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Desde San Lázaro. El Mundial en riesgo. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

13 May 2026
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Desde San Lázaro. El Mundial en riesgo. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ElFinanciero_Mx

El Mundial de Futbol de 2026 representa una oportunidad histórica para México. No sólo porque el país volverá a ser anfitrión de la máxima fiesta del deporte, sino porque el Estadio Azteca o como se llame ahora, será el primer estadio del mundo en albergar tres inauguraciones mundialistas. El próximo 11 de junio, los ojos del planeta estarán puestos en la Ciudad de México, en sus calles, su infraestructura, su seguridad y, sobre todo, en la capacidad del Estado mexicano para garantizar orden y gobernabilidad.

Sin embargo, a poco menos de un mes de la ceremonia inaugural, se cierne una amenaza que el gobierno federal no puede minimizar: la intención de grupos de presión, organizaciones radicales y movimientos antisistémicos de utilizar esta gesta deportiva como plataforma para exhibir sus demandas y, eventualmente, boicotear el evento.

Entre ellos destaca la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), una organización disidente del magisterio que durante décadas ha recurrido al bloqueo de carreteras, plantones, toma de casetas y parálisis de servicios públicos como método de presión para conseguir prebendas económicas, políticas y plazas laborales. Sus protestas, independientemente de la legitimidad de algunas de sus demandas, suelen traducirse en afectaciones directas para millones de ciudadanos y en particular para los estudiantes de educación básica de cinco entidades del país.

El riesgo es evidente. Lo que para los organizadores del Mundial debe ser una vitrina de modernidad, hospitalidad y una fiesta de la paz, para ciertos grupos puede convertirse en el escenario ideal para maximizar presión política y cobertura mediática internacional. El problema no se limita a la CNTE. También existen organizaciones campesinas, transportistas, colectivos radicales, sindicatos disidentes y movimientos sociales que van a aprovechar la presencia de miles de periodistas extranjeros para colocar sus agendas en el escaparate global.

Aunado a ello, la capital del país ya enfrenta enormes desafíos logísticos. Incluso sin manifestaciones, la Ciudad de México experimentará una presión extraordinaria por la llegada de decenas de miles de visitantes nacionales y extranjeros. El Aeropuerto Internacional Benito Juárez opera desde hace años al límite de su capacidad. Aunque se han realizado obras de mantenimiento y modernización, sus restricciones estructurales son evidentes.

A ello se suma la compleja movilidad de una ciudad que convive cotidianamente con marchas, cierres viales y concentraciones multitudinarias, fallas constantes del Metro y ahora lluvias torrenciales Un bloqueo en avenidas estratégicas como Insurgentes, Periférico, Tlalpan o el Circuito Interior tendría efectos devastadores en la logística del torneo y enviaría una imagen de desorden al mundo entero.

El Mundial no es un evento cualquiera. Es una vitrina que impacta la percepción internacional del país, estimula el turismo, genera inversión y fortalece la reputación de México como destino confiable. Un boicot o una jornada de protestas masivas durante la inauguración tendría consecuencias económicas, políticas y diplomáticas.

Por ello, el gobierno federal debe actuar de inmediato. No se trata de reprimir ni de criminalizar la protesta social. Se trata de anticipar conflictos, abrir canales de diálogo eficaces y garantizar que ninguna organización utilice un evento de interés nacional como instrumento de chantaje.

La responsabilidad recae principalmente en la Secretaría de Gobernación, encabezada por Rosa Icela Rodríguez. La política interior exige operadores con capacidad de negociación, conocimiento del territorio y autoridad para construir acuerdos duraderos.

Hasta ahora, los resultados han sido cuestionables. Persisten focos de conflicto en distintos estados, particularmente en Guerrero, donde la violencia y el desplazamiento de comunidades siguen siendo una realidad cotidiana. La percepción es que el gobierno federal enfrenta múltiples frentes y que varios de sus funcionarios están rebasados por la magnitud de los desafíos.

La presidenta Claudia Sheinbaum necesita un equipo capaz de prevenir crisis, no sólo de reaccionar cuando éstas estallan. El Mundial será una prueba internacional de gobernabilidad. Cualquier falla en seguridad, movilidad o control político será amplificada por medios de comunicación de todo el planeta.

El mensaje debe ser claro: las demandas sociales deben atenderse, pero sin comprometer un evento que beneficia al conjunto del país. Los conflictos deben resolverse en mesas de negociación, no mediante bloqueos que afecten a millones de personas y dañen la imagen nacional.

México tiene la oportunidad de mostrar su grandeza cultural, su progreso y su capacidad organizativa. Pero también enfrenta el riesgo de proyectar improvisación, saturación y confrontación social.

El Mundial debe ser una celebración del talento y la hospitalidad mexicana, no el escaparate de la ingobernabilidad.

Y no se nos olvide el tema de la inseguridad pública y la reacción furibunda de los narcoterroristas ante el combate feroz que los ha puesto en jaque en varias entidades del país.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.