecto dominó no termina ahí.

En Sinaloa, otras figuras cercanas al gobernador Rubén Rocha Moya también han optado por cooperar con autoridades estadounidenses. Entre ellos destaca Gerardo Mérida Sánchez, exsecretario de Seguridad Pública estatal, así como Enrique Díaz Vega, exsecretario de Administración y Finanzas. Ambos tendrían información sensible sobre esquemas de protección institucional, desvío de recursos y presuntas operaciones de lavado de dinero.

La pregunta es inevitable: ¿cómo quedan esos morenistas que piden pruebas y más pruebas y que han pretendido blindar políticamente a los diez narcopolíticos de Sinaloa señalados por cortes estadounidenses?

Durante semanas, la narrativa oficial insistió en que todo era parte de una campaña de desprestigio orquestada desde Washington y amplificada por la oposición. Sin embargo, la realidad se impone con crudeza. Los implicados no están acudiendo a la Fiscalía General de la República para demostrar su inocencia; están buscando acuerdos con fiscales extranjeros.

Eso dice mucho.

Significa que consideran más confiable negociar con el sistema judicial de Estados Unidos que entregarse a las autoridades mexicanas. Significa también que saben que la protección política interna tiene límites y que, llegado el momento, cada quien buscará salvarse por su cuenta.

El golpe más severo ha venido por el frente financiero.

La Unidad de Inteligencia Financiera habría intensificado el congelamiento de cuentas vinculadas con Rubén Rocha Moya, familiares y colaboradores cercanos. También se investigan transferencias relacionadas con empresas fachada y operaciones que podrían estar conectadas con el llamado huachicoleo fiscal: una sofisticada red de evasión mediante importaciones irregulares de combustibles y triangulación de recursos.

Este mecanismo, de acuerdo con especialistas, permitió el movimiento de miles de millones de pesos -600 mil millones-  y benefició a redes empresariales, funcionarios y operadores políticos.

No es exagerado afirmar que estos escándalos han golpeado en la línea de flotación del proyecto de la Cuarta Transformación.

Porque ya no se trata únicamente de señalamientos aislados. Estamos frente a testimonios, investigaciones internacionales, congelamiento de cuentas y posibles acuerdos de cooperación judicial con Estados Unidos.

En otras palabras, la protección política comienza a resquebrajarse.

Y cuando eso sucede, la regla es simple: los involucrados hablan.

Desde luego, el oficialismo intenta desviar la atención con cortinas de humo. La más reciente tiene como objetivo a la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, a quien pretenden llevar al terreno del desafuero por el operativo en el que fue desmantelado un laboratorio de drogas sintéticas.

Sin embargo, la narrativa se desmorona rápidamente.

En dicho operativo participaron fuerzas mexicanas, incluyendo el ejército y según diversas versiones, personal estadounidense en labores de inteligencia. Lejos de constituir una conspiración, la acción evidenció la coordinación bilateral para combatir a los cárteles. Pero para el oficialismo, el caso resulta útil como distractor político.

La estrategia es evidente: mientras se pretende concentrar la discusión pública en Chihuahua con una manifestación de Morena que fue un fracaso, se busca restar reflectores al escándalo que sacude a Sinaloa y que amenaza con alcanzar a funcionarios del más alto nivel del sexenio anterior.

Los documentos judiciales, las declaraciones ministeriales y las investigaciones financieras avanzan con independencia de la propaganda política. Y si los testigos protegidos continúan revelando información, el costo para el régimen será devastador.

El PAN pide desaparición de poderes en Sinaloa, y el PRI, llama incluso que se extienda esta figura a nivel federal.

El caso Sinaloa y el huachicoleo fiscal son el mayor escándalo político-criminal de la surrealista política nacional.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.